jueves, 21 de noviembre de 2019

II - El Museo del Burattino de Bérgamo: colecciones y la Fundación Benedetto Ravasio

 (Gioppino, de Benedetto Ravasio)
Tras presentar en la anterior entrada el nuevo Museo del Burattino de Bérgamo, procedemos con esta segunda crónica haciendo un repaso de las ricas colecciones que contiene y para acabar, presentando a la Fundación Benedetto Ravasio.

En efecto, conviene hablar de la calidad excepcional de las piezas expuestas en el Museo, un compendio de figuras de talla de madera que ilustran a la perfección el teatro que se hacía -y que se sigue haciendo con los cambios propios por la época- en la región bergamasca durante todo el Ochocientos y buena parte del Novecientos.



Joven enamorado, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì, (1940/1960), Fundación Benedetto Ravasio (Ex-Onofrio) y Viejo cicisbeo de autor descomocido (1900/1920), Familia Angelini (Ex-Sarzetti).
Sorprende la nobleza, el peso y el tamaño de las cabezas, tan diferentes de los guaratelle del sur de Italia y también de la mayoría de tradiciones europeas. La razón se explica en parte, no sólo por la importancia y la popularidad que siempre tuvo el teatro de títeres en el Norte de Italia, lo que exigía muñecos grandes capaces de satisfacer la visión de públicos numerosos, sino también por el peso que tenía el texto en las representaciones. Eran marionetas hechas para hablar, al haber heredado en parte las obras que antes de la invasión napoleónica representaban los actores de la Comedia del Arte, pues bien sabido es que Napoleón prohibió el uso de las máscaras en el teatro de personas, pero no en el de títeres.



Dos carabineres, autor desconocido (1910/1930), Familia Milesi.
La otra razón es la gran cultura que siempre rezumaron las ciudades italianas, acostumbradas a ser importantes centros de arte con longevas tradiciones artesanales. En el caso de Bérgamo, su pertenencia a la República de Venecia desde 1428 hasta 1797, le permitió vivir bajo el poderoso influjo de este exuberante y rico centro de arte y de progreso.



Mazzini, autor desconocido (1920/1940), Familia Cortesi (Ex-Minutoli) y Garibaldi, autor desconocido (12890/1910), Familia Milesi.
Como decíamos en el anterior artículo, fueron bergamascos dos de las más importantes máscaras de la Comedia del Arte, los zanni Arlechino y Brighella, que los venecianos no tardaron en hacerse suyos. Y ya en el siglo XIX, nace el otro personaje que realmente podemos considerar como el más genuino y popular representante de la ciudad: Gioppino.

Gioppino y el misterio de los tres bocios.

Gioppino encarna el orgullo bergamasco. Como me contaron Sergio Ravasio y Danielle Cortesi en 2014, es un personaje fuerte, juicioso, pueblerino, simple pero inteligente, satisfecho y seguro de sí mismo. Habla con el acento local y por supuesto con el dialecto bergamasco (considerado como una lengua por sus hablantes), siendo uno de sus rasgos más comunes jugar con los equívocos: doble sentido de las palabras y deducciones disparatadas, que confunden al adversario y hacen partir de risa al público.



Escultura de Gioppino, de las que solían ponerse en tiendas y restaurantes. Fundación Benedetto Ravasio.
Usa con gran destreza la cachiporra -nadie puede con su fuerza, ni el Diablo ni la Muerte, algunos de los pararrayos habituales de sus iras-. Goza de una extravagancia única en el mundo de los títeres populares: sus tres magníficos gocios en el cuello, que exhibe con orgullo, pues en ellos guarda sus reservas de energía, sabiduría y buen juicio. Sus ‘patatini’, como le gusta decir. Su otra característica podría entrar más en el apartado de los defectos: su irrenunciable pereza. Odia trabajar y, cuando puede, se echa a dormir, a roncar y a soñar, algo insólito, y a la vez, lógico, en un pueblo como el Bergamasco, con tanta fama de trabajador duro..



Gioppino, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1940/1960), Familia Cortesi (Ex-Onofrio).
¿De dónde vienen estos bocios? La explicación más usada es que en la región de los Alpes, en los valles que bajan al llano donde se alzan las ciudades, existió desde siempre una carencia de yodo en la alimentación, lo que explica que hubiera muchos casos de bocio endémico en la población campesina. Al caracterizar a un personaje que quería ser un genuino representante del pueblo llano, se comprende que la inventiva popular le pusiera los tres bocios.



Gioppino, autor desconocido (1920/1940), Fundación Benedetto Ravasio (Ex-Muchetti).
Asociar los bocios a fuerza, energía y poderío hace inevitable que se los asociara también a la idea de tener tres testículos, como si la causa de su fuerza y vigor fuera disponer no de dos, sino de ¡tres cojones! (con perdón). Algo que encajaba, por otra parte, con el imaginario colectivo de los bergamascos: uno de sus personajes más emblemáticos, queridos y representados, el condotiero Bartolomeo Colleoni (1395-1475), al servicio intermitente de Venecia, Milán y de nuevo Venecia, tenía como escudo de armas tres vistosos testículos, pues según cuenta la leyenda, sufría de esta rara enfermedad llamada poliorquidismo, por la que se tienen más de dos testículos.



Escudo de armas de Bartolomeo Colleoni con los tres testículos.
Una imagen muy visible en la ciudad, especialmente en la famosa capilla Colleoni, donde se encuentran las sepulturas de Bartolomeo Colleoni y de su hija Medea, obra construida entre 1472 y 1476 por el arquitecto Giovanni Antonio Amadeo donde antes se encontraba la sacristía de la vecina iglesia Santa María La Mayor. Se exhibe el escudo de armas con los tres testículos en la hermosa reja que protege la entrada de la capilla. Por lo visto, muchos ciudadanos acuden todavía hoy (como hice yo) para tocarlos, convencidos de que otorga fuerza, energía y juventud.



Gioppino, autor desconocido (1900/1920), Familia Angelini (Ex-Sarzetti).
Volviendo a nuestro personaje, sus tres bocios vendrían a ser algo así como: ‘este Gioppino tiene sus tres coglioni tan bien puestos, que los lleva a la vista y subidos al cuello…’

Los camalli.

Otro tema a considerar sobre el personaje, es el contexto social en el que nace: la fama que siempre han tenido los bergamascos de ser el pueblo más trabajador, fiel y resistente de toda Italia. Los portadores y descargadores de los muelles, tanto de Venecia como de Génova, fueron siempre gente de Bérgamo, los llamados camalli, de cuya palabra proviene el término camàlic en catalán, con el mismo significado: el que lleva una carga encima.



El Gran Canal de Venecia, de Canaletto (1730).
Constituían por lo visto -según me contó Alberto Bagno en mi primera visita a la ciudad- una comunidad muy organizada cuyas cooperativas han llegado hasta nuestros días, desprovistas por supuesto de la enorme importancia que tuvieron durante siglos. Tal era su fama de incansables y honrados trabajadores, que muchas mujeres de Génova venían a parir a Bérgamo para que sus hijos tuvieran opciones de pertenecer algún día a los ‘camalli’. Grandes y rudos trabajadores, con fama de ser tan honrados como juiciosos.



Souvenir (magneto) de Bérgamo, con Gioppino y su familia frente a un plato de polenta.
No cabe duda que Gioppino encarna, en este sentido, el prototipo de partida de los camalli, mientras que su pereza insoslayable quizás sea el lado oscuro o informal del típico bergamasco trabajador incansable, una sombra aceptada como algo propio y entrañable, y muy querido por el pueblo.

Otras máscaras y personajes.

Nos hemos detenido con Gioppino para rendirle nuestra obligada pleitesía, dada la centralidad que ocupa en el panteón titiritero del Museo, pero son muchos los otros personajes que vimos expuestos en la primera muestra de los fondos del Museo del Burattino.



Brighella, de Miscol (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio, y Arlecchino, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1940/1960), Fundación Benedetto Ravasio.



Tartaglia, de Miscol (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio, y Balanzone, de Demetrio Presini (1960/1970), Familia Pazzaglia.



Florindo, autor desconocido (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio, y Capitano, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1940/1960), Fundación Benedetto Ravasio (Ex-Onofrio).
Por un lado, están los más arcaicos de la tradición de la Comedia del Arte, como Arlechino, Pantalone, Colombina, Brighella, Il Capitano, Tartaglia o Il Dottore Balanzone.



Fagiolino, de Demetrio Presini (1960/1970), Familia Passaglia, y Gianduja, de autor desconocido (1890/1910), Fundación Peppino Sarina (Ex-Baldi).
Pero también hay una buena presencia de las ‘máscaras’ posteriores que aparecen ya sin máscara (recuerde el lector que en Italia se llama ‘máscara’ a los personajes tradicionales de la Comedia del Arte, tanto los de la primera época que llevan máscara como los posteriores a Napoleón, que no la llevan).



Meneghino, de Miscol (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio, y Gioppino, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1930/1950), Familia Milesi.
Importantes son la mención y el reconocimiento a algunas de las historias más representadas y queridas por el público y por los titiriteros, como la historia del brigante Pacì Paciana.



Dos Bandidos, autores desconocidos (1890/1910), Familia Milesi.
Otra de las obras más representadas es ‘Ginevra deghli Almieri e La Sepolta Viva’, bien conocida por la compañía de Benedetto Ravasio. El interesado puede ver la crónica que hicimos sobre esta obra interpretada por la compañía ampliada de Romano Danielli en Pordenone en mayo de este mismo año (ver aquí)



Duca, marido de Ginevra, autor desconocido (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio, y Ginevra, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1940/1960), Fundación Benedetto Ravasio.
Igualmente estaban representados algunos de los personajes de otra obra famosa, ‘Il fornaretto di Venezia’, obra de Francesco Dall’Ongaro estrenada en 1844 por la compañía Gustavo Modena.



Frate, confesor de Ginevra, de Benedetto Ravasio (1970/1980), Fundación Benedetto Ravasio, y Fornaretto, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1940/1960), Fundación Benedetto Ravasio.
Y por supuesto, no podían faltar los personajes de Otello o de Don Giovanni.



Otello, autor desconocido (1920/1940), Familia Cortesi (Ex-Minutoli), y Don Giovanni, de Enrico Manzoni detto Ol Rissolì (1930/1950), Familia Milesi.
¿Pero qué sería una obra de títeres populares sin sus demonios, sus curas y monjes, sus esqueletos tenebrosos, o los terribles monstruos que habitan en las pesadilla?



Monstruo con manos de gallina. Autor desconocido (19...), Familia Losa.



Dos Muertes, autores desconocidos (1880/1900), Fundación Benedetto Ravasio.



Frate, de Enrico Manzoni detto OI Rissolì (1940/1960), Fam,ilia Angelini, y Frate, de autor desconocido (1890/1910), Familia Milesi.
Complementos todos ellos indispensables a los alambicados y a veces truculentos copiones que constituían el repertorio habitual de las compañías.



Copiones de la Fundación Benedetto Ravasio.
Es por ello que el Museo dedica un buen espacio a mostrar no sólo algunos de los libretos o copiones conservados por la Fundación Benedetto Ravasio, sino también una buena colección de armas y otros elementos de atrezzo usados por los títeres.



Copiones de la Fundación Benedetto Ravasio.



Armas y sombreros para títeres. Fundación Benedetto Ravasio.
La Fundación Benedetto Ravasio.
La Fundación fue creada en 1993 por la familia Ravasio y algunos amigos para mantener vivo el patrimonio artístico del gran titiritero Benedetto Ravasio bajo el empeño de salvaguardar su legado y valorizar el Teatro de Figuras, con un énfasis especial a las tradiciones de los títeres bergamascos.

Benedetto Ravasio con Giopino.
La Fundación nació con una ambición clara: trabajar en la región a través de un constante diálogo con las instituciones culturales, con las escuelas de todos los grados, con los investigadores y los profesionales del sector para promover el conocimiento, el estudio y una revalorización crítica del Teatro de Figuras.

Un empeño hecho de investigaciones, de formación y de organización de festivales que ha encontrado ramificaciones en numerosas actividades como son las siguientes:

- la creación de una escuela, en colaboración con la Región Lombarda, para actores de Teatro de Figuras;

Benedetto Ravasio en el taller.
- el comisionado de exposiciones, en Italia y en Europa, como “Benedetto Ravasio, una vita con i burattini», «I burattini lontani. Il Banraku e i burattini della tradizione lombarda», «Danze Macabre» , “Arlecchino”, «Pina e Benedetto Ravasio, vita da burattinai – Ricordi e Riflessioni -» e “Un tesoro da scoprire”;

- la organización del Congreso Internacional “L’albero di Arlecchino”;

- la publicación de investigaciones y de documentos filmados como «La fiaba dei burattini», «Pacì Paciana», «Il mondo di Gioppino», «Otello Sarzi» e «Ritorno a Stasù»;

Pina Ravasio con sus títeres.
- la adquisición de colecciones, para evitar la dispersión y la pérdida de un rico patrimonio hecho de títeres, libretos, decorados y otros materiales;

- la realización de una biblioteca y una videoteca del sector.

Cada año, durante el verano, la Fundación Benedetto Ravasio organiza la programación “Borghi&Burattini” con el otorgamiento del premio internacional “Pina e Benedetto Ravasio”, trayendo a Bérgamo compañías de todo el mundo.

 Benedetto y Pina Ravasio.
Los socios creadores de la Fundación son: Giuseppina Cazzaniga (titiritera y esposa de Benedetto Ravasio), la doctora Cristina Loglio, el profesor Remo Melloni, el director de escena Oreste Castagna,  el escritor, diseñador y escenógrafo Mario Cresci ,y el periodista ensayista, crítico cinematográfico y músico Ermanno Comuzio.

Liderado en estos momentos por Sergio Ravasio, con la asistencia de Luca Loglio y Tiziana Pirola, el Museo del Burattino creado por la Fundación Benedetto Ravasio ha nacido con una profunda vocación europeísta, con ganas de tejer complicidades y proyectos de colaboración con otros museos de Europa. Una muestra de ello es la presencia en la inauguración de Idoya Otegui, directora del TOPIC de Tolosa y Secretaria General de Unima, invitada con la intención de empezar a tejer redes para la elaboración de proyectos conjuntos. Sin duda, en el contexto europeo de los títeres, ‘la diferencia une’.

I- El Museo del Burattino de Bérgamo: Inauguración


Aunque sea con retraso, reseñamos en esta entrada la inauguración que tuvo lugar el viernes 5 de julio de 2019 del Museo del Burattino (Museo del Títere)de la ciudad de Bérgamo, extrayendo la información que salió en Titeresante sobre el mismo. Invitado por la Fundación Benedetto Ravasio a asistir al acto, tuve la oportunidad ee visitarlo y conocer sus tesoros, que son muchos.

El Museo está situado en el Palacio della Provincia di Bergamo, en la ciudad del mismo nombre. Con él, la Fundación Benedetto Ravasio realiza un sueño que tuvo desde su nacimiento: disponer de un espacio público donde guardar, preservar, estudiar y exhibir las ricas colecciones de títeres populares de la región, empezando por las propias de la familia Ravasio pero también otras muchas colecciones que existen en la zona, sin duda una de las más ricas de Europa en patrimonio titiritero.



Interior del Museo. Foto T.R.
Conocí a la familia Ravasio en octubre de 2014, cuando acudí a Bérgamo  instigado por Bruno Ghislandi, entonces secretario de la Fundación Benedetto Ravasio (ver aquí). Ghislandi me preparó todo un recorrido por la ciudad al encuentro de los distintos titiriteros centrados en el personaje local por excelencia, el allí tan popular y querido Gioppino. Y la primera y fundamental visita fue para conocer a la señora Giuseppina Cazzaniga , más conocida como Pina Ravasio (1917-2015), viuda de Benedetto, quien me recibió en su casa junto a su hijo Sergio. Rodeada de sus títeres más queridos, me mostró con orgullo el Premio Mariona Masgrau que le había otorgado el Festival de Títeres de Bilbao.


La señora Pina Ravasio con Margi en primer plano, la madre de Gioppino. Foto T.R.
Conocer a Pina y a su hijo Sergio Ravasio, fue uno de los momentos cumbres de este viaje, una oportunidad única de conocer a una maestra que procedía de otra época pero que conservaba intactas toda la fuerza y la vocación titiritera de alguien que ha vivido con pasión el oficio en una de las tradiciones más ricas y fundamentales, como es la del norte de Italia con el repertorio intacto de tantas obras procedentes de la Comedia del Arte (ver aquí los distintos artículos dedicados a esta visita) .



Sergio Ravasio. Foto de Dimitri Salvi.
Ya entonces me habló Sergio Ravasio con pasión de su deseo de poder ofrecer al público local e internacional el ingente material escénico de sus padres mediante un museo en el centro de la ciudad, donde también se pudieran recoger otras colecciones existentes. Este deseo se ha realizado por fin cinco años después, con un proyecto sostenido por todo lo alto tanto por la ciudad como por la región, además de una suma de patrocinadores privados que han ayudado a materializarlo.

Bérgamo, la ciudad de Arlequino, Brighella y Gioppino.

La centralidad de Bérgamo, situada al pie de los Alpes entre Venecia y Milán, se concreta en el campo de los títeres por ser la ciudad que ha dado a nacer a tres de las personalidades más importantes de la tradición titiritera italiana. Para empezar, dos de las máscaras fundamentales de la Comedia del Arte, los zanni Arlequino y Brighella, y, ya en el siglo XIX, al poderoso y más moderno Gioppino, el de los tres gofios. Y mientras los dos primeros se desplazaron de Bérgamo a otras ciudades, con la conocida adopción de Arlequino por parte de Venecia, Gioppino quedó circunscrito a su localidad de nacimiento, convertido en un personaje que de algún modo resumía algunas de las características propias de la población común, en el campo y en la ciudad.



Margì, de Enrico Manzoni detto Ol Rissofi (1940/1960). Familia Cortesi (Ex-Manzoni). Foto T.R.)
Sin duda, este museo no existiría sin la presencia de Gioppino, el personaje que ha vertebrado el teatro popular tradicional 'clásico' de la región de Bérgamo.



Margì, de Enrico Manzoni (12949/1960), y Gioppino de Otello Sarzi (1970/1990). Fundación Benedetto Ravasio. Foto T.R.
Gioppino es el catalizador vital que ha sustentado el vínculo de la población con sus titiriteros, del mismo modo que lo hacía Fagiolino en Bolonia, Gianduja en Turín, Meneghino en Milán, Arlequino en Venecia, o el mismo Pulcinella en Nápoles y en tantas otros lugares de Italia. Pero mientras en muchas de estas ciudades, sus personajes han languidecido hasta su práctica extinción -no así Fagiolino ni Arlequino, aún bien activos, ni tampoco Gianduja-, Gioppino sigue la mar de vivo, con numerosas compañías que le son fieles y una presencia constante en el imaginario colectivo de la población local.



Arlequino, de Franco Citterio, con vestido de María Grazia Citterio (2006). Compañía Carlo Colla & Figli. Foto T.R.
De ahí que el nuevo Museo del Burattino haya dedicado una especial atención a la figura de Gioppino, como indica por otra parte que a la hora de cortar la cinta en la ceremonia de abertura, detrás de los cuatro personalidades protocolarias asomara la cabeza de un radiante Gioppino, en manos de uno de los maestros que lo manejan en la actualidad, Daniele Cortesi.



Sergio Ravasio corta la cinta inaugural junto a las autoridades. En un segundo plano, Gioppino y Daniele Cortesi.
También explica que las autoridades políticas de la ciudad y de la provincia se hayan inclinado tan positivamente a la idea de la Fundación Benedetto Ravasio, conscientes como son de la popularidad de la tradición titiritera y del profundo significado de identidad colectiva del personaje de Gioppino.



Gioppino Padre, de Giuseppe Sarina. Atelier Sarina, Tortona. Foto T.R.
Un museo que se suma al también recientemente abierto Atelier Sarina en la ciudad de Tortona, dedicado a la obra del gran maestro Giuseppe Sarina (ver aquí), al Museo de Gianduja que existe en Turín (ver aquí), y también a las distintas exposiciones realizadas por Orto Teatro y Walter Broggini, en Pordenone y Cordenons, en la región del Friuli, dedicadas a las 'máscaras' italianas (ver aquí) así como al arquetipo europeo de Polichinela (ver aquí).

Inauguración del Museo del Burattino.

No se inauguran cada día nuevos museos de títeres en el mundo, de ahí que valga la pena atender a los procesos protocolarios de cada caso, pues no dejan de ser el modo con el que los poderes locales y los responsables del mismo oficializan el proyecto y le dan valor institucional .



La sala de actos llena. Foto de Dimitri Salvi.
Antes de dejar pasar al numeroso público que se había congregado en el Palacio della Provincia para ver el museo, tuvo lugar una ceremonia institucional en una de las salas del cuarto piso del palacio, preparada a modo de salón de actos. En la mesa presidencial, estaban los políticos representantes de la ciudad y de la región, los responsables de la Fundación Benedetto Ravasio, el joven Luca Loglio y su Presidente, Sergio Ravasio, más la coordinadora científica, Chiara Bettinelli, y el director de escena y escenógrafo Diego Bonifaccio.



Mesa presidencial. De izquierda a derecha: Luca Loglio, Diego Bonifaccio, la representante de la ciudad y el de la región, Sergio Ravasio y Chiara Bettinelli. Foto de Dimitri Salvi.
Hubo parlamentos a cargo de todos los ocupantes de la mesa. Sorprendió a este cronista la visión estratégica, tanto de los responsables del Museo como de los cargos electos presentes, con una concepción muy avanzada de lo que debe ser hoy en día un Museo: un lugar abierto al futuro y a la práctica social de la materia museística, los títeres en este caso. Es decir, complementar la exhibición con programaciones, con la esencial participación de las escuelas -se hizo mucho hincapié en abrir el museo y darlo a conocer a los niños -, con trabajos adicionales de investigación, archivo y conservación, sin olvidar la importancia del aspecto histórico y patrimonial de las colecciones, verdaderas obras maestras de arte popular y teatral de la región.


Diablo, autor desconocido (1900/1920). Familia Angelini (Exc-Sarzetti). Foto T.R.
Se explicó que además de las piezas propiedad de la Fundación Ravasio, procedentes del trabajo de Pina y Benedetto Ravasio, el Museo contenía obras de las siguientes familias: Milesi, Cortesi, Lesa, Scuri y Angelini.  Esta amplitud de prestaciones garantiza la riqueza de la exposición, y permite ordenar las piezas según temáticas y personajes.


 Diablo, autor desconocido (1900/1920). Familia Cortesi (Exc-Sarzetti). Foto T.R.
Todos los participantes fueron muy conscientes de la excepcionalidad del momento: dedicar un museo a los títeres de la ciudad y provincia , es reconocer el importante valor artístico, histórico, escénico y patrimonial de los títeres populares, una arte que permite tejer líneas transversales de pertenencia colectiva a través del tiempo y de la geografía. Y por encima de lo local, late en todo el teatro de títeres popular la todavía más importante transversalidad europea, pues los arquetipos polichinescos que representan la mayoría de estos personajes son comunes y se encuentran en todas las culturas del continente. Es decir, un ejemplo de diversidad que une, o de unidad de lo diverso.



Geografía titiritera de Europa. Museo del Burattino de Bérgamo. Foto de T.R.
Una  consideración muy presente en los directores y responsables del Museo, tal como vimos más adelante al entrar en la sala de exposición, al recibirnos un magnífico mapa de Europa con todos los personajes polichinescos representados y una muy buena indicación de su procedencia. En este sentido, los museos tienen hoy en día la responsabilidad de marcar los denominadores comunes de todas estas tradiciones, a fin de tejer las correspondientes redes culturales de la unión europea de la diversidad, que tanta falta nos hacen.



Sala de armas titiriteras. Museo del Burattino. Fundación Benedetto Ravasio. Foto T.R.
Proseguiremos en ulteriores crónicas a describir el Museo y a hablar de la actuación que pudo verse al día siguiente en la Piazzzeta Santo Sipirito de Bérgamo, del espectáculo de títeres 'Il mistero del fantasma barbuto', de Zanubrio Marionetas.

miércoles, 3 de julio de 2019

Josep Maria Romero escribe sobre Rutas de Polichinela


He recibido con enorme alegría el texto que el escritor y viajero Josep Maria Romero (ver aquí) acaba de publicar en su página web sobre el libro 'Rutas de Polichinela', que centra el contenido de este blog.  No sólo por el respeto y la admiración que siento por él (vean aquí mis comentarios sobre dos de sus libros), sino por el hecho de recibir una reseña de alguien que ha entrado con profundidad en el libro y se ha regodeado en su lectura. 

J.M.Romero tomando un té.
Es Josep María Romero un viejo amigo que vive hoy en las antípodas, enfrascado en un proyecto de vida que aúna la escritura, los viajes, la observación poética y antropológica de la realidad, y el arte del buen vivir. Ilustran estas características apuntadas los títulos de sus libros y sus últimos trabajos, con sus recién publicadas 'Cròniques Orientals', un alarde de concisión, visión poliédrica, abertura a la diferencia y devoción a los matices de lo que podríamos considerar 'verdadero'. 

Vean este fragmento del documental en el que está trabajando actualmente:



Adjunto aquí su texto, para que quede reflejado en las páginas de este blog y puedan gozarlo sus lectores:

Viajar es apasionarse, pues no hay exploración sin pasión, y un viaje sin exploración no es un viaje -es otra cosa, todo lo digna que se quiera, pero otra cosa. Tras la lectura del Rutas de Polichinela, lo primero que quiero destacar es la formidable pasión que arde en la raíz de la obra -pasión por descubrir las rutas físicas, pero sobre todo por sentir la atmósfera de los lugares y comprender el alma de las personas. Absorbido por el potente caudal emocional, me he sorprendido abocado a un mundo fantástico, donde parecen haberse difuminado las fronteras habituales.

Personaje singular -¿qué otra cosa puede ser alguien que elige la profesión de titiritero, y ejercerla con alevosía, a caballo entre los siglos XX y XXI?-, Toni Rumbau ofrece en esta obra un volcado de su experiencia, es decir, un legado, cuya mayor consecuencia, más allá de las sugerentes peripecias, es la reflexión del sabio veterano que ha aprendido unas cuantas cosas por los caminos del mundo. El escenario es una Europa representada por dos docenas de ciudades, con Lisboa, Copenhague y Estambul como vértices geográficos, y el tiempo cuatro décadas largas de nutrida vida profesional. En su tránsito, el titiritero contacta con una miríada de colegas cómplices -diligentes eruditos de referencia, continuadores de sagas familiares, concienciados recuperadores de tradiciones moribundas, entusiastas divulgadores y coleccionistas, y por supuesto expertos manipuladores, y de su mano recorre salas de museo, talleres de construcción y reparación, teatros ilustres y teatrillos de barrio, siempre ante la mirada enigmática de los personajes de hilo, de guante o de teatro de sombras que se apiñan en estantes, colgadores, vitrinas y rincones diversos, los cuales, queda advertido ya en la primera página, son las auténticas estrellas del libro. Karägoz, Vasilache, Guignol, Mester Jakel, Kasparec, Pulcinella, Pupi, etcétera -¡qué nombres tan fascinantes, los de las estrellas!- son sucesivamente descritos por Rumbau con precisión de entomólogo, y el lector, al conocer las peculiaridades físicas y caracterológicas de cada cual, sus desarrollos en las geografías particulares y sus relaciones con parientes de otras regiones, acaba captando la complejidad de un tejido artístico que, lejos de ser banal, permite bucear en lo más profundo de la condición humana. 

Mi primera imagen de Toni Rumbau me retrotrae a los tardíos 70, cuando le vi actuando con La Fanfarra en la plaza de Sant Josep Oriol de Barcelona, representando no recuerdo bien si un episodio de la serie Malic, su icónico aventurero ibérico, la Llegenda de Sant Jordi, o alguna otra de sus piezas tempranas. Junto a sus compañeros de equipo, Mariona Masgrau y Eugenio Navarro, y frente a la venerable iglesia gótica del Pi, componían una entrañable estampa entre medieval y hippy, muy adecuada para el gusto de aquella época esperanzada en que creíamos que la dimensión humana de las cosas era el camino. Poco después le conocí de cerca, y por mi pertenencia al histórico grupo Titelles Anglés coincidimos con cierta asiduidad, y desde aquel entonces, y a pesar de mi alejamiento del gremio y del país, hemos mantenido un contacto, no por espaciado menos suculento, con encuentros ocasionales en ámbitos tan variopintos como el inigualable teatro Malic, el añorado restaurante Compostela de la calle Ferran -¡loor al pulpo, lacon con grelos, ribeiro!-, la mítica cervecería El Glaciar de la plaza Reial o su atmosférico despacho de las Rambles, y en cada caso he podido constatar que el hombre mantiene la pasión exploratoria intacta, y un explosivo repertorio de proyectos en la cartera.

Maneja Rumbau, como si fuera un filósofo taoísta de hace dos milenios, el patrón del dualismo para explicar las mecánicas del mundo. En el Rutas del Polichinela, en particular, el recurso le es útil para analizar el espíritu contradictorio de las ciudades, pero si en algo resulta definitivo es para explicar la esencia de cada uno de estos títeres-estrella, que nacen fundamentalmente como inevitable contrapeso a la autoridad de turno. Entre ellos, es habitual la nobleza justiciera pero también el individualismo, el lenguaje gritón y soez y por supuesto la violencia (tradicionalmente, a cachiporrazos), y más de uno ofrece un físico contrahecho que, ya de entrada, es una reivindicación de lo marginal. Más que atildados héroes de cuento, pues, los susodichos son personajes que con un humor corrosivo y sin rubor airean las emociones que la gente ordinaria nos vemos obligados a reprimir, y es por esa cruda sinceridad que los sentimos cercanos y necesarios, como un torpedo liberador contra todos los despotismos, incluído el moral, eso que hoy en día denominamos corrección política.

Huelga decir que recomiendo intensamente la lectura del libro, por erudito, pero sobre todo por estimulante, por hacer el favor de recordarnos que no vivimos en ese paisaje plano que el poder establecido se empeña en vendernos, sino en una realidad sublime y perturbadora que conviene explorar hasta el último confín. 

J.M.Romero

Escritor en Oriente. Autor de "Cròniques Orientals", "Tao. Las enseñanzas del sabio oculto", "Siempre el Oeste", "India", entre otras obras. 40 años sobre el terreno. 

'Giù la maschera’, exposición en Pordenone, Italia



Gioppino. Marioneta de Mario Perozzi, finales s.XIX, inicios s.XX.
Se pudo ver del 13 de abril hasta el 12 de mayo de 2019, en el exconvento de San Francesco de Pordenone, en la región del Friuli, Italia, la exposición ‘Giù la maschera’dedicada al rico patrimonio de los personajes o héroes populares del teatro de títeres en Italia, allí llamados ‘máscaras’ como es costumbre hacerlo con los personajes de la Comedia del Arte.


Fanacapa, de Verona, y Gioppino, de Bérgamo.

Máscaras que no son tales, pues son todos títeres o marionetas, algunas con máscaras y otras sin, pero que en este artículo llamaremos ‘máscaras’ entre comillas, para distinguirla de la palabra española que indica la doble cara que se pone en el rostro para cambiar de identidad. Aclaraciones necesarias para quienes desconozcan esta terminología teatral del país vecino.

Una exposición fundamental para entender la complejidad de las riquísimas tradiciones titiriteras en Italia, sin parangón en ninguna parte de Europa. 


Claustro del exconvento de San Francesco durante la representación de Gianluca di Mateo.
Junto a la exposición de Pordenone, tras una primera estancia en la vecina ciudad de Cordenons (donde estuvo expuesta del 26 de enero al 27 de febrero de 2019), los organizadores han ofrecido a la ciudad de Pordenone un nuevo festival, que pretende ser bianual, y que han titulado MAgicaBUra!, Festival de Teatro di Figura. Un festival que en este caso complementa e ilustra a la perfección la temática expositiva, pues todos los espectáculos han girado alrededor del mundo de las ´máscaras’. Para saber más sobre el Festival y los espectáculos programados, vean los distintos artículos aparecidos en Titeresante aquí.

Conviene indicar quienes son estos organizadores que cada año proponen una exposición diferente (hace dos años fue la exposición Rutas de Polichinela, llamada allí ‘Le Estrade di Pulcinella’, que trajo la producida por el TOPIC de Tolosa complementada por algunas ‘máscaras’ italianas, y que fue tratada largamente en Titeresante (ver aquí) y en este blog (ver aquí), organizadores que se lanzan además a la aventura de organizar un Festival. Se trata de la compañía Ortoteatro, que dirige Fabio Scaramucci, uno de los polos teatrales más activos e interesantes del noreste de Italia, y de Walter Broggini, el titiritero e ideólogo de este programa de exposiciones y eventos llamado ‘El Fantástico Mundo de los Títeres’, con cuatro iniciativas en su haber ya realizadas en los últimos años.


Walter Broggini presenta la exposición.

Lo más interesante de la presente exposición es que no se va a quedar sólo en la región italiana del Friuli, sino que también podrá verse en España, concretamente en el TOPIC de Tolosa, durante el próximo otoño e invierno, y más tarde, ya en la primavera del 2020, en el Museu da Marioneta de Lisboa. Se trasladará luego al Museo de Marionetas de Lubliana, en Eslovenia.


Idoya Otegui con Brighella, marioneta de finales del 700, inicios del 800.

Una exposición de gran importancia, pues es quizás la primera vez que se exponen las principales ‘máscaras’ con la voluntad expresa de destacar la inmensa riqueza de este patrimonio en Italia, donde prácticamente cada ciudad importante tiene a su héroe particular, un personaje que busca representar los trazos simbólicos propios de su lugar de origen, y en cuya imagen y formas de ser y de hablar, los lugareños se sienten representados y se identifican con suma facilidad. 

Algunas de estas ‘máscaras’ proceden del repertorio de personajes de la Comedia del Arte, como Pulcinella, Arlechino, Pantalone, Brighela, Il Capitano, Il Dottor Balanzone o Tartaglia, todas ellas con sus máscaras características. Pero el resto de personajes son héroes nacidos en el siglo XIX, hijos del cambio de época que representó la llegada de los nuevos ideales revolucionarios, y que la invasión napoleónica expandió. Estos nuevos personajes no llevan máscara, por una razón muy simple: era mal vista por los espíritus avanzados de la época, que la consideraban un anacronismo propio del Viejo Régimen aristocrático. Sin duda llevar máscara sería visto como un signo de encubrimiento y de doble moral, una reminiscencia decadente de oscurantismo y fasto barroco.

De hecho, Napoleón prohibió el uso de las máscaras en el teatro, lo que explica que el teatro de la Comedia del Arte con sus personajes haya sobrevivido sólo en el teatro de títeres, único lugar donde las máscaras podían actuar.

 
Brighella y Arlecchino, durante la representación de Pietro Roncelli, de Bérgamo.

Este hecho ha conferido al teatro de títeres popular de los siglos XIX y XX la enorme responsabilidad de mantener vivo un patrimonio literario, escénico e icónico de enorme importancia, que algunos titiriteros, como es el caso del gran maestro Romano Danielli de Bolonia, llaman el Teatro Clásico de los Títeres en Italia. 

La voluntad de Walter Broggini de dar énfasis a la enorme variedad patrimonial de ‘máscaras’ existentes en Italia, esta especie de ‘reserva natural de los títeres’ única en Europa, se manifiesta en los mapas que aparecen tanto en el catálogo como en la exposición. Un modo de situar a cada personaje en el tiempo de la Historia pero también en la Geografía del espacio, mostrando así una distribución territorial que tiene que ver con la cultura, la historia, la lengua, los dialectos y la realidad humana de las diferentes ciudades, reinos, repúblicas y regiones que conforman el aglomerado de lo que a finales del siglo XIX acabó siendo Italia. 


Mapa de Italia con ‘máscaras’ y localidades.

De todo ello habla esta exposición, con los rostros mudos de las ‘máscaras’ tan llenos de expresión y de su poderosa carga de energía potencial. En su quietud, hablan a través de sus miradas y de sus rasgos nobles o exagerados la mayoría de las veces, pues como es común en los títeres, viven la tensión que les pusieron sus autores, que buscaban la síntesis expresiva de la caricatura y del exceso.


Sandrone, de Modena.

De los personajes que se inclinan por lo grotesco, aparte de Pantalone o el Dottor Balanzone, siempre muy exagerados en sus rasgos, o de Brighella, considerado en muchos casos como el más bruto o villano de la pandilla, o del mismo Arlecchino, siempre excitado y lleno de profundas reminiscencias diabólicas y animalistas, yo destacaría, a la máscara de Sandrone, un personaje del que los titiriteros gustan y sacan mucho jugo, por sus rasgos patanes, toscos y rústicos, aunque sinceros. Magnífico fue el coro de Sandrones que pudimos gozar a cargo de la compañía ‘aumentada’ de Romano Danielli, un verdadero festín de voces y rostros, del que se habla en un artículo publicado en Titeresante (ver aquí).


Pantalone y Gioppino.

Claro que Gioppino no le va a la zaga. Tiene fama de aguerrido y belicoso, provisto de sus tres espectaculares bocios, pero bajo su apariencia estrafalaria, es un ser noble y bueno. Tiene la inocencia del rústico, y de hecho así lo pudimos constatar en la representación que nos ofreció el maestro Pietro Roncelli, que llegó de Bérgamo para participar en el encuentro de ‘máscaras’ (ver aquí).


Pampalughino y Tascone, de Tortona.

También Tascone, el rústico inventado por Pepino Sarina en Tortona, tiene rasgos de patán tosco, y de hecho comparte con Sandrone boca y dentadura similares.


Bargnoclo.

Bargnoclo y Flema son dos ‘máscaras’ singulares de aspecto patético y decadente, aunque siempre divertidos y paródicos, uno por su enorme verruga, fruto de la imaginación del maestro Italo Ferrari, de Parma  (1877-1961), y el otro por el grueso moco que le cuelga de la nariz, creado por Angelo Cuccoli, de Bolonia (1834-1905), a modo de pareja cómica de Fagiolino.


Flemma.

También Barudda, de Génova, creado por Luca Bixio llamado Il Cincinnina (1801-1879), tiene una personalidad fuerte e intempestiva, como muestran sus rasgos algo groseros y rústicos.


Barudda, de Génova.
Famiola.


Interesante es el personaje de Famiola, de Pavía, que ya estaba en activo en 1811, según indican documentos de la época. Será adoptado como protagonista por Gaspare Carlo Gioacchino Colla, llamado Giuseppe (1805-1861), iniciador de la saga familiar de los Colla, una de las más importantes y longevas del país. Por lo visto era un rebelde que no dudaba en sacarle la lengua a quién se lo merecía.


Fagiolino, de Romano Danielli, durante la representación en Pordenone.

Luego están los héroes divertidos y simpáticos, más listos que el hambre, aunque por lo general bastante irreflexivos: Fagiolino, de Bolonia, uno de las ‘máscaras’ más importantes, por la vida y actualidad que aún mantiene, pues son varios los maestros actuales que lo manejan y le sacan un provecho enorme. Una de sus especialidades es el buen uso de la cachiporra. Por lo visto ya existía en la época de la Comedia del Arte, aunque no lleva máscara alguna.


De izquierda a derecha, Gioppino, Fagiolino, Sganapino y Meneghino.

A su lado, aparece otro personaje espabilado, Sganapino, cuyas ocurrencias siempre hilarantes le dan un gran protagonismo, de modo que comparte con Fagiolino una buena amistad y el favor entregado del público.



Baciccia, marioneta de la familia Pallavicini, finales del 900. Génova.

Baciccia della Radiccia es la ‘máscara’ principal del teatro de títeres y de marionetas de Génova, obra de Raffaele Pallavicini (1874-1957), simpático, listo e intrépido, siempre a punto de liarse en cualquier aventura, en las que actúa con bondad y justicia.


Gianduja, de Turín.

Y no podríamos dejarnos a Gianduja, la ‘máscara’ de Torino y del Piamonte, nacido a finales del siglo XVIII y fruto de la fantasía del titiritero turinense Giovanni Battista Sales y de Gioacchino Bellone di Oja. Un personaje que tuvo mucha importancia y presencia durante todo el novecientos en las dinámicas vicisitudes históricas del territorio de Saboya, desde donde se inició la unificación de Italia. Hoy perdura aún bajo el empuje de quien fue el último gran maestro turinés, Gualberto Niemen (1905-2003). Dispone incluso de un Museo que le está dedicado, obra del recientemente fallecido  maestro Giovanni Moretti y del crítico, profesor y estudioso Alfonso Cipolla (ver aquí).


Valerio Saccà con su Meneghino.

Meneghino, personaje que aparece tanto en el teatro de actor como en el de títeres, representa al pueblo milanés ya desde los siglos XVII y XVIII. Y a pesar de que a principios del novecientos se mantiene sólo en papeles secundarios del teatro de títeres, como nos indica Walter Broggini en el catálogo, hoy vuelve a renacer de la mano de jóvenes titiriteros que han decidido rescatarlo como protagonista: Valerio Saccà y Giorgio Rizzi. De este último, pudimos ver el estreno de la obra ‘Meneghino  e il Castello di Tremarello’, de la compañía 'C'è un Asino che Vola' (ver aquí). 

No hemos hablado de los personajes más famosos y longevos, las ‘máscaras’ principales de la Comedia del Arte, Pantalone, Arlechino, Brighella, Pulcinella…, que están muy bien representados en la exposición y que aparecieron también en los espectáculos del Festival. 


Paolo Papparotto con Arlechino y Colombina.

Importante citar la obra de Paolo Papparotto, uno de los maestros más importantes del Veneto, quien presentó ‘Lezione sulla commedia dell’arte (tre farse dull’amore)’ con Arlechino de protagonista (ver aquí). Igualmente la compañía Aprisogni de Treviso con ‘Arlecchino cavadenti’ (ver aquí). Y por supuesto, la representación de la compañía ‘ampliada’ de Romano Danielle ya antes citada, el gran maestro de Bolonia (ver aquí).


Romano Danielli, en el Auditorio Concordia de Pordenone.


Gianluca Di Matteo con los Guaratelle di Pulcinella, en plena actuación.

Nos faltaría para completar este cuadro le guaratelle di Pulcinella, la máscara napolitana, tan diferente de las anteriormente citadas: mientras estas se caracterizan por ser personajes de un teatro de texto, entre la comedia, el drama y la farsa, los guaratelle de Pulcinella participan de un lenguaje radicalmente diferente: musical, entregado al dinamismo y provisto de tanto movimiento que exige un importante vistuosismo manipulador. Por otra parte, el hablar de Pulcinella se canaliza a través de la lengüeta, con lo que el texto es casi superfluo, un simple acompañamiento de la acción.


Pulcinella de Bruno Leone.

Eso no significa que no hubiera obras con Pulcinella enmarcado en estructuras de comedia y de farsa, de hecho suele estar presente en el repertorio de este ‘teatro clásico de los títeres’, según palabras de Romano Danielle. Pero su característica principal es su capacidad de movimiento y su gestualidad exagerada. En Venecia era una figura muy vista, tal como nos lo indican las pinturas y los grabados de los Tiépolo. Sería interesante saber de qué iban sus obras, aunque por la crítica que les dirige Tiépolo, seguramente serían farsas más bien chuscas y obscenas, dignas de ser reprobadas. Para los ilustrados de la época, un triste síntoma de la evidente decadencia de Venecia.


Grabado de Giandomenico Tiepolo.

En el festival MAgicaBura! Estuvo presente bajo la diestra mano de Gianluca Di Matteo, uno de los actuales virtuosos que lo están llevando por todo el mundo (ver aquí). 

Atención, todavía faltan los personajes recién nacidos, pues el ecosistema de las ‘máscaras’ italianas estaría cojo sin la aportación de savia nueva, ya sea con practicantes jóvenes de los temas y personajes tradicionales, ya sea con la invención de nuevos nombres y figuras. 


Arestes Paganos.

La exposición muestra a dos: Arestes Paganos, creado en 1992 por Donatella Pau y Tonino Murro, de Caglari, Cerdeña, un personaje que representa al habitante de la llamada Barbagie, el centro de la isla, enmarcado en la cultura de la pecora, las ovejas, cuyo pastoreo constituye la dedicación básica y tradicional de los campesinos de la zona. Por eso lleva una máscara que recuerda la de los carnavales de Cerdeña y también la cara de una oveja.


Pirù.

El otro personaje nuevo es Pirù, creación de Walter Broggini en 1987, un titiritero formado en el teatro de títeres contemporáneo y habitante de una zona en la que no existe ninguna ‘máscara’ particular que la represente. Atraído por el reto de conocer y explorar el lenguaje del ‘teatro clásico de títeres’, pero con ganas de romper moldes y hacer algo nuevo, crea a Pirù, un personaje de rostro pintado casi como un indio de las praderas americanas de Hollywood, un clown de circo, o un punky de fantasía, una máscara pintada en realidad en el rostro, que le permite ser real e imaginario a la vez, participar de la doble condición de ser mito y realidad. Tuvimos la oportunidad de ver el espectáculo ‘Pirù e la vendetta di Teodoro’, que reseñamos en un artículo de Titeresante (ver aquí).

Il Catalogo.


No hay exposición que se precie sin catálogo, sobre todo en un tema como el que nos atañe, donde es tan importante mostrar y fijar el repertorio de las ‘máscaras’, es decir, mostrarlas a modo de inventario visual de las mismas. 




Para ello ha realizado Broggini un exhaustivo trabajo de exposición y de síntesis, y a la vez de clarificación en la procedencia de cada uno de los personajes, con mapas que nos indican claramente los orígenes, y con imágenes de impacto que nos muestran a cada uno de ellos según versiones de diferentes titiriteros. Por otras parte, cada una de las ‘máscaras‘ tiene un nutrido y documentado texto explicativo, donde se indican los autores, sus fechas de nacimiento y los pormenores básicos de su vida en el tiempo y en el espacio. Al final, un índice de nombres nos reseña la procedencia de cada una de las piezas expuestas.


Walter Broggini y Roberta, directora de producción de Ortoteatro.

Il Catalogo contiene en el inicio varios textos, todos ellos de gran importancia. El primero a cargo del comisario de la exposición, Walter Broggini, quien nos presenta las intenciones y el contexto en el que nos vamos a mover (vean aquí). Le sigue un texto de un enorme valor, al tratarse del testimonio de uno de los grandes maestros aún en activo, Romano Danielle, de Bolonia, repleto de valiosas indicaciones y con opiniones personales impagables. Quien suscribe estas líneas fue invitado a escribir una visión externa de este tremendo patrimonio tan poco conocido en Europa y resto del mundo. Y por fin, Alfonso Cipolla, director del Museo de Gianduja y del ‘Istituto per i beni Marionnettistici e il Teatro Popolare, nos explica lo que es este instituto y nos sitúa en el contexto del Museo di Gianduja de Turín.