miércoles, 8 de octubre de 2014

Bérgamo: Gioppino, Arlequino y Brighella. Una reserva europea para las tradiciones titiriteras


Ya anuncié en su día que estas Rutas de Polichinela eran un proyecto que estaba destinado a estirarse en el tiempo. Tras la publicación del libro en castellano, catalán y portugués, nuevas oportunidades de conocer otras ciudades y tradiciones han surgido. ¿Y dónde mejor que en Italia podía haber ocurrido? El país de Europa sin duda más rico en patrimonio titiritero con una virtud principal: el alto grado de vitalidad que aquí la tradición posee.

La señora Pina Ravasio con Margi en primer plano, la madre de Gioppino.
Fue Bruno Ghislandi, esencial colaborador en las dos exposiciones de estas Rutas realizadas en el TOPIC de Tolosa y en el Museu da Marioneta de Lisboa (él fue el artífice de la importante presencia de los títeres italianos en las mismas) quién me urgió a conocer las tradiciones aún  vivas del norte de Italia: si el libro tenía que traducirse un día al italiano, sería bueno añadirle unos capítulos dedicados a sus personajes principales. No es ninguna broma: estamos hablando de nombres de la categoría de Arlequino, Brighella, Gioppino, Gianduja o Fagiolino, de una importancia incontestable.

Benedetto Ravasi y su esposa Pina, en una foto histórica del fondo de la familia Ravasio.
De modo que, aprovechando una invitación a Torino para ver la última producción operística con teatro de sombras de Luca Valentino basada en una obra de Alberto Savinio, añadí tres días más para pasarlos en Bérgamo y tener así un primer contacto con estas antiguas pero para mí nuevas realidades. Ghislandi me había prometido un programa de encuentros y visitas que me ayudarían a romper el hielo de mi ignorancia y a empezar a situarme en la región. Una promesa, que a los dos días de mi llegada, sólo puedo decir que cumplió a rajatabla y con creces subidas. 

Sergio Ravasio,. presidente de la Fundación Benedetto Ravasio, con los títeres de la familia.
En efecto, nada más llegar, fui conducido a una de las mecas de la tradición bergamasca, nada más y nada menos que en casa de la señora Pina (Giuseppina) Cazzaniga, en la aldea de Bonate Sotto, titiritera compañera y viuda de Benedetto Ravasio (1915-1990), considerado como uno de los titiriteros más importantes de la tradición en el siglo XX y la persona que hizo de puente entre las antiguas máscaras de Bérgamo (anteriores a los años treinta) y las versiones más actualizadas que han llegado hasta hoy. Nos atendió la misma Pina Cazzaniga en compañía de Sergio Ravasio, director de la Fundación Benedetto Ravasio, y su hermano Gianmaria. Hay que decir que al morir el señor Benedetto, su mujer y sus hijos decidieron crear una Fundación, llamada Benedetto Ravasio, alimentada con la importante colección de títeres, objetos y documentos antiguos de la familia, con la finalidad de promover desde ella la tradición titiritera bergamesca pero también las de toda Italia y del resto de Europa. Bruno Ghislandi trabaja desde hace años estrechamente asociado a la Fundación, encargándose del desarrollo de sus múltiples programas y festivales.

Pina Ravasio con Gioppino.
Quedé impresionado de la energía y la vitalidad de Pina Ravasio, de 97 años de edad, que con tremenda ilusión me fue enseñando a sus queridas criaturas, unos segundos hijos para ella. Fue un despliegue de títeres de talla de madera y de un peso más que considerable, que la señora Pina levantaba de vez en cuando con el brazo en alto como si fueran de corcho. Pero lo más impresionante fue escucharla recitar largos fragmentos de algunas de las obras más importantes, como el Fornaretto de Venecia, o el famoso Pací Paciana, obras de alta densidad dramática, cuyas distintas voces se iban alternando con una dicción clara, fuerte y de altos vuelos teatrales. La intensidad y el fuego que vi en aquella señora de 97 años me hizo pensar que realmente me encontraba frente a una tradición más que poderosa. 

Bruno Ghislandi con los títeres de la familia Ravasio.
Sobre el sofá reposaba una selección de los muchos títeres que guarda la familia. Estaban los principales personajes de la tradición bergamesca: Arlequino, nacido en el valle Brembana, Briguella, de Bérgamo Alta (ambos personajes del s.XVI, dos zanni de la Comedia del Arte) y Gioppino, nacido en Zanica, una aldea cercana a Bérgamo, ya en el siglo XIX. La señora Pina los amaba a todos como no cesaba de afirmar, pero cuando tenía a Gioppino en sus manos, uno comprendía que este curioso personaje con tres bocios en la garganta era el preferido. 

Pina Ravasio con Arlequino.
Y con esta declarada preferencia, la veterana titiritera de Bonate Sotto no hacía más que indicarme una realidad incontestable: el cariño y la estima que todos los habitantes de Bérgamo sienten por Gioppino, una ‘máscara’ (como dicen los italianos, aunque en verdad no lleva ninguna, de máscara, como es propio de los personajes nacidos tras la Revolución Francesa) que es la preferida tanto de la gente culta como de la popular, que ven en ella a alguien entrañable que los representa , a pesar de su triple exacerbación tiroidea y de otras características no siempre ejemplares, como más adelante indicaremos. 

La señora Pina Ravasio con Gioppino y Brighella en brazos.
Debo decir que hacía tiempo que conocía a Gioppino, sin llegar a entenderlo nunca, pues el exotismo de sus tres bocios era para mí algo tan estrafalario como incomprensible. ¿Cómo alguien con esta deformación física puede ser un héroe popular? ¿Se trata acaso de sadismo o quizás de un masoquismo popular de extrañas raíces locales? Preguntas que sólo podían tener respuesta si me acercaba a su propio terreno, es decir, viniendo a Bérgamo y enfrentándome cara a cara con el personaje.

Benedetto y Pina Ravasio en una foto histórica de la familia.
Y he aquí que lo tenía enfrente, festejado por la señora Pina con la aprobación de sus dos hijos presentes, que no ocultaban sentir el mismo cariño. Me lo dejaron probar, y mientras sostenía aquel títere de madera de un peso considerable cuya manipulación requería algo más que una buena técnica, me preguntaba cuáles serían sus misterios y sus secretos por desvelar. Era como si la clásica máscara de los viejos personajes de la Comedia del Arte se hubiera deslizado hasta el cuello, adoptando la forma de esos extraños tres bultos –las tres ‘patatas’ como el mismo Gioppino las llama muchas veces– quizás para ocultar realidades aún más secretas, las que tienen que ver con las idiosincrasias de un pueblo, el bergamasco, conocido por su hermetismo y por sus modos reservados y prudentes de ser, o quizás para esconder los secretos de una voz que tiene en los tres bocios tres cajas misteriosas de resonancia… 

Collage de fotos históricas con benedetto Ravasio.
Pronto lo sabría. Vi a Sergio Ravasio alzar a Gioppino y mostrarme su peculiar modo de caminar. Se notaba que, aun sin ser titiritero, conocía el oficio desde niño: con un ligero movimiento de brazo y codo, consiguió que el títere caminara con una gracia exquisita, elegante y divertida a la vez, y profundamente peculiar. 

El autor de este blog c on Pina y Sergio Ravasio.
Poco a poco me iban soltando algunas de sus características. Pueblerino de origen, simple en sus conocimientos, habla con el dialéctico local, pues uno de los principales rasgos de Gioppino es jugar con los equívocos: doble sentido de las palabras y deducciones disparatadas, que confunden a sus adversarios y hacen partir de risa al público. Otro rasgo es su fuerza física: algo bruto pero que sabe usar el bastón para repartir leña y justicia, la suya. Curiosamente, y a diferencia del prototipo bergamesco, que tiene fama de trabajador resistente e infatigable, Gioppino es perezoso y siempre encuentra excusas para no trabajar. ¡Caramba, me dije, aquí hay algo interesante donde indagar! Un héroe que encarna unas virtudes contrarias a las defendidas por la población. Esto tiene un claro sentido de proyección liberadora.

Bajo el palacio Comunale en Piazza Vecchia.
Por la tarde fuimos a la Piazza Vecchia, en Bérgamo Alta –la ciudad tiene una zona baja y otra alta, donde se encuentra su parte histórica más monumental y vistosa– y tuve así una primera impresión de las bellezas ocultas de esta ciudad que ha sido una de las últimas en Italia en sumarse al jolgorio turístico. Es como si sus habitantes se hubieran resistido a publicitar sus bellezas, que ellos prefieren gozar a solas, sin que nadie busque un reconocimiento que mismos autóctonos ya se otorgan. 

Souvenirs titiriteros en una tienda de Bérgamo.
Vi una discreta –aunque no ausente– presencia de turistas en las calles, lo que indicaba que pese a tanta discreción, esta rica plaga sociológica de la modernidad estaba bien asentada en la ciudad. No vi un uso exacerbado de las riquezas locales en el merchandising de las tiendas de souvenirs, lo que confirmaba este decoro púdico de sus habitantes. Unas calles, las de Bérgamo Alta, que me recordaron las de la vieja Tarragona, ubicadas sobre los yacimientos romanos de Tarraco. 

Gioppino en un escaparate de un restaurante de Bérgamo.
Por cierto, que estuve buscando rastros de Gioppino en la iconografía comercial de tiendas y escaparates, y los encontré aunque escasos: un ‘magneto’, un dibujo de las tres máscaras Arlequino, Brighella y Gioppino sobre un pequeño trozo de cerámica, y, en el escaparate de un restaurante, varias imágenes del personaje. Escasa presencia, pero constatable, lo que era un indicio de la popularidad íntima del personaje a nivel de calle. 

De izquierda a derecha, Gianmaria Ravasio, Albert Bagno, Bruno Ghislandi y Sergio Ravasio, en Piazza Vecchia.

Se sumó al grupo formado por Sergio y Gianmaria Ravasio, Bruno Ghislando y yo, el titiritero francés pero residente en Italia (en Calolziocorte concretamente, provincia de Lecco, no lejos de Bérgamo), Albert Bagno, un buen amigo con el que me vengo encontrando por distintas latitudes desde ‘la noche de los tiempos’ –la última ocasión fue en el Congreso de Unima de Chengdu, en China. Bagno es un enamorado de Gioppino –en China acudió con el personaje, vestido él mismo con sus ropas típicas. 

Albert Bagno, con Gioppino y disfrazado de Gioppino en Chengdu, China.
Y mientras era introducido en los arcanos de la cocina bergamesca –donde la polenta tiene un lugar de honor, bien acompañada con un buen cálice de vino rosso–, charlamos los allí presentes sobre Bérgamo, sobre Gioppino y sobre la buena o mala salud que hoy en día tienen las tradiciones europeas de los títeres. 

El Fornaretto de Venecia, fondo familia Ravasio.
Imposible reproducir la intensidad de los intercambios y las discusiones de la noche, que el verbo vehemente de Bagno hizo subir hacia niveles discursivos de alturas alpinas. Una frase sí me quedó grabada: “Gioppino es el gran desconocido de la tradición europea de los títeres”. La dijo Bagno y creo que dio efectivamente en el clavo. 

Gioppino con moro, títeres familia Ravasio.
Con los artículos que seguirán al presente, dedicados a testificar los encuentros con la hija del histórico titiritero Luigi Cristini, la señora Antonia Cristini y su marido Angelo Mastinu, con Danielle Cortesi y su compañera Teresa, con los fondos titiriteros del Museo del Falegname de Tino Sana, la actuación vista allí de Pietro Roncelli y la comida en el restaurante de la familia de Bigio Milesi en San Pellegrino Terme, en compañía de la hija del maestro y de los miembros de la Asociación Ol Giopí de Sanga (El Gioppino de Zanica), que han creado una compañía con el mismo nombre (el programa urdido por Bruno Ghislandi, artífice de este viaje, fue realmente exhaustivo), intentaré remediar este desconocimiento que la frase de Bagno puso sobre la mesa.

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