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viernes, 2 de febrero de 2024

‘El Titiritero, el Huevo, Barcelona y la Extravagancia’, novela de Toni Rumbau. Reseña de Giovanni Papello

 Portada y contraportada de la novela

Acaba de aparecer publicada por Thot Arts, sello asociado a la revista Titeresante, la novela de Toni Rumbau titulada El Titiritero, el Huevo, Barcelona y la Extravagancia. Una novela titiritera que, según el autor, es en parte complementaria a la conferencia-espectáculo estrenada este año con el título El Titiritero, el Doble y la Sombra.

La novela está ya a la venta en Amazon clicando aquí. El libro, de unas 200 páginas, contiene 32 ilustraciones a todo color y puede adquirirse por el precio de 16,30 euros.

Publicamos a continuación el texto que sobre la novela ha escrito el profesor Giovanni Papello, amigo del autor:

Los nudos titiriteros de Toni Rumbau, por Giovanni Papello

El Titiritero, el Huevo, Barcelona y la Extravagancia es un texto corto definido por el autor como una novela poco novela, por sus peculiares características que la distancian de la norma común de lo que solemos considerar una novela, pero que este comentarista considera como una de la obras más interesantes, personales y ambiciosas de Rumbau, que indaga y profundiza en el universo de los títeres para darle la vuelta y asociarlo a la ciudad de Barcelona, que de pronto se enriquece con una mirada topológica repleta de puntos de múltiples dimensiones.

Es un texto dividido en dos partes, la primera escrita en tercera persona al modo de un cuento que a veces toma la forma de un guion para títeres, y la segunda en primera persona, pues es el titiritero Manuel quien habla y nos explica los periplos vividos en compañía de un guía turístico, el señor Quinqué, contratado por sus propios títeres, que se le han escapado, como quien dice, del redil. Dos partes muy diferentes pero que, al final, vemos simétricas, pues ambas acaban con la revitalización ritual del titiritero.

Conversación en la Plaza Real (Maqueta visual)

Lo atractivo del asunto es que nos presenta una ciudad que, mediante la artimaña del huevo y de la pipa que fuma Manuel por dentro, abre puertas y salidas inesperadas capaces de dejarnos saltar, a través de descomunales piruetas de la imaginación, a otros lugares, insólitos y disparatados, pero de una gran belleza, y desde donde podemos vernos con la indispensable distancia de la ‘autoobservación’, este concepto que tanto gusta al autor.

¿Acaso no lo es visitar la Luna, Mercurio, Venus, o el mismo Sol subidos a este planeta inexistente que es Vulcano? Como dice Rumbau, ‘todo vale para obtener la impresionante visión del Sistema Solar visto como un huevo, llamado Heliosfera por los astrónomos, que atraviesa los espacios de la Galaxia a velocidades de vértigo, con el Planeta Tierra dentro dando vueltas al sol, a la velocidad sideral de los años, tan lentos para nosotros, y que tiene las ciudades incrustadas en su piel rocosa, tan rebosantes de vida gracias a los absurdos trapicheos y cambalaches de los humanos que en ellas convivimos’.

Con la palanca de los títeres y de los resortes de la imaginación que suelen acompañarlos, el texto consigue forjar unas llaves que permiten abrir los nudos ocultos que se esconden en la ciudad de Barcelona, nudos de múltiples capas que, al cruzarse, generan algo nuevo e inesperado.

Venus (Maqueta visual)

Una novela que abre un campo de infinitas posibilidades, si el autor tiene ganas de desarrollarlas. En realidad, su otra novela, Foro de Muertos, que también presenta estos días, transita por los mismos derroteros.

Se nos afirma en el texto de presentación del libro que la novela complementa la conferencia-espectáculo que presentó en noviembre de 2022 titulada El titiritero, el doble y la sombra. Creo que hay algo de verdad en lo que dice, pero importa distinguir aquí una cosa de la otra. En ambos casos podemos hablar de ‘rituales de transformación’, pero mientras en la conferencia todo sucede en el contexto vivencial del teatro, lo que sin duda le otorga una intensidad superior (con el freno que da la premura de lo efímero), en la novela el registro imaginario de la lectura reduce el fulgor de la intensidad ritual, pero acrecienta la amplitud y el tiempo de la inusual visión topológica de la realidad, Barcelona en este caso, llena de ‘agujeros negros’ donde lo inesperado surge de improviso.

Castillo de Montjuic (Maqueta visual)

Necesario es comentar las Maquetas visuales, ‘pequeñas bombonas de oxígeno visual’, como las llama el autor, que acompañan cada capítulo. Son unos collages que sin duda pecan de ingenuidad y hasta de una cierta simpleza, pero muy bien resueltos, y que sirven para algo importante: indican al lector que lo que parece intrincado en la lectura, en realidad no lo es. También nos invita a pensar en libertad con la imaginación suelta a los vaivenes de cada uno. Y ponen luz, forma y color a la oscuridad con la que a veces vemos lo paradójico, lo inexplicable y lo absurdo. Creo que esta ha sido la razón oculta de unas imágenes que el mismo autor ha realizado quizá sin saber muy bien el porqué.

 

jueves, 24 de enero de 2013

Melodama, de Eugenio Navarro, en el Teatro del Atelier

Recomendamos el espectáculo MELODAMA de Eugenio Navarro y Martí Doy, a partir de una dramaturgian ideada por Jordi Prats, que estará en el Teatro del Atelier a partir del 1 de febrero. He aquí los datos de las funciones:






 
Reproduzco a continuación unas palabras dichas en 2006 en el Retablo de mi Blog sobre MELODAMA (ver artículo entero aquí) :

"Lo más impresionante de este espectáculo es que la sencillez de sus medios y estructura no impide que, a medida que va avanzando el reloj de la representación, vaya en aumento la emoción del espectador, pues la obra consigue engancharte y te arrastra en su inocente juego con inusitada i sorprendente fuerza. No sólo eso: el espectáculo empieza y acaba cerrando el círculo del inicio con una coherencia rotunda, al situar los contenidos de la obra que sólo adquieren plena significación tras llegar al final. 

El responsable de la dirección escénica es Jordi Prat i Coll, artífice también de este “tour de force” dramatúrgico, que se sirve de los lenguajes del cine y de los dibujos animados, amén del mismo lenguaje de los títeres, hartamente conocido por Eugenio Navarro, director de la compañía, y su colega en la manipulación y constructor de los títeres, Martí Doy. Cosiendo todo este conjunto está la importante música de Matías Torres, único sonido del espectáculo (pues la obra es muda en cuanto a palabras), así como el vestuario excelente de Águeda Miquel, las luces acertadísimas de Quico Gutiérres y las estructuras del retablo de Tero Guzmán.

Los elementos son muy sencillos y el espectáculo es de esos que viajan en una maleta y un par de bultos: dos teatrillos o retablos de títeres, abiertos y sólo con un fondo de ciclorama en cada uno de ellos, van desarrollando una acción que avanza en paralelo o en yuxtaposición, representada por un cuerpo reducido de personajes.

La obra empieza con dos muñecos simétricos vestidos de blanco evolucionando cada uno en el recuadro de su respectivo teatro. Son dos seres perdidos en el espacio, inmersos en una música trascendente y galáctica. De pronto se encuentran, se sorprenden un poco, pero inmediatamente son arrastrados otra vez por las corrientes invisibles que los balancean en movimientos lentos y simétricos.
De pronto, la escena se corta y surgen los personajes reales de la historia que se va a contar: un melodrama de los de antes, con suicidio incluído, resucitación y duelo. Para explicarla, los dos teatrillos son usados com si fueran dos viñetas. A veces se superponen, a veces se conectan entre si, otras son dos espacios separados y distintos. Con sencillísimos elementos escénicos, a través de una mímica elemental de cine mudo, se va narrando la historia: como la joven se deja seducir por un crápula que la lleva de viaje para al final abusar de ella y abandonarla. El rival, su par, algo bruto y poco fino, pero que la quiere de verdad, la sigue a todas partes pero llega demasiado tarde: en el hotel dónde ha sido abandonada, la chica acaba de tirarse por la ventana. Destrozado, vuelve al hogar de la joven, para cuidar de su tutora o abuela, una vieja desalmada. Ésta muere en un arrebato de furia. Entretanto, vemos en el otro teatrillo a la joven salvada por un anciano quién a su vez la emplea de sirvienta. Triste destino el suyo, encargada de desvestir y acostar a su viejo salvador. También éste muere, en un plano simétrico al de la abuela, en una escena hilarante y tremenda de estertores que se van callando. Aprovecha la joven para coger el dinero del anciano y regresa a casa rica, guapa y elegante. Gran alegría del novio bueno, pero surge en aquel momento el crápula por el que ella todavía siente algo… Un duelo resolverá la cuestión. Disparan y…. Regreso al origen, los dos títeres blancos dando vueltas por el espacio galáctico, dos almas que han perdido sus disfraces, sus máscaras, sus egos ridículos y melodramáticos, y que giran a la par, metidos en el torbellino absurdo de la nada…

Con sólo estos elementos, la obra ya funcionaría por si sola. Pero es que la solución dramatúrgica del doble teatrillo con los dos personajes simétricos que son y no son el mismo, carga el espectáculo de un valor simbólico añadido de sumo interés, al introducir la temática del Doble y de la Dualidad, intrínseca del propio lenguaje de los títeres. Temática que está inscrita en la estructura doble de la obra, y que abre y cierra el espectáculo. Es esta densidad dramatúrgica, planteada de un manera sencilla y en ningún momento pretenciosa, lo que confiere a Melodama un alto grado de interés artístico, filosófico y titiritil, tal como el público asistente pareció captar después de la función, premiando a los actores titiriteros con fuertes y prolongados aplausos.

Si a todo esto le añadimos el humor ingenuo y socarrón de Eugenio Navarro, que impregna de principio a fin toda la obra, la maestría constructora de Martí Doy, autor de los muñecos, y el buen hacer musical, de una funcionalidad impecable, de Matías Torres, no cabe duda que nos hallamos ante una propuesta teatral de primerísima calidad. Lo dicho: no se lo pierdan."

Pues eso: ¡no se lo pierdan!

jueves, 1 de diciembre de 2011

Vasilache y Marioara, los personajes polichinescos de Rumanía


Vasilache y Marioara de Daniel Stanciu
El viaje a Bucarest, además de mi participación en el Festival del Teatro Tandarica con el espectáculo “A Manos Llenas”, debe enmarcarse también dentro del proyecto de mis Rutas de Polichinela, que me lleva por las principales ciudades de Europa en busca de los personajes de los teatros populares de títeres, con la finalidad de relacionarlos con las ciudades de las que son oriundos y ver de qué modo ambos, ciudad y personaje, se explican mútuamente.
En la tradición rumanesa, los personajes son Vasilache y su esposa Marioara (María en rumanés). Personajes que, como suele ocurrir en tantos lugares, han desaparecido prácticamente, pero que siguen viviendo en los inconscientes colectivos de los pueblos y que, en muchas ocasiones, sobreviven o renacen de la mano de titiriteros interesados en ellos.

Daniel Stanciu y su Pinoho
Tuve la suerte en Bucarest de conocer al marionetista que en los últimos tiempos ha recuperado esta tradición y que en el Festival del Teatro Tandarica presentó su trabajo. Se trata del actor, titiritero y director Daniel Stanciu, quién también es profesor de la Universidad nacional de Artes Teatrales y Cinematográficas de Bucarest. Su historia es harto peculiar e ilustra los distintos caminos por los que estos personajes de la tradición pueden renacer un día de sus cenizas y actuar de nuevo por los escenarios del mundo. En el caso de Daniel Stanciu, fue su interés por el personaje lo que provocó que su profesor en la universidad le animara a dedicar su tesis doctoral sobre el tema, con la condición ineludible de juntar la investigación con la práctica, es decir, de crear un espectáculo de Vasilache según los cánones de la tradición. Algo nada fácil, pues en aquel momento prácticamente ya no quedaba ningún titiritero en activo –aunque sí vivo, el señor Mocano– y sólo se podía partir de las descripciones más algunas filmaciones importantísimas del último gran Vasilache, llamado Borţea.

Ya hace años que Daniel Stanciu acabó su tesis (convertida hoy en libro) y que se dedica profesionalmente al teatro, trabajando como actor en el Teatro Tandarica y también como director freelance y con su propia compañía. Pero la labor iniciada con Vasilache sigue vigente, actuando con el personaje siempre que se presenta la ocasión. En realidad, las ocasiones son pocas, por una simple razón: Vasilache, como sus otros primos hermanos diseminados por las ciudades de Europa, no es un espectáculo para niños sino más bien para adultos o, en todo caso, para público mixto, familiar o callejero. Un género, pues, al que no le sobran espectadores.

Su principal especificidad estriba en el diálogo que Vasilache entabla con un personaje exterior, un actor que ejerce de animador  y de hablador –se le llama Sprech, palabra derivada del alemán y que significa narrador– y cuyo cometido es traducir lo que dice Vasilache y ejercer de intermediario con el público. La “traducción” se hace imprescindible a causa del uso de la “lengüeta”, este artilugio que distorsiona y amplifica la voz, pero también la hace más confusa y a menudo incomprensible. Este recurso al actor que interactúa entre el personaje y el público lo he visto también en algunas representaciones del Petrushka ruso, y estoy seguro que sería utilizado en muchos otros casos.

Me va contando Daniel Stanciu todos estos rasgos de Vasilache mientras comemos en un restaurante de comida tradicional rumanesa en el centro histórico de la ciudad. Los ragos son muy parecidos a los de otras tradiciones como el mismo Punch and Judy, pero con particularidades específicas. Los personajes son los siguientes: Vasilache, el héroe respondón y satírico, que se burla de todo y de todos, y su esposa Marioara, con cara de perpetuo mal humor aunque el baile entre ambos es algo que no falla y se repite varias veces; el diablo que en rumanés se llama “Diavol” o “Drac”, el Jendarm (el policía), la Moartea (la muerte), el Cura, el Spiţerul (el doctor) y el Câinele Pàmântului (el perro “que sale de la tierra”). La figura del perro es curiosa y singular, pues hace referencia a un animal que procede de las entrañas de la tierra, como si fuera un ser de la profundidades que surge para llevarse consigo a Vasilache. Ejerce pues en cierto modo de verdadera muerte, pues los espectáculos solían terminar así, con el perro telúrico mordiendo la nariz del héroe y llevándoselo a las profundidades del subsuelo. Algo que Daniel Stanciu ha cambiado, pues nadie entendería un final tan rotundo y, para las mentalidades actuales, ciertamente inexplicable.

Como puede verse, un personaje con unas relaciones complejas con sus colegas de escenario, y que se expresa siempre en directo pero con la ayuda del Sprech que desde fuera interpreta y traduce al público las ocurrencias y los clarividentes disparates del protagonista. Como es lógico, la gracia del texto está en los equívocos y en los juegos de palabras, sobretodo en el doble sentido de muchas de ellas, algo a lo que el Rumano se presta enormemente, según me cuenta Daniel.

Organillo en una calle de Bucarest
El calor del vino y de la comida realzan las imágenes que van surgiendo de las palabras del titiritero rumano, de modo que al salir, sólo esperamos encontrar en la calle a algún fantasma surgido del pasado con su retablo bien puesto en una esquina mientras un animado Sprech, provisto de algún acordeón o tambor, nos obliga a detenernos. El frío nos saca pronto la falsa esperanza, pero la realidad, que siempre supera la ficción, nos sorprende con una imagen que aun sin retablo alguno, podría ejercer perfectamente de reclamo para un espectáculo de Vasilache: un señor con un organillo bautizado Teatrul de Comedia, con dos loros y dos ratoncitos corriendo por su sombrero, parece que nos espera en una placita de la calle peatonal. Lo más curioso es que la música que sale del organillo es la misma que utiliza Daniel para su espectáculo de Vasilache. ¡Fascinante coincidencia! Nos detenemos y charlamos con el artisa callejero, al que le damos unas monedas y posamos junto a su hermoso carrito, con los loros incluídos.

Daniel Stanciu y el señor del organillo, los loros
y los ratoncitos.
El día, después del largo paseo por Bucarest y con Vasilache aun rondando por la cabeza, no podía ser más idóneo para mis Rutas de Polichinela. Ha llegado la hora de despedirnos y Daniel, antes de partir, me ofrece una copia de un video con un reportaje histórico sobre Vasilache narrado por el último titiritero llamado Borţea que lo ejerció. Un regalo que me guardo para rematar esta jornada polichinesca en la noble ciudad de Bucarest. 

Daniel Stanciu y Toni Rumbau en Bucarest

martes, 5 de julio de 2011

Magníficos videos sobre Pulcinella

Me han mandado el enlace de tres magníficos videos sobre el Pulcinella napolitano, con varias entrevistas a maestros como Nunzio Zampella, Giovanni Pino, Bruno Leone, Salvatore Gato u Otelo Sarzio, con imágenes de distintas épocas todas ellas muy interesantes. Un valioso documento que ha puesto en su canal de Youtube Licio Esposito.





miércoles, 15 de junio de 2011

Bruno Leone en el Rinconcillo de Cristobita

Siguiendo con mi empeño de ir mostrando imágenes de mis Rutas de Polichinela, ofrezco este video con algunas escenas de uno de los espectáculos que presentó Bruno Leone en el Rinconcillo de Cristobita. Al final hay una fugaz mención al taller que hizo el maestro napolitano con niños de Valderrubio, cuyos resultados fueron presentados en el patio de la Casa Museo de García Lorca.



domingo, 5 de junio de 2011

El Teatro de Karagöz con Cengiz Ozek

Siguiendo con la publicación de videos sobre la última gira, presento estos dos reportajes sobre el Karagöz de Cengiz Ozek: una imágenes de la representación que hizo en su Centro de Títeres de Estambul durante el Festival de Títeres, y otras sobre la exposición que el mismo Ozek montó en el Centro Cultural Francés, situado al inicio de la calle Istiklal número 4.

Estas imágenes muestran la viveza de una tradición que nació como expresión popular de la vida en las ciudades del Imperio Otomano, en la misma época en que el personaje de Pulcinella se expandía por Europa y con un espíritu muy cercano al de éste. Una tradición que titiriteros como Cengiz Ozek actualizan y mantienen al día, buscando la conexión con el público de hoy.





 

sábado, 4 de junio de 2011

Titelles Vergés, en el Rinconcillo de Cristobica.

Tras regresar de esta larga gira que empezó en Valderrubio, con el Rinconcillo de Cristobica, continuó en Estambul y acabó en el Líbano, he podido encontrar un momento para editar algunas de las imágenes tomadas en video. Iré mostrando los distintos reportajes a medida que se vayan editando. Indicar sólo que estas filmaciones deben considerarse como simples documentos de viaje, a modo de notas visuales de mis Rutas de Polichinela.

Empezaré con el encuentro de titiriteros celebrado en Valderrubio y la presentación que hizo de sus títeres Sebastià Vergés, último miembro en activo de este centenario linaje marionetístico.




miércoles, 26 de enero de 2011

Doblares de campanas en Barcelona: Jardín Umbrío, Arbequina y Don Juan

Aprovecho que las Rutas de Polichinela me apean en Barcelona para acudir a dos citas titiriteras: la del trío Pep Gómez, Andrea Lorenzetti y Pep Pasqual en “Jardín Umbrío” y la de Dora Cantero con “Arbequina”. Aun siendo propuestas muy distintas entre si, coinciden ambas en ser historias de muertos. También en el interés y la calidad de las mismas, lo que viene a corroborar esta impresión comentada con anterioridad, de que Barcelona empieza a destacar como una muy activa capital titiritera: estrenos regulares, espacios dónde se representan títeres, nuevo festival en ciernes en el Pueblo Español… Todo apunta a un renacer que no es de hoy sino que procede del trabajo de jóvenes compañías muy creativas y cada vez más profesionales. No hace mucho asistí también en la Sala Beckett a una representación de "Don Juan, Memoria Amarga" de Miquel Gallardo, que me impresionó por la calidad del espectáculo, y del que hablaré tras comentar los dos primeros.

Jadín Umbrío

Se presentó en el Horiginal –un espacio realmente insólito y activísimo de Barcelona, restaurante y al fondo una sala para presentaciones, jam-sessions, poesia y encuentros filosóficos, que llevan el escultor Ferran García y el poeta Josep Pedrals– el estreno de la nueva obra de Pep Gómez y Andrea Lorenzetti, que llevaba ya un tiempo cocinándose y del que a veces se había presentado algún fragmento suelto. Por fin la obra estaba terminada, y los afortunados que acudimos a la cita tuvimos el privilegio de asistir a una memorable representación, de corte familiar e intimista, en la que las contundentes palabras de Valle-Inclán y de Álvaro Cunqueiro resonaron con fuerza junto a los sonidos de Pep Pasqual, este músico inclasificable y genial, que tanto puede despuntar en un concierto de jazz como saxofonista solista, como en un espectáculo teatral ejerciendo de “pintor sonorista” del mismo.

Inició la sesión el gallego Francisco Borxa –que suele actuar con Lorenzetti en “Os títeres da Via Láctea”– con una queimada acompañada de invocación que pretendía iniciar al público en los mundos ocultos y tenebrosos de la obra que se iba a presentar. Sus palabras retumbaron con fuerza en el espacio del Horiginal y todos quedamos impresionados y satánicamente bendecidos para entrar en los umbrales del más allá.

Luego, con las pinceladas sonoras de Pep Pasqual, que ejercía de músico invisible y discreto junto a los titiriteros, se inició el doblar de campanas de esta obra fúnebre que recoge cuatro de los cuentos con los que Valle-Inclán quiso retratar los ambientes lúgubres de su Galicia natal.

Creo que el gran acierto de la obra radica en la feliz combinación que se ha hecho de los textos de Valle-Inclán y del mundo de ultratumba de Cunqueiro a través de sus Crónicas do Sochantre (1956). La carroza de muertos que lleva a dos cadáveres, uno de ellos con el puñal todavía clavado en la garganta, carroza vista primero en un plano general, y luego en un primer plano interior, por el que vemos a los dos muertos dialogar en gallego mientras se dirigen al cementerio, es un gran hallazgo dramatúrgico de la obra. Su trote macabro y sosegado, cuya cadencia sostiene las conversaciones de los difuntos, hila las cuatro escenas de Valle-Inclán y consigue un distanciamiento irónico y fúnebre, a veces hilarante, como cuando otro muerto al que han incinerado habla sacando chorros de su propia ceniza de la urna.

Historias de curas montaraces y asesinos dubitativos, de brujas poseídas por el demonio y esposas de maridos encarcelados, de máscaras grotescas y fiambres coronados reyes del Carnaval, de bandidos siniestros cuyo capitán se enamora de la mano que acaba de cortar cuando asomaba tras una reja… Un repertorio valle-inclanesco de personajes sombríos y situaciones grotescas que encuentra en las marionetas a sus mejores actores. Las voces de los dos titiriteros acompañan con adecuado tono la obra: la fúnebre y solemne voz de Pep Gómez, y la más juguetona de Andrea Lorenzetti, ambos de dicción atropellada, como corresponde a unos personajes que no hablan en los escenarios de la Academia sino desde las profundidades de la Ultratumba.

La obra está provista de una iluminación tenue y sutil, con una puesta en escena sencilla de corte artesano, es decir, en la que todo está a la vista y en la que caben los errores y los retrasos, pues es voluntad de los titiriteros que así sea, buscando un tono de intimidad mortuoria, la que existe cuando se han abandonado las banalidades del oropel y de la apariencia, y sólo queda lo esencial. La desnudez estilística casa bien con el espresionismo esperpéntico de Valle y con los habitantes del más allá. También la música crea tiempos sutiles, sin grandes pronunciamientos, con pinceladas que sin embargo van marcando los ritmos interiores de la acción, los pesares y las nostalgias de los protagonistas, la mayoría muertos o a punto de estarlo.

Una nueva obra del tándem Gómez-Lorenzetti, que parecen muy compenetrados en su labor, gracias seguramente a un aplomo compartido, el que trae los años en el caso de Pep, y el de quién busca con la tozudez del aprendiz en el caso de Andrea. La vetusta sabiduría de la madurez junto al osado denuedo de la juventud. Unidos también por la voluntad de crear mundos oscuros y fantasmales, reflejos de un tiempo, el actual, que dejó de brillar con el fulgor del oro.

Jardín Umbrío, con una buena continuidad de representaciones que asientan la obra y la aplomen respecto al ritmo, la dicción y otros detalles, puede convertirse en una obra de culto para paladares inquietos.

Arbequina

Dora Cantero es una joven y talentosa titiritera de Murcia que ha decidido instalarse en Barcelona para profundizar en sus indagaciones marionetísticas. La vi en la obra “Guyi, Guyi…”, de Periferia Teatro, un espectáculo logradísimo que no cesa de recoger éxitos, y leí el blog de sus viajes por Japón, dónde acudió para estudiar las tradiciones titiriteras del País del Sol Naciente, que son muchas como todo el mundo sabe.

Presentó en la Casa-Taller de Pepe Otal –cada día más activo y con un público fiel que suele llenar todas sus sesiones, como ocurrió el otro día– su último espectáculo, Arbequina, de creación propia en todos sus componentes, pues está basado en una búsqueda personal de la autora sobre sus antepasados. Importante destacar la presencia de Mina Ledergerber en calidad de música acompañante muy presente en la escena, con su acordeón, clarinete y otros artilugios sonoros. El resultado es una obra entrañable, intimista y poética representada básicamente con objetos y con la misma Dora Cantero como personaje que cuenta la historia de su familia.

El tono, íntimo y personal, sirve de anzuelo para conquistar al público ya desde el inicio, con una entrada muy lograda de aparente espontaneidad, que establece las reglas de juego y una de las temáticas principales de la obra: los miedos y el cómo vencerlos. ¿Cómo?, contándolos. Y eso es lo que hace la actriz de Arbequina, contar sus miedos. Para entenderlos, debe remontarse a sus muertos, un viaje en el tiempo subiendo, o tal vez bajando, por las ramas genealógicas de la familia. La invocación a los ausentes es poética y se consigue a través de los objetos. Recuerdos y objetos que Dora saca de los baúles y los desvanes de su pasado familiar y que “hablan” al tomar vida en las manos de la titiritera. Se convierten en personajes al dejarse poseer por el espíritu de los ancestros invocados. Espeluzna el rostro de la tatarabuela, que parece un cosido de ectoplasma con botones y filamentos rojos, sacado de algún baúl de arcaica brujería. La gravedad de los espíritus y de sus presencias inquietantes se equilibra con la propia interpretación de la actriz, agarrada a la familiaridad con la que se dirige al público, una naturalidad con trampa, pues en realidad es el artificio para dramatizar desde una perspectiva de corte sentimental. Y es en este doble dramatismo, el surgido de la invocación a los muertos, y el creado por el doble diálogo de la actriz con sus muñecos y con el público, dónde a mi parecer reside el secreto del espectáculo y la razón de que acabe embelesando a los espectadores.

El acompañamiento sonoro de Mina, por otra parte, da profundidad y un feliz contrapunto al espectáculo, gracias al tono fesco, desacomplejado, íntimo y a la vez distante, de la genial música suiza, que rompe y contrapesa el lado más sentimental del mundo de los recuerdos. Su voz desgarrada parece surgir de un cabaret alemán de los años veinte y su estilo desenfadado funciona a modo de vacuna y de magnífico apoyo teatral.

Una obra, en definitiva, compleja y profunda que consigue aparentar sencillez e intimidad familiar, y que cala hondo en la imaginación del público. Viendo el espectáculo, pensé en las últimas obras de Mariona Masgrau, que solía recurrir a estos registros ambiguos y personales, de mucho riesgo y valentía. Algo que la de Murcia posee con creces y que augura futuros brillantes.

Don Juan

Fue un placer ir a la Beckett y constatar como la antigua Sala Altermativa, hoy reinventada en Sala dedicada a la nueva dramaturgia, con su Obrador (taller laboratorio) al lado, opta de vez en cuando por programar espectáculos de marionetas. Conozco a su director, Toni Casares, y sé que siempre ha gustado de este género para él extraño, sobretodo cuando se atreve a jugar con texto y propuestas dramatúrgicas arriesgadas.

Miquel Gallardo, que ya sobresalió con su anterior trabajo “L’Avar”, una obra que se sigue representando con éxito por el mundo, ha decidido en esta ocasión lanzarse al ruedo de los solistas, en una obra que requiere un alto voltaje de virtuosismo. Tomó la alternativa y a fe mía que salió airoso de la faena, llevado en ombros por la plaza y con las dos orejas y el rabo.

Su trabajo es impecable, y la versión que han hecho él y Paco Bernal, logradísima. Enfrentarse a Don Juan no es nada fácil, un personaje que de tanto ser tratado, estudiado, interpretado, defendido y vilipendiado, presenta una complejidad de aristas y de enfoques de difícil abordaje. Creo que el texto ha logrado acercarse muy bien a la psicología donjuanesca, sobretodo al recurrir a la vejez del personaje. El triángulo entre los dos monjes, el joven y el viejo, con Don Juan, sirve además para crear una muy buena trama de intriga y drama, el hilo que engarza los diferentes momentos de la obra.

Pero la gracia del espectáculo que dirige María Castillo es, sin duda, que sólo haya un único manipulador, él mismo en el papel de monje joven y a su vez manipulador de las figuras de Don Juan y del otro monje. Aquí reluce el virtuosismo de Gallardo, en el juego escénico y en las voces, parangonable al de maestros como Neville Tranter, sin duda el referente obligatorio. La obra se desarrolla con ascética fluidez, bien dirigida por el disciplinado trabajo del monje joven, a ritmo del doblar de campanas y de las horas del convento. El juego de voces es magnífico, así como las soluciones escénicas, sencillas pero que llenan todo el espacio de la Beckett. Esa transición entre lo exterior y lo subjetivo que permite el teatro de marionetas está aquí perfectamente logrado, con momentos de gran intensidad lírica y emotiva.

La versión ha recurrido a varios autores: Zorrilla, por supuesto, y también a Tirso, Molière y Palau i Fabre. Sin estar, había algo del Estudiante de Salamanca, de Espronceda, especialmente en el final, una obra que trata el tema donjuanesco bajo la figura de Don Félix de Montemar. Pero si en la versión de Gallardo y Bernal la Muerte llega en dulce y liberador abrazo, tan anhelado por el Burlador, a través del inspirado texto de Palau i Fabra, en el Estudiante de Salamanca, la conquista del abrazo final es sorpresa amarga para Don Félix. Cito, a modo de homenaje al personaje y a la obra que tanto me gustó, estos versos finales de Espronceda que dramatizan en negro lo que será su último y eterno concubinato:

Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
de ella apartó su mano Montemar,

y temerario alzándola a su velo,
tirando de él la descubrió la faz.
¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,
¡La esposa al fin que su consorte halló!
Los espectros con júbilo gritaron:
¡Es el esposo de su eterno amor!
Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! ¡Y era
-¡desengaño fatal! ¡triste verdad!-
una sórdida, horrible calavera,
la blanca dama del gallardo andar!...

jueves, 13 de enero de 2011

Actualidad de Polichinelle en Paris

(Philippe Casidanus con su Polichinela)

Recorriendo las Rutas de Polichinela, me encuentro en París dónde las huellas del personaje abundan, no sólo en el pasado de la ciudad, sino también en su presente. Ayer estuve en el teatrillo que Philippe Casidanus tiene en el Parque George Brassens, en el 15ème arrondissement, como se dije aquí. Y la verdad es que fue un placer no sólo ver el espectáculo sino conocerlo a él personalmente. Lo conocí a través de Bruno Leone aunque nunca habíamos coincidido en nuestros caminos titiriteros. Supe así de una historia que proviene de los años ochenta, cuando él y el asturiano José Luís González, titiritero también residente en París desde hace años, heredaron los títeres y el repertorio del lengendario Guentleur, una familia de titiriteros cuyos orígenes se remontan a 1818. Mientras José Luís González (a quién veré este sábado en su teatrillo de los Champs Élysées) se quedó con el personaje de Guignol, Philippe Casidanus se concentró en Polichinelle.

Me enteré así de algo de lo que ya había oído hablar (Didier Passard me lo confirmó en nuestra charla el otro día) sobre como en el siglo XIX Polichinelle fue gradualmente por no decir “drásticamente” substituído por el nuevo personaje de Guignol, nacido ncomo se sabe en Lyon a principios del XIX y cuyo éxito llegó a París cuando en 1930 se instaló aquí un titiritero del sur, salido de Lyon a causa de la enorme competencia que existía allí ya en aquella época ante el éxito de Guignol.

(El Diablo y Polichinela, de P.Casidanus)

Uns substitución que dejó a Polichinelle algo desplazado como personaje de los teatros de títeres pero que siguió viviendo en el imaginario parisino, como lo demuestra la enorme iconografía existente sobre él así como varias obras escritas para ser representado.

El Polichinelle de Philippe Casidanus sigue el repertorio de Guentleur y utiliza los mismos títeres heredados del maestro, unas magníficas tallas de madera que respiran toda la antigüedad y la frescura escénica de los viejos tiempos. Es un Polichinelle amable, incluso educado (no siempre, claro) y poco belicoso, adaptado a los públicos de su teatrillo, que suelen ser niños de corta edad. El uso de la cachiporra está perfectamente medido según el espectáculo se presente en un interior o en el exterior: más suave en el primer caso (los niños pequeños se asustan cuando hay demasiados garrotazos) y más virulento en la calle, dónde los estacazos son casi caricias al lado de los embistes y los ronroneos del tráfico callejero.

(Casidanus en plena manipulación de Guillaume y Polichinela, visto desde el interior del retablo)

De hecho, el personaje principal, aun siendo Polichinelle por rango y nombre, lo es en realidad Guillaume, un niño que protagoniza la mayoría de las historias y que suele ser la mano derecha o el verdadero artífice que resuelve los problemas de Polichinelle. Otros personajes son Monsieur Boulou (que ejerce también de presentador), el Diablo (de color verde con cuernos amarillos), un oso, un cocodrilo, un Policía y un Genio bueno. También está Pierrot en el repertorio aunque no salió este día.

Phlippe hace todas las voces y manipula en solitario dentro de un magnífico teatro propiedad del Ayuntamiento de París (realizado a partir de los planos hechos por el mismo Philippe) que se encuentra instalado en el parque Gorges Brassens, como antes se ha dicho. Pude ver la función por dentro y por fuera, lo que siempre es una delicia y permite conocer al detalle las técnicas y los trucos del titiritero. La generosidad de Philippe Casidanus se extendió luego antes dos copas de vino con una buenísima información que me proporcionó sobre el personaje y su realidad actual.

Supe así que en París hay unos diez teatrillos de títeres instalados en sus parques, la mayoría dedicados al personaje de Guignol, aunque Polichinelle aparece también de vez en cuando. Una situación que proviene en realidad de la época de Napoleón III, cuando se promovieron con entusiasmo los divertimientos callejeros, una tradición que desde entonces se ha mantenido más o menos vigente. Los títeres son quiénes más han persistido en mantenerse fieles a este legado.

miércoles, 5 de enero de 2011

"Más vidas que un gato" de Eugenio Navarro

Ya dije en una anterior entrada que Barcelona se está convirtiendo de nuevo, tras años de dejar de serlo, en una capital titiritera a tener en cuenta. Y lo es básicamente por las creaciones que en ella se realizan, a cargo de titiriteros noveles en unos casos, y de los veteranos en otros.

Y es que toca hablar hoy del último espectáculo creado por el dueño, alma mater y titiritero residente de La Puntual Eugenio Navarro, en conjunción con el también titiritero y reconocido constructor de títeres Martí Doy (afinadísimo, como siempre, en su labor). Su título, "Más vidas que un gato", hace directa referencia a la temática de la obra que no es otra que la lucha por la vida y contra la muerte. Una lucha que los títeres tienen ganada, como es bien sabido, y que los titiriteros no tanto, motivo por el que éstos intentan identificarse con sus héroes de madera, para ver si así consiguen algo de su inmortalidad.

Eugenio Navarro ha conseguido crear con este montaje para un único manipulador -él mismo- y con técnica de guante sobre mesa -su primera experiencia en ella-, una obra hecha a su medida exacta y precisa. Ha contado para ello con la inestimable ayuda de Martí Doy, autor de los títeres, como se ha dicho, y responsable de la dirección escénica. Y no podía ser de otra forma con el personaje de Rinaldo como protagonista, conocido alter ego del titiritero que ya en anteriores espectáculos sacó a relucir en títulos como Trinoceria, Zespión y Caramante.

Rinaldo se ha convertido, especialmente en esta última entrega, en un personaje muy cercano a su autor, una especie de doble con el que dialoga y con el que se siente muy a gusto. La razón es que comparten parecidas actitudes vitales, con opiniones que el títere se permite llevar a sus extremos. Tras ocupar papeles secundarios en el reparto de la compañía de títeres La Fanfarra (mayordomo, presentador, guardián de torres y princesas, y hasta comadrona), Rinaldo se permitió siempre estallidos de euforia e improvisaciones cuando salía al escenario, sorprendiendo al público y a su propio manipulador. Fruto de estas improvisaciones, surgió la personalidad del actual Rinaldo, que Eugenio ha ido refinando con los años hasta llegar a esta última entrega, en la que el personaje alcanza su más lograda quintaesencia.

Lo bueno del espectáculo de Eugenio es que sin salirse del personaje y desde una fidelidad absoluta a su filosofía de vida, los temas clásicos del titiritismo universal se suceden con graciosa y aplomado armonía: una historia de amor mundana y única, la llegada del baby y su educación, la relación con el cónyugue tras el paso de los años, y el enfrentamiento con la inevitable Muerte. Todo lo resuelve Eugenio, quiero decir Rinaldo, aplicando las leyes del mínimo esfuerzo y del más elemental sentido común, pero sin perder el gusto y la ilusión por la vida y los placeres especialmente mundanos. Tal es el secreto de esta obra que equipara a los títeres con los gatos, en cuanto seres que disponen de, como mínimo, siete vidas. ¿Cuántas vidas tiene un títere? Por de pronto, tantas como espectáculos protagoniza. Y eso sin contar los años de estar en el baúl y, si hay suerte, de permanecer expuesto en algún museo. Lo que sumado da ya unas cuantas vidas.

Ante estas realidades ontológicas relativas al tiempo, se entiende que el titiritero quiera aproximarse al máximo a sus criaturas, especialmente a las que se saben mimadas por el guión, el público y el propio titiritero. Rinaldo indica entonces el camino a Eugenio y a los mismos espectadores, los cuales pueden vivir, a través de la representación, la catarsis de enfrentarse al tiempo y a la muerte desde la humildad que proporciona el teatro de títeres.

Creo que Eugenio ha conseguido con "Más vidas que un gato" un espectáculo precioso y refinado, profundamente filosófico y técnicamente sencillo, en el que la ingenuidad del personaje va pareja a su desparpajo y a su humilde genialidad. Un espectáculo hecho a su medida y que, tras el obligatorio rodaje, será como llevar un guante para su único manipulador. Suerte, pues, y muchas vidas para Rinaldo y sus autores.

sábado, 30 de octubre de 2010

Murió Joao Paulo Seara Cardoso

(Joao Paulo Seara Cardoso. Foto de Manuel Roberto)

Malísima noticia: el viernes 29 por la tarde murió en Porto Joao Paulo Seara Cardoso. Director y fundador de la compañía Marionetas do Porto, fue una de las figuras eminentes del titiritismo portugués de los últimos treinta años. Aparte de los múltiples espectáculos que escribió y dirigió con su compañía, Cardoso fue el resucitador de Don Roberto, después de haberlo aprendido del último maestro en activo a finales de setenta, el señor Antonio Dias. Para hablar sobre este tema acudí este último mes de julio a Porto y tuve un largo encuentro con él (ver artículo). Me mostró el viejo teatro donde ahora guardaba sus marionetas, así como el edificio que habían adquirido para instalar en él todo el legado de la compañía y que debería convertirse en el Museu de Marionetas do Porto.

Su muerte interrumpe una de las carreras más interesantes del titiritismo portugués. Hombre bueno y comprometido con las realidades de su tiempo, Cardoso fue un innovador que puso en escena autores como Aquilino Ribeiro, Samuel Becket, Eugene Ionesco, Al Berto, Gregory Motton, William Shakespeare, António José da Silva, Lewis Carrol, A. Milne, Almada Negreiros, Heiner Muller, Marguerite Duras, Alfred Jarry y Luísa Costa Gomes. También fue harto conocido en Portugal por las cuatro series de televisión que dirigió: “A Árvore dos Patafúrdios”, “Os Amigos do Gaspar”, “Mópi” e “No Tempo dos Afonsinhos”.

Mandamos desde aquí nuestro más sentido pésame a sus familiares y compañeros de trabajo. El funeral se realizará mañana, domingo 31 de octubre, a las 14h00, en la iglesia de Cedofeita, en Porto.