viernes, 10 de octubre de 2014

Gioppino y Bérgamo. Luigi Cristini y Daniele Cortesi

Continúa el relato de mi visita a Bérgamo, una deriva de estas Rutas de Polichinela que Bruno Ghislandi me ha permitido realizar, al introducirme al mundo de Gioppino y al conectarme con varios titiriteros que lo practican o lo han practicado. 

Antonia Cristini, con un Drago.
En mi segundo día en Bérgamo, fui conducido a casa de Antonia Cristini, la hija del histórico titiritero Luigi Cristini, quien nos recibió junto a su esposo Angelo Mastinu. Fue una ocasión única e inolvidable de entrar en las entrañas de la sociedad bergamasca –viven en una mansión situada en el ala sur del Castello de San Vigilio, cuyos fundamentos son del siglo VI, y desde donde se contempla desde arriba una panorámica impresionante de la ciudad alta de Bérgamo– y conocer de primera mano una de las colecciones de títeres más valiosas de la tradición local.

Gioppino y Margí, de la colección Cristini.
Títeres en una caja, colección Cristini.
Uno de los objetivos de la vista era devolver los títeres prestados a Bruno Ghislandi para las exposiciones realizadas primero en Tolosa y luego en Lisboa de Rutas de Polichinela, títeres que acababan de llegar recientemente de la capital lusa. Y mientras íbamos desempaquetando uno tras otro los preciosos muñecos, el matrimonio Mastinu nos mostró otras cajas más pequeñas pero llenas también de tesoros: notas de prensa, libritos con los textos que usaba Cristini para sus espectáculos, cuadernos escritos a mano con los “copiones” de las obras representadas, permisos de actuación de los años treinta, carteles de publicidad de la época, y un sinfín de documentos que harían las delicias de cualquier historiador en la materia. Yo me los miré con la curiosidad del ojo profano y cercano que veía en aquellos papeles las huellas plegadas de una vida, comunes a los de cualquier titiritero de oficio. Huellas que esperaban la paciente labor del analista con ganas de rescatarlas del pasado y hacerlas revivir en el presente.

Una edición de la conocida obra Pací Paciana. Fondo de la familia Cristini.
Luego bajamos al piso inferior y fuimos conducidos a un salón donde estaban colgadas en las paredes las joyas titiriteras de la corona: más Gioppinos y otros personajes del repertorio. Para acabar, entramos en una despensa donde además de botellas de vino había un montón de cajas de cartón con el resto de la colección: títeres pero también piezas de atrezzo, tambores, herramientas de batalla cachiporrera y muchos rollos de decorados perfectamente clasificados. 


Panorámica Bérgamo Alta, desde la casa de los señores Mastinu.
Salimos de la casa de los señores Mastinu con la cabeza llena de imágenes, algunas de las cuales, por suerte, pudieron ser fijadas por mi cámara fotográfica. 

Daniele Cortesi

Tras la visita al legado de Cristini, nos dirigimos al comienzo del Valle Brembana (lugar donde la tradición sitúa el nacimiento de Arlequino). Allí, en la localidad de Sorisole, vive Daniele Cortesi y su mujer Teresa, titiriteros considerados hoy como de los más serios y reconocidos de la tradición bergamasca. 

Daniele Cortesi con un Gioppino histórico de su colección privada, obra del afamado escultor Enrico Manzoni, llamado el "Rissolì"
Nos recibieron con la habitual hospitalidad titiritera, a la que se sumaba su curiosidad por recibir a alguien que se interesaba por este arcaísmo tan lleno de vida y de actualidad –y de futuro, como no tardaría en constatar– que es Gioppino. 

Teresa y Daniele Cortesi, con una familia de Gioppinos.
En realidad, nos conocíamos de nombre desde la ‘noche de los tiempos’ –ambos somos viejos titiriteros, aunque yo le gano en años– pero era la primera vez que charlábamos, sobre un tema además que nos interesaba a ambos. 

Diablo de la colección Cortesi
Nada más llegar, fuimos conducidos al reducto más íntimo de la casa, la cocina, allí donde alrededor de una mesa y de unos cuantos cálices de vino, la comunicación encuentra sus mejores cauces.
Dos o tres horas fueron las que pasamos discutiendo y compartiendo opiniones y teorías, todas ellas ciertas y aventuradas, como es propio que ocurra en los que además de pensar, practicamos el arte de los títeres en el día a día de nuestras vidas. 

Daniele Cortesi con el autor de este blog.
Daniele Cortesi es alguien que se ha planteado los qués, porqués, cómos y cuántos de la tradición con apasionada profundidad. Es algo propio en realidad de nuestra época. Cuando hacia los años setenta y ochenta empezaron a aparecer titiriteros interesados en las prácticas tradicionales –Cortesi aprendió el Gioppino con el maestro Benedetto Ravasio–, se rompieron las inercias de antaño cuando el oficio se adquiría en familia o desde la humildad del aprendiz, y los nuevos titiriteros, poseídos por la modernidad y el enfoque cultural y antropológico, además de practicar, se dedicaron también a interrogarse sobre la tradición. 

Hay que decir aquí que Benedetto Ravasio se anticipó a todo ello –era un buen violinista y hombre de estudios–, motivo por el que se le considera como la figura puente entre la práctica tradicional y la posterior a la Segunda Guerra Mundial. 

Giuseppe Garibaldi, títere de la colección histórica de Daniele Cortesi.
Contaba Cortesi sobre la evolución de la Comedia del Arte, que durante la época napoleónica, al quedar prohibida por la nueva mentalidad revolucionaria, se encarnó en el teatro de títeres, dando lugar al nacimiento de nuevos personajes y héroes, más “ciudadanos” que “sirvientes”, por muy humildes que fueran. Para Cortesi, la prohibición de la Comedia del Arte por Napoleón (que sólo implicaba a las personas pero no a los títeres) explica que muchos actores decidieran hacerse titiriteros, para seguir interpretando así las mismas obras sin problemas con la censura.

Pensé al momento que quizás esto explicaría el gran tamaño de las cabezas de muchos de títeres del Novecientos en el norte de Italia: cuanto más parecidas fueran los títeres a los actores, con cabezas casi de tamaño real, mejor podrían interpretar sus roles. 

Arlequino de cabeza grande expuesto en Lisboa, en la exposición Rotas de Polichinelo. Colección Bigio Milesi.
Según Cortesi, los guaratelle (así se llaman a los títeres de la tradición napolitana) eran una forma no únicamente de Nápoles y del sur, sino de toda la Península Itálica. Eran muchas veces los mismos actores de la Comedia del Arte quienes, para atraer público a sus funciones, practicarían el arte más ligero, raudo y efectivo de los guaratelle, que se expresaban con la voz chillona de la lengüeta. Quizás también para atraer público a otras dedicaciones menos artísticas y más prosaicas: vendedores de ungüentos, pociones mágicas o milagrosas, otras atracciones de exhibicionismo extravagante, etc. Por cierto, que esto encaja con los purichinelas que en el siglo XVIII recorrían también la Península Ibérica, según nos ha ido contando Adolfo Ayuso en sus textos y artículos, muchas veces llevados a cabo por compañías italianas, o con  las representaciones de Pulcinella en la Plaza San Marcos de Venecia durante el siglo XVIII, que para Tiépolo eran una pura encarnación del mal gusto y de la decadencia de la República…

Guaratelle de Bruno Leone, exposición Rutas de Polichinela en el TOPIC de Tolosa.
El hecho de que los guaratelle hubieran quedado confinados al sur de Italia, mientras en el norte se imponían los títeres más grandes y habladores (personajes de sofisticadas comedias), se explicaría porque en el sur, dominado por los Borbones, no hubo prohibición alguna de la Comedia del Arte (siendo Nápoles la ciudad donde las máscaras de la Comedia se han venido representando hasta la Modernidad). Para Cortesi, esto explicaría estas transformaciones en la forma y el repertorio de los teatros de títeres del norte, y la aparición de los nuevos personajes. 

Polichinelle. Exposición Rutas de Polichinela en el TOPIC de Tolosa
También aquí ocurre el mismo fenómeno que se vivió en Francia, cuando Guiñol acabó sustituyendo a Polichinelle a lo largo del siglo XIX, relegados los viejos personajes como demasiado próximos al Antiguo Régimen. Insistía Cortesi en el apoyo que la Comedia del Arte recibió siempre de la nobleza: aunque los sirvientes o zanni (Arlequino, Pulcinella, Brighella…) se burlaban de los nobles, seguían siendo criados, sometidos al orden aristocrático.

Daniele Cortesi con su Balanzone.
En el XIX, todo eso cambia. La nueva clase burguesa necesita ridiculizar y desprestigiar a la vieja aristocracia, a la que pretende sustituir, y se proclama la libertad individual y los derechos ciudadanos. De ahí que surjan por toda Europa nuevos personajes, todos ellos sin máscara alguna y con unas prerrogativas hasta entonces impensables: dar cachiporrazos a los poderosos, y muy especialmente a los representantes del Antiguo Régimen. En toda Europa, curas, nobles, doctores, militares y guardas son víctimas de la cachiporra justiciera de los nuevos personajes, expresando con estos gestos la conquista de un nuevo status social. Un ejemplo es la obra “El Marqués de Pombal y los Jesuítas”, en Portugal, donde Don Roberto se dedica a aporrear a los jesuitas lanzándolos a todos al mar.

Daniele Cortesi con su Gioppino.
¿Qué pinta en todo este marco Gioppino? De alguna manera, encarna el orgullo bergamasco: un personaje fuerte, juicioso, provinciano, simple pero inteligente, satisfecho de sí mismo. Usa la cachiporra con arte y contundencia –nadie puede con su fuerza, ni siquiera el Diablo o la Muerte, sus alter egos habituales, pararrayos de sus iras, y cae simpático por sus equívocos y sus juegos de palabras. Exhibe sus tres bocios con orgullo, pues en ellos dice guardar sus reservas de energía, sabiduría y buen juicio. Sólo un defecto luce en su radiografía: su irrenunciable pereza. Odia trabajar y en cuanto puede, se echa a dormir y a roncar. 

Teresa Cortesi con uno de sus títeres históricos.
Curioso que ello ocurra en un contexto como el bargamasco, como fama de ser el pueblo más trabajador, fiel y resistente de toda Italia. Como nos contaban los hermanos Ravasio y Albert Bagno, los Camalli (los portadores y descargadores de los muelles tanto de Venecia como de Génova, nombre que concuerda con el catalán ‘camàlic’, con el mismo significado), eran todos de Bérgamo. Constituían de hecho una comunidad muy organizada cuyas cooperativas han llegado hasta nuestros días, claro que desprovistas de la enorme importancia que tuvieron durante siglos. No cabe duda que Gioppino encarna, en este sentido, la ‘sombra’ o lado oscuro del bergamasco prototipo, sombra que sin embargo es aceptada como algo propio y entrañable, muy querido por el pueblo. Una sana dualidad que explica la autosuficiencia de los habitantes de esta región, que no necesitan espectadores ni reconocimientos externos, pues ellos se bastan al aceptar complejidades interiores contradictorias, que otro pueblos necesitan proyectar al exterior, complicándose de este modo la vida por regla general. 

Plato de polenta con cuchillo de madera. Atrezzo de la colección Cristini. 
Termino aquí el relato de este segundo día en Bérgamo. Extenderse demasiado podría llegar a ser pesado. Quedan las imágenes que he ido intercalando entre los párrafos del texto, que ayudarán al lector a situarse.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Bérgamo: Gioppino, Arlequino y Brighella. Una reserva europea para las tradiciones titiriteras


Ya anuncié en su día que estas Rutas de Polichinela eran un proyecto que estaba destinado a estirarse en el tiempo. Tras la publicación del libro en castellano, catalán y portugués, nuevas oportunidades de conocer otras ciudades y tradiciones han surgido. ¿Y dónde mejor que en Italia podía haber ocurrido? El país de Europa sin duda más rico en patrimonio titiritero con una virtud principal: el alto grado de vitalidad que aquí la tradición posee.

La señora Pina Ravasio con Margi en primer plano, la madre de Gioppino.
Fue Bruno Ghislandi, esencial colaborador en las dos exposiciones de estas Rutas realizadas en el TOPIC de Tolosa y en el Museu da Marioneta de Lisboa (él fue el artífice de la importante presencia de los títeres italianos en las mismas) quién me urgió a conocer las tradiciones aún  vivas del norte de Italia: si el libro tenía que traducirse un día al italiano, sería bueno añadirle unos capítulos dedicados a sus personajes principales. No es ninguna broma: estamos hablando de nombres de la categoría de Arlequino, Brighella, Gioppino, Gianduja o Fagiolino, de una importancia incontestable.

Benedetto Ravasi y su esposa Pina, en una foto histórica del fondo de la familia Ravasio.
De modo que, aprovechando una invitación a Torino para ver la última producción operística con teatro de sombras de Luca Valentino basada en una obra de Alberto Savinio, añadí tres días más para pasarlos en Bérgamo y tener así un primer contacto con estas antiguas pero para mí nuevas realidades. Ghislandi me había prometido un programa de encuentros y visitas que me ayudarían a romper el hielo de mi ignorancia y a empezar a situarme en la región. Una promesa, que a los dos días de mi llegada, sólo puedo decir que cumplió a rajatabla y con creces subidas. 

Sergio Ravasio,. presidente de la Fundación Benedetto Ravasio, con los títeres de la familia.
En efecto, nada más llegar, fui conducido a una de las mecas de la tradición bergamasca, nada más y nada menos que en casa de la señora Pina (Giuseppina) Cazzaniga, en la aldea de Bonate Sotto, titiritera compañera y viuda de Benedetto Ravasio (1915-1990), considerado como uno de los titiriteros más importantes de la tradición en el siglo XX y la persona que hizo de puente entre las antiguas máscaras de Bérgamo (anteriores a los años treinta) y las versiones más actualizadas que han llegado hasta hoy. Nos atendió la misma Pina Cazzaniga en compañía de Sergio Ravasio, director de la Fundación Benedetto Ravasio, y su hermano Gianmaria. Hay que decir que al morir el señor Benedetto, su mujer y sus hijos decidieron crear una Fundación, llamada Benedetto Ravasio, alimentada con la importante colección de títeres, objetos y documentos antiguos de la familia, con la finalidad de promover desde ella la tradición titiritera bergamesca pero también las de toda Italia y del resto de Europa. Bruno Ghislandi trabaja desde hace años estrechamente asociado a la Fundación, encargándose del desarrollo de sus múltiples programas y festivales.

Pina Ravasio con Gioppino.
Quedé impresionado de la energía y la vitalidad de Pina Ravasio, de 97 años de edad, que con tremenda ilusión me fue enseñando a sus queridas criaturas, unos segundos hijos para ella. Fue un despliegue de títeres de talla de madera y de un peso más que considerable, que la señora Pina levantaba de vez en cuando con el brazo en alto como si fueran de corcho. Pero lo más impresionante fue escucharla recitar largos fragmentos de algunas de las obras más importantes, como el Fornaretto de Venecia, o el famoso Pací Paciana, obras de alta densidad dramática, cuyas distintas voces se iban alternando con una dicción clara, fuerte y de altos vuelos teatrales. La intensidad y el fuego que vi en aquella señora de 97 años me hizo pensar que realmente me encontraba frente a una tradición más que poderosa. 

Bruno Ghislandi con los títeres de la familia Ravasio.
Sobre el sofá reposaba una selección de los muchos títeres que guarda la familia. Estaban los principales personajes de la tradición bergamesca: Arlequino, nacido en el valle Brembana, Briguella, de Bérgamo Alta (ambos personajes del s.XVI, dos zanni de la Comedia del Arte) y Gioppino, nacido en Zanica, una aldea cercana a Bérgamo, ya en el siglo XIX. La señora Pina los amaba a todos como no cesaba de afirmar, pero cuando tenía a Gioppino en sus manos, uno comprendía que este curioso personaje con tres bocios en la garganta era el preferido. 

Pina Ravasio con Arlequino.
Y con esta declarada preferencia, la veterana titiritera de Bonate Sotto no hacía más que indicarme una realidad incontestable: el cariño y la estima que todos los habitantes de Bérgamo sienten por Gioppino, una ‘máscara’ (como dicen los italianos, aunque en verdad no lleva ninguna, de máscara, como es propio de los personajes nacidos tras la Revolución Francesa) que es la preferida tanto de la gente culta como de la popular, que ven en ella a alguien entrañable que los representa , a pesar de su triple exacerbación tiroidea y de otras características no siempre ejemplares, como más adelante indicaremos. 

La señora Pina Ravasio con Gioppino y Brighella en brazos.
Debo decir que hacía tiempo que conocía a Gioppino, sin llegar a entenderlo nunca, pues el exotismo de sus tres bocios era para mí algo tan estrafalario como incomprensible. ¿Cómo alguien con esta deformación física puede ser un héroe popular? ¿Se trata acaso de sadismo o quizás de un masoquismo popular de extrañas raíces locales? Preguntas que sólo podían tener respuesta si me acercaba a su propio terreno, es decir, viniendo a Bérgamo y enfrentándome cara a cara con el personaje.

Benedetto y Pina Ravasio en una foto histórica de la familia.
Y he aquí que lo tenía enfrente, festejado por la señora Pina con la aprobación de sus dos hijos presentes, que no ocultaban sentir el mismo cariño. Me lo dejaron probar, y mientras sostenía aquel títere de madera de un peso considerable cuya manipulación requería algo más que una buena técnica, me preguntaba cuáles serían sus misterios y sus secretos por desvelar. Era como si la clásica máscara de los viejos personajes de la Comedia del Arte se hubiera deslizado hasta el cuello, adoptando la forma de esos extraños tres bultos –las tres ‘patatas’ como el mismo Gioppino las llama muchas veces– quizás para ocultar realidades aún más secretas, las que tienen que ver con las idiosincrasias de un pueblo, el bergamasco, conocido por su hermetismo y por sus modos reservados y prudentes de ser, o quizás para esconder los secretos de una voz que tiene en los tres bocios tres cajas misteriosas de resonancia… 

Collage de fotos históricas con benedetto Ravasio.
Pronto lo sabría. Vi a Sergio Ravasio alzar a Gioppino y mostrarme su peculiar modo de caminar. Se notaba que, aun sin ser titiritero, conocía el oficio desde niño: con un ligero movimiento de brazo y codo, consiguió que el títere caminara con una gracia exquisita, elegante y divertida a la vez, y profundamente peculiar. 

El autor de este blog c on Pina y Sergio Ravasio.
Poco a poco me iban soltando algunas de sus características. Pueblerino de origen, simple en sus conocimientos, habla con el dialéctico local, pues uno de los principales rasgos de Gioppino es jugar con los equívocos: doble sentido de las palabras y deducciones disparatadas, que confunden a sus adversarios y hacen partir de risa al público. Otro rasgo es su fuerza física: algo bruto pero que sabe usar el bastón para repartir leña y justicia, la suya. Curiosamente, y a diferencia del prototipo bergamesco, que tiene fama de trabajador resistente e infatigable, Gioppino es perezoso y siempre encuentra excusas para no trabajar. ¡Caramba, me dije, aquí hay algo interesante donde indagar! Un héroe que encarna unas virtudes contrarias a las defendidas por la población. Esto tiene un claro sentido de proyección liberadora.

Bajo el palacio Comunale en Piazza Vecchia.
Por la tarde fuimos a la Piazza Vecchia, en Bérgamo Alta –la ciudad tiene una zona baja y otra alta, donde se encuentra su parte histórica más monumental y vistosa– y tuve así una primera impresión de las bellezas ocultas de esta ciudad que ha sido una de las últimas en Italia en sumarse al jolgorio turístico. Es como si sus habitantes se hubieran resistido a publicitar sus bellezas, que ellos prefieren gozar a solas, sin que nadie busque un reconocimiento que mismos autóctonos ya se otorgan. 

Souvenirs titiriteros en una tienda de Bérgamo.
Vi una discreta –aunque no ausente– presencia de turistas en las calles, lo que indicaba que pese a tanta discreción, esta rica plaga sociológica de la modernidad estaba bien asentada en la ciudad. No vi un uso exacerbado de las riquezas locales en el merchandising de las tiendas de souvenirs, lo que confirmaba este decoro púdico de sus habitantes. Unas calles, las de Bérgamo Alta, que me recordaron las de la vieja Tarragona, ubicadas sobre los yacimientos romanos de Tarraco. 

Gioppino en un escaparate de un restaurante de Bérgamo.
Por cierto, que estuve buscando rastros de Gioppino en la iconografía comercial de tiendas y escaparates, y los encontré aunque escasos: un ‘magneto’, un dibujo de las tres máscaras Arlequino, Brighella y Gioppino sobre un pequeño trozo de cerámica, y, en el escaparate de un restaurante, varias imágenes del personaje. Escasa presencia, pero constatable, lo que era un indicio de la popularidad íntima del personaje a nivel de calle. 

De izquierda a derecha, Gianmaria Ravasio, Albert Bagno, Bruno Ghislandi y Sergio Ravasio, en Piazza Vecchia.

Se sumó al grupo formado por Sergio y Gianmaria Ravasio, Bruno Ghislando y yo, el titiritero francés pero residente en Italia (en Calolziocorte concretamente, provincia de Lecco, no lejos de Bérgamo), Albert Bagno, un buen amigo con el que me vengo encontrando por distintas latitudes desde ‘la noche de los tiempos’ –la última ocasión fue en el Congreso de Unima de Chengdu, en China. Bagno es un enamorado de Gioppino –en China acudió con el personaje, vestido él mismo con sus ropas típicas. 

Albert Bagno, con Gioppino y disfrazado de Gioppino en Chengdu, China.
Y mientras era introducido en los arcanos de la cocina bergamesca –donde la polenta tiene un lugar de honor, bien acompañada con un buen cálice de vino rosso–, charlamos los allí presentes sobre Bérgamo, sobre Gioppino y sobre la buena o mala salud que hoy en día tienen las tradiciones europeas de los títeres. 

El Fornaretto de Venecia, fondo familia Ravasio.
Imposible reproducir la intensidad de los intercambios y las discusiones de la noche, que el verbo vehemente de Bagno hizo subir hacia niveles discursivos de alturas alpinas. Una frase sí me quedó grabada: “Gioppino es el gran desconocido de la tradición europea de los títeres”. La dijo Bagno y creo que dio efectivamente en el clavo. 

Gioppino con moro, títeres familia Ravasio.
Con los artículos que seguirán al presente, dedicados a testificar los encuentros con la hija del histórico titiritero Luigi Cristini, la señora Antonia Cristini y su marido Angelo Mastinu, con Danielle Cortesi y su compañera Teresa, con los fondos titiriteros del Museo del Falegname de Tino Sana, la actuación vista allí de Pietro Roncelli y la comida en el restaurante de la familia de Bigio Milesi en San Pellegrino Terme, en compañía de la hija del maestro y de los miembros de la Asociación Ol Giopí de Sanga (El Gioppino de Zanica), que han creado una compañía con el mismo nombre (el programa urdido por Bruno Ghislandi, artífice de este viaje, fue realmente exhaustivo), intentaré remediar este desconocimiento que la frase de Bagno puso sobre la mesa.

jueves, 7 de agosto de 2014

La Feria de Ladra, el Museo Militar, los tranvías y una noche de fados en Lisboa

Títeres y ciudades son el objeto declarado de estas Rutas. Unas veces, se imponen los títeres, y en otras, las ciudades. Habiendo sido Lisboa escenario de mis andanzas titiriteras durante todo el mes de julio, es lógico que exija una atención, que gustoso le otorgo. No es la primera vez que ello ocurre y tampoco será la última.


Nos detendremos en este artículo en algunos detalles. Objetos, imágenes y momentos, que distribuimos en unos cuantos escenarios. Cualquier ciudad los tiene a montones. Pero si importa detenernos en ellos, es para interrogarlos.  En ocasiones la ciudad habla claro. En este sentido, Lisboa es una ciudad parlanchina que habla a través de sus poros y de sus muchas superposiciones, lógicas al existir tantos desniveles.

Feria de Ladra.

Su significado tiene gancho: la Feria de la Ladrona. Nos lanza a bocajarro el lado oscuro que cualquier mercado de viejo esconde en sus entrañas. Antiguamente era así: un lugar donde ventilar lo que se adquiría de modo turbio. Pero la actualidad es fiel a sus raíces: ¿acaso lo que se compra y se vende tras desahucios, ruinas o defunciones, no transcurre en los márgenes sociales de lo legal y lo cotidiano? En una época económicamente dura como la de hoy en el sur de Europa, la Feria de Ladra muestra, con descarnada objetividad, las entrañas abiertas en canal de la sociedad lisboeta. 


Los objetos aquí nos hablan de historias íntimas, sentimentales unas veces, dramáticas otras. Carencias, ruinas, mensajes crípticos, secretos fosilizados, embrujos, viejos esplendores, amores, grandes lecciones de Historia y Geografía, y perfiles humanos apenas esbozados. La canción por excelencia de la ciudad casa perfectamente con la música de estos objetos: el fado. 

A veces las composiciones, a modo de collages realizados con los objetos, constituyen verdaderas obras de arte de autoría anónima, que el observador debe encuadrar con la mirada –o con la cámara fotográfica– para poder apreciar su belleza. Son relatos fragmentados de narraciones de tiempos largos –los tiempos distintos que cada objeto encarna– que exigen asimismo observaciones sin prisa, para dejar que se desgajen sus múltuiples significados.

Pero los tapices que los vendedores despliegan y llenan de todo tipo de objetos, enseres y cachivaches, son también verdaderas radiografías del país y de sus sociedades. Como en toda la Europa del Sur, también aquí las clases medias, cada día más desclasadas, se desprenden con melancolía de propiedades y pertenencias. 

Quería mencionar en este punto la fiesta alegre y melancólica de cierre de la casa de los abuelos de mi amiga Ana Lisboa, en la Avenida da Libertade, junto a los Restauradores, que me pareció un homenaje y una despedida a una época que se acaba. Un magnífico piso ya vacío en un edificio cerrado y a punto de ser demolido, para construir en su lugar algún hotel o algún complejo de marcas multinacionales. Las habitaciones, todas vacías, contuvieron en su día muebles valiosos y vidas intensas de las de antes: sus abuelos fueron músicos, y sus padres cantantes de ópera. Hoy, ya sólo queda el viejo piano de cola, a modo de testimonio de otras épocas. ¿A dónde fueron los objetos que llenaban la casa? Quizás algunos de ellos se exhiben mezclados entre los enseres que llenan los tapices en el suelo de la Feria de Ladra…


Imágenes de la casa de los abuelos de Ana Lisboa.
Pero en el ecosistema planetario, todo se retroalimenta. Lo que pierden las familias en una ciudad, se recicla y se exhibe en hogares de otras clases medias, locales o foráneas, las pudientes o en estado de emergencia del planeta. Como ocurre con la energía, lo que muere y se destruye sobrevive bajo otras formas y significados en el equilibrio mercantil del mundo. Y así, lo que para unos es viejo recuerdo de los abuelos, entrañable posesión de un relato familiar, para otros es excentricidad singular de bajo coste pescada al vuelo. Los caídos residuos se convierten entonces en nuevos tesoros, expuestos con orgullo en casas y vitrinas por quienes los han encontrado y comprado. 



Los tiempos así se suceden y se superponen, lo nuevo substituye a lo viejo, y en lo esencial pocas cosas cambian. Interesante que los relatos de las jóvenes generaciones se escriban con elementos reciclados de las viejas. O quizás lo nuevo no sea más que un poco de lo viejo algo más gastado, condenados todos a esa espiral de banalización a la que la época actual nos tiene condenados…


El Museo Militar.

No es poca broma. Se trata del museo más antiguo de Lisboa, iniciado en 1842 en el Arsenal Real del Ejército, con el objetivo de guardar los “modelos de máquinas, aparejos y objetos raros y curiosos”.  Se llamó al principio Museo de Artillería, hasta que en 1926 cambió por su actual nombre. 

 
Pequeño cañón "obús" con adorno chino del s.XVIII. Museo Militar de Lisboa.
Vale la pena visitarlo. ¿Cómo entender, sino, a este país pequeño y longevo que supo construir un imperio cuyos territorios más se asemejaban a una estiradísima tela de araña que a cualquier otra cosa?

Bombarda grossa "Peça de Malaca", India, s.XVI. Museo Militar.
Centenares de puertos de amarre a lo largo de miles de kilómetros de costa a través de todos los mares: el Atlántico, el Índico, el Pacífico… ¿Adónde no llegaron los navegantes portugueses? Descubridores de rutas y tierras, suyas son las épicas de la primera globalización del planeta. Camoens, a través del poema épico Os Lusíades, cantó estas epopeyas con elevada inspiración. 

Cañón fundido en Goa, s.XVI. Museo Militar.
Por eso la visita al museo Militar debe ir acompañado de la del Museo de la Marina, situado al otro lado de la ciudad, también mirando al Tejo, que ocupa una de las alas –la occidental– del Monasterio de los Jerónimos. Y, si me apuran, con la del Museo de Oriente, ya comentado en este blog. Los dos primeros tienen una enorme ventaja frente a los demás museos de la ciudad: están prácticamente vacíos. Parece que a los turistas no les importan demasiado estos aspectos de la cultura portuguesa relacionados con los dioses Marte y Mercurio. ¿Y qué mayor lujo y placer podemos esperar de una ciudad que visitar sus museos sin que nadie nos importune, con todo el espacio –que es tiempo– por delante?

Caballero con lanza. Museo Militar.
Nos asombramos así al descubrir una presencia de la figuración humana mucho mayor de la esperada, como esos cañones hechos en la India con caras incrustadas, o esas estatuas que parecen salir de los libros de caballería o de alguna Máquina Real del siglo XVII y XVIII.

Patio del Museo Militar de Lisboa.
El mundo de las miniaturas también está representado en estos museos, a través de sus múltiples maquetas, verdaderas maravillas que representan los medios de transporte utilizados, carabelas, galeones, fragatas, o las sofisticadas armas de épocas anteriores. 

Nave 'tafoeira', utilizada para el transporte de caballos y también como navío de guerra. Siglos XV y XVI. Museu da Marinha de Lisboa.

Una larga historia de viajes que duraban años o incluso vidas enteras. En escenarios impensables y a distancias mayúsculas. El espíritu navegante y descubridor del portugués denota altas dosis de curiosidad además de los afanes clásicos de conquista y enriquecimiento. Pero mantener esta red de enclaves, puertos y ciudades requería una eficaz presencia militar capaz de actuar con suficiente celeridad. De ahí el interés en conocer algunos de los pormenores de estas necesidades perentorias. 

Esas viejas cafeteras.

Así los definió un amigo mío, impresionado por la mole metálica de estos ancianos del transporte moderno sobre vías. Me refiero a los tranvías. Todavía aguantan, sin que el paso de los años les prive de movimiento. Muy al contrario, se mueven como diablos juveniles por las calles de la ciudad. Uno de los iconos más logrados y redondos de Lisboa. 


Cuando se paran, son pesos muertos relajados en absoluto silencio. Luego, arrancan con un despliegue de sonoridad alegre y tronante, de hierros que chirrían y timbres que anuncian el paso de su imponente tonelaje. Su música me traslada a la Barcelona de mi infancia, cuando bajo el balcón de casa pasaban los tranvías a todas horas. 

Su exotismo se vende muy bien en el mercado turístico y, para martirio de los lugareños, son tomados al asalto por los turistas que los ocupan sin pudor alguno. Para ellos, son un precioso anacronismo, una diversión. Me cuentan que en algunas ocasiones, para satisfacer la demanda de los imponentes cruceros que atracan en los muelles del Tajo, prácticamente todas las unidades existentes son alquiladas para pasear a sus clientes. 


Viejas cafeteras, artefactos pasados de moda e inviables, para unos. No para mí. Pero además, emblema y negocio redondo, de los que cunden como lluvia fina para la ciudad.
Su rodar por las vías de las calles empinadas de Lisboa escribe un tiempo “al ralentí”, ese que todos buscamos, pero que las ciudades modernas se empeñan en negar. Que hayan pervivido aquí denota no pocas dosis de inteligencia estratégica –aunque hayan sido más la suerte y la desidia las verdaderas causas de este logro, supongo.

Sería bueno ampliar las rutas, aprovechando que todavía quedan muchas vías hoy en desuso, e importar los viejos cacharros que las avanzadas ciudades europeas se han desprendido mandándolos al cubo de basura de la historia. Un parque móvil dominado por los viejos tranvías aliviaría el tráfico y aumentaría aún más el interés de la ciudad. 

Objetos de un teatro locomotor, los tranvías son pequeños escenarios rodantes de algo que se escapa del tiempo. No es tiempo pasado, pero tampoco es el que huye sin dejarse aprehender. Tiempo de carromato mecánico, de caballos de potencia eléctrica que se dejan cabalgar por la ciudadanía. Son también uno de los actores de mayor éxito en esta ciudad teatro en la que Lisboa busca convertirse. 


Una maldición, dirán unos. El signo de los tiempos, dirán otros. Hoy, las ciudades del mundo compiten ferozmente para ofrecerse en el pujante negocio turístico. El verdadero éxito sería hacer compatible el teatro con una vida digna en la ciudad. Pues, ¿a quién puede interesar una ciudad que sólo sirve a los turistas? Las modas cambian, y la calidad de vida es lo que acaba por imponerse. No me cabe la menor duda de que conseguirlo será, en el futuro, el mayor y verdadero logro de las ciudades que quieran seguir importando en el mundo. 

El Clube do Fado.

Pasé mi última noche en Lisboa en una casa de fados. La razón es que me gustan, seguramente porque pertenezco a una generación sentimental y démodée en los gustos. Algunos ignoran cuando no detestan este género de la canción portuguesa que cualifican de rancia, impostada y “típico”. A mí me gusta exactamente por las mismas razones, interesado como estoy en descubrir diferencias y singularidades entre las distintas culturas y ciudades de la Península.

El Clube do Fado se distingue de los demás locales de Lisboa por la variedad de los cantantes –cuatro por regla general cada noche– que van cambiando semana tras semana. Y también por la calidad asegurada de los mismos. Hay matices, como es lógico y bueno, pero me sorprendió el nivel de las voces y de los instrumentistas, de un gran virtuosismo. Otra característica del Clube es que incorporan un contrabajo, cuando lo habitual es que sólo haya viola y guitarra portuguesa. Acentuar los bajos da mayor gravedad a las letras: ayuda a puntuar los dramas y lo jocoso.


Es fácil teorizar sobre el Fado y el recurso a la Saudade, un tema muy manido cuando se habla de lo portugués. Pero como ocurre con las artes vivas de la música y de la voz humana, lo viejo y lo tópico vibran con vida nueva, a modo de regreso a los orígenes, en la verdad catártica del presente de su ejecución.

Pocas veces he visto los conceptos sentimentales de la Saudade tan bien encarnados como los vi y sentí en la voz de la cantante Cristiana Águas o, en lo que fue una agradable sorpresa de la noche, al menos para mí, en la voz de Henrique Leitão, el músico encargado de tocar la guitarra portuguesa aquella noche en el Clube do Fado. Su dominio del instrumento y de la voz, acompañándose él mismo en comunión con Pedro Punhal en la viola y Paulo Paz en el contrabajo, fue deslumbrante.


Quizás lo que tanto me atrae del fado sea esta mezcla de voz popular e incluso a veces barriobajera de la gente humilde de los barrios de Lisboa, que sin embargo se viste de impostación elegante y de distancia. El resultado es un registro que no duda en dejarse llevar por los arrebatos de la sentimentalidad más exacerbada para, acto seguido, pasar a la ironía de quien sabe que está jugando a la impostación y al desclase de las formas y los contenidos. Música, pues, para la catarsis sentimental, la distancia elegante y la ironía inteligente.