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viernes, 14 de febrero de 2014

Visita titiritera a la Aljafería de Zaragoza

Retomo al relato del viaje realizado a Zaragoza en ocasión de asistir a una de las representaciones del Belén de Laguardia, y que culminó con un interesante paseo por la capital aragonesa. Interesante porque además de todo lo que vimos y fabulamos en nuestro recorrido por la zona del Pilar (vean el artículo aquí; sobre la visita al Belén de Laguardia, vean aquí el artículo enTiteresante), al final lo coronamos con la visita al Palacio de La Aljafería.

El hecho de que fuéramos, Adolfo y yo, en compañía de Enrique Lanz y Yanisbel V.Martínez, de la compañía Etcétera que estos años últimos han puesto en escena una de las mejores versiones jamás vista de la ópera de Falla "El Retablo de Maese Pedro", daba a la visita un interés añadido, pues ellos todavía no habían visto la torre del Castillo de la Aljafería, escenario principal de esta sin par historia.

La Torre de la Aljafería
El lugar es, en efecto, relevante desde el punto de vista de la historia y de la mitología de los títeres, al ser aquí donde Cervantes situó parte del episodio del Retablo de Maese Pedro. Es en esta torre donde la princesa Melisendra, esposa de Don Gaiferos, se halla cautiva en el castillo del rey Moro Marsilio, que no es otra que la mismísima torre del Palacio de la Aljafería, hoy bellamente restaurada. Dice Cervantes en el Capítulo XXVI de la Segunda Parte del Quijote, en boca del Trujamán:

"—Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las crónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza..."

La Aljafería con la Torre a la derecha.
La torre adquiere una gran presencia poco después, cuando se dice:

"... Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama que en aquel balcón parece vestida a lo moro es la sin par Melisendra, que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No ven aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir y a limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. ..."

Melisendra en la torre, en la versión del Retablo de Etcétera. Foto de Enrique Lanz..

Don Gaiferos llega a Zaragoza y consigue salvar a la Princesa, no sin ciertos percances harto inconvenientes. Demos la palabra al genial novelista de Alcalá de Henares:

"...Basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y más ahora que vemos se descuelga del balcón para ponerse en las ancas del caballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos y, sin mirar si se rasgará o no el rico faldellín, ase della y mal su grado la hace bajar al suelo y luego de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, ..."

Ilustración de Gustavo Doré del episodio del Retablo.
El final de la historia es harto conocido, pero ya que estamos puestos a citar, bien vale la pena releer el momento en que Don Quijote interviene y participa activamente en la persecución y batalla:

"Y el muchacho dijo:
—Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espetáculo.

Melisendra huye con Don Gaiferos, en la versión del Retablo de Etcétera. Foto de Enrique Lanz.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:
—No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

Ilustración de Gustavo Doré del episodio del Retablo.
—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda." ...
Emocionante fragmento tantas veces citado y que ha dado pie a tantas versiones sobre el episodio, como lo ha sido la famosa ópera de Falla.
Era importante, pues, peregrinar al escenario de los hechos y ver en qué se había convertido el Castillo de la Aljafería citado por Cervantes.

El Salón del Trono y belleza del complejo.


De entrada, decir que el impresionante conjunto monumental contiene muchas más maravillas de las que uno puede imaginar. Una parte del mismo acoge hoy a Las Cortes de Aragón, como si los políticos actuales quisieran estar muy cerca del antiguo Palacio de los Reyes de la Corona de Aragón, centro de su antiguo poder. Deben pensar los gobernantes aragoneses: "en el supuesto imposible y no deseado de que Aragón recupere algún día sus libertades, mejor estar en el lugar correcto". Pues si se dice que el hábito hace al monje, bien puede decirse que el trono y toda su palacería hacen al rey.

Vista general de la Aljafería.

Tienen así los gobernantes a su disposición lugares como el Salón del Trono para ceremonias protocolarias de altos vuelos. Un lugar realmente impactante por su belleza y que además guarda en su memoria histórica uno de los más insólitos episodios titiriteros, tan cercano por otra parte al mundo de la Caballería Andante del Manchego Don Quijote. Según me contó con lujo de detalles Adolfo Ayuso (principal impulsor de la operación, por lo visto,a través de la asociación Expedición Teatral), tuvo lugar aquí el 23 de enero del año 2003 una actuación de ese otro hidalgo manchego, marino y titiritero de vocación y de oficio, llamado Pepe Otal, quién presentó en el fastuoso salón una versión musical y con títeres de guante de su Rigoletto, con acompañamiento musical de piano y voces líricas (barítono, tenor y soprano) cantando algunas de las principales arias.
La Sala del Trono donde tuvo lugar la representación de Pepe Otal.

Un evento al que acudieron las más altas autoridades de la región, militares incluidas,  y que fue acto de verdadera justicia histórica, al homenajear a través del también manchego y caballero andante Otal al otro manchego hidalgo e ilustre que dio fama inmortal a la torre de Melisendra, hoy lugar de peregrinación tanto cervantina como titiritera.

Adolfo Ayuso presenta el espectáculo de Pepe Otal en la Aljafería.
Un momento de la función de Otal, con Rigoletto en el escenario.
Pero lo que más me sorprendió del actual Palacio de la Aljafería es el refinamiento de su estructura árabe, ricamente restaurada en los últimos años y abierta al público, que otorga al conjunto unas dimensiones de exquisitez arquitectónica de altísima categoría. Un sincero reconocimiento al pasado moro de Zaragoza y de su reino, cuya importancia ha sido curiosamente desdeñada por la historia, que sólo se fija en Córdoba, olvidándose de cuán poderoso y grande fue entre los siglos IX y XI, especialmente durante la época de los Taifas. Leemos en  Wikipedia lo siguiente sobre estos períodos tan poco conocidos de la Historia de Aragón: 

Entrada de la Aljafería.
"La Aljafería es un palacio fortificado construido en Zaragoza en la segunda mitad del siglo XI por iniciativa de Al-Muqtadir como residencia de los reyes hudíes de Saraqusta. Este palacio de recreo (llamado entonces «Qasr al-Surur» o Palacio de la Alegría) refleja el esplendor alcanzado por el reino taifa en el periodo de su máximo apogeo político y cultural.

Algunas imágenes del interior de la Aljafería.
Su importancia radica en que es el único testimonio conservado de un gran edificio de la arquitectura islámica-hispana de la época de las Taifas. De modo que, si se conserva un magnífico ejemplo del Califato de Córdoba, su Mezquita (siglo X), y otro del canto de cisne de la cultura islámica en Al-Ándalus, del siglo XIV, La Alhambra de Granada, se debe incluir en la tríada de la arquitectura hispano-musulmana La Aljafería de Zaragoza (siglo XI) como muestra de las realizaciones del arte taifa, época intermedia de reinos independientes anterior a la llegada de los almorávides

La Península Ibérica en 1037, durante los Reinos de Taifas.

Los restos mudéjares del palacio de la Aljafería fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 como parte del conjunto «Arquitectura mudéjar de Aragón» ".
¡Impactante!

Subida a la Torre. Entre Melisendra e Il Trovatore .
Proseguimos la visita. Los itinerarios obligatorios del palacio taifal acababan confluyendo en la torre del castillo, la parte más antigua del conjunto monumental, hoy magníficamente restaurada. Vimos emocionados un pozo, antiquísimo, en el que sin duda saciaría su sed la prisionera Melisendra así como los moros que la custodiaban y el no menos importante rey Marsilio que se la guardaba para sí, hasta que vino Don Gaiferos y se la arrebató en heroica hazaña. El pozo, de curiosa estructura, parecía encerrar un sinfín de  secretos de la historia: sus susurros nos llegaban nítidos mientras escrutábamos el fondo, carente de agua y acristalado. 

El pozo.
 Banderas y escudos de la Corona de Aragón jaleaban la subida a la torre, hoy ya sin temor ni pudor alguno, aunque sus poderes reales fueran hartamente menguados por los borbones. Por fin alcanzamos el último piso. Tuvimos que esperar y casi hacer cola, tal era el número de visitantes que entraban y salían por la estrecha puerta. Yo estaba sorprendido de que hubiera tal devoción cervantina, cuando de pronto vimos a uno de los guías accionar un pequeño aparato sonoro, del que salió un chorro de música de Verdi: ¡"Il Trovatore"!

Entrada al interior de la Torre.
Con tanto fervor titiritero, nos habíamos olvidado del verdadero nombre popular de la torre y por la que es conocida no sólo en Zaragoza sino en el mundo entero: ¡la Torre del Trovatore! En efecto, es en la Aljafería donde Antonio García Gutiérrez, el autor romántico de una de las obras más famosas del teatro español de la época, "El Trovador" (de 1836), sitúa la acción de su drama, y es en la torre donde el vil Antonio de Artal encierra a su hermano Manrique. Drama que Verdi convirtió en una de las óperas más famosas del repertorio, Il Trovatore (estrenada en 1853). La peregrinación del público que acudía con los guías y las súbitas arias era pues operística.
Aquella doble mitología daba todavía más empaque a la torre, llena en aquel momento de público. Dejamos pasar al grupo y finalmente entramos con unos pocos parroquianos más. La música de Verdi seguía resonando en nuestros oídos, pero poco a poco se impusieron las viejas trompetas y dulzainas, más los atabales y atambores que resuenan entre las páginas del Quijote. Comprendí que a mis colegas Enrique y Yanisbel, empapados como están de la música del Retablo de Falla, les sonarían más las notas del compositor gaditano que las dulzainas y trompetas.  Entonces descubrimos la ventana. Sin duda era aquí donde Melisendra se sentaba para mirar los caminos que en su imaginación llevaban a París, y desde aquí vería seguramente arribar a Don Gaiferos disfrazado de moro. Aunque es dudoso que se descolgara de semejante altura, a no ser que dispusiera de una cuerda muy larga...

La ventana de Melisendra.
Atrapados por la locura titiritera, nos entretuvimos en el antro mágico donde el arte y la imaginación de los pueblos habían puesto primero palabras y luego música. Sacamos algunas fotos y finalmente dejamos la Torre, convencidos de que habíamos vivido una experiencia importante. 

Enrique Lanz y Yanisbel V.Martínez frente a la ventana de Melisendra
La bajada nos llevó por la estancias palaciegas que los Reyes de Aragón utilizaron, al convertir el lugar en una de sus residencias principales. Fue utilizado por Pedro IV el Ceremonioso. Más tarde, los Reyes Católicos lo magnificaron con sus nobles salones que todavía hoy maravillan al visitante.

Detalles del techo de la Sala de los Reyes Católicos. con la inscripción del "Tanto monta".
Más tarde, en 1593 sufrió una reforma que lo convirtió en fortaleza militar, función que se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX. Su restauración y el hecho de acoger las actuales Cortes de Aragón lo han cambiado por completo. Hoy es uno de los reclamos turísticos más visitados de Zaragoza. 

Tras cruzar los magníficos pórticos de entrada del Salón Dorado y el llamado Patio de Santa Isabel, salimos de la fortaleza con ganas ya de comer y descansar. Habíamos recorrido durante horas la ciudad de  Zaragoza para rematar la mañana con la visita a la Aljafería, un programa tan completo como exhausto. Necesitábamos pues con urgencia un lugar cercano y adecuado. Adolfo Ayuso lo tenía todo previsto. Junto con su compañera Pilar, que se había sumado a la visita del castillo, simplemente nos hicieron cruzar una calle, la que bordea una de las alas del palacio. 


Nos esperaba la última sorpresa del día: el restaurante Casa Emilio. Un clásico de la gastronomía zaragozana, situado a las puertas de la ciudad vieja, popular y acogedor, a dos pasos de la Plaza de Toros y de la Aljafería. Allí nos dejamos caer, agradecidos y saciados. Lo que sucedió a partir de aquel momento, con el aliento y los susurros titiriteros todavía resonando en nuestros oídos, pertenece ya al mundo de lo privado. 

miércoles, 5 de febrero de 2014

El Belén Barroco de Laguardia, visita a Zaragoza y el teatro de los objetos desmemoriados



Tuve la magnífica oportunidad de visitar el Belén Barroco de Laguardia, en la provincia de Álava, gracias a la invitación recibida por Adolfo Ayuso, buen conocedor del tema –él fue quien acompañó a Maryse Badiou y a Jesús Atienza en 2010 para que conocieran esta reliquia que nos ha llegado en muy buen estado de funcionamiento, y de cuyo viaje salieron un par de magníficos artículos de Maryse Badiou publicados en Fantoche y en Serra d’Or (vean el artículo en Fantoche aquí, en pág.26).
Ayuntamiento de Laguardia.
He descrito ya este viaje y la visita que hicimos en compañía de Arantxa Azagra, Paco Paricio, Yanisbel V.Martínez, Henrique Lanz, sus dos hijos Ana y Leo, Felipie Garduño y Nati Cuevas, además de Adolfo Ayuso. Lo pueden leer en Titeresante clicando aquí. ¿Qué más puedo decir sobre el Belén? 
Pórtico gótico de Santa María de los Reyes.
Visto desde un punto de vista titiritero y teatral, sin duda la representación del Belén podría tener aún más fuerza y ritmo, si junto a la voz narradora que sitúa y contextualiza la acción, algunos de los diálogos fueran dichos por los mismos manipuladores o por segundas y terceras voces que dieran más dinamismo y verosimilitud teatral. Claro que ello requeriría una cierta dirección dramatúrgica y una implicación aún mayor del equipo que se ocupa del Belén. Valdría la pena el esfuerzo si a cambio hubiera más funciones y un reclamo turístico que justificara este aumento de las funciones. Pero entonces quizás perdería parte de su naturalidad, insertado como está en el ambiente que le corresponde: la iglesia y el contexto navideño que justifica la temática. De modo que lo mejor es dejar las cosas como están, y reconocer el enorme mérito que realiza el equipo dirigido con tanto esfuerzo por Faustino y Maite Ayala, junto a Mikel Serrano y todo el elenco técnico y manipulador. 
El Belén de Laguardia.
La inmensa gracia del Belén es que la “función de títeres” (me permito estos términos como licencia retórica para resaltar la singularidad del caso) no tiene mucho que ver ni con el mundo del teatro ni con el de los títeres –a pesar de sus evidentes cercanías formales–, sino que proviene de la más pura tradición popular de los pesebres animados que en este lugar excepcional pervive con magnífica soltura y singular energía. 
Manipulando sobre los tablones.
Y ahí está el mérito y la gracia de la Asociación que se encarga de animar el Belén: pervivir sin preguntarse los cómos ni los porqués, sino simplemente por el deseo de mantener vivos unos vínculos culturales que se estiran en el tiempo y que cohesionan la comunidad, en una época en la que lo social se rompe y se cae por todas partes, y los jóvenes deben dedicarse a la arqueología para saber lo que hacían sus padres o sus abuelos. 
Pastores bailando sobre la rueda.
¿Cómo se explica semejante pervivencia? Yo creo que interviene aquí el factor futuro. Más que pensar en el pasado, los miembros de la Asociación piensan en el futuro en un sentido cultural pero también práctico e incluso económico: el desarrollo de las singularidades locales son, hoy en día, una garantía de solvencia para el futuro. Dejar morir las tradiciones locales es un mal negocio. Laguardia, que es capital de la Rioja Alavesa, y que por ello mismo se está postulando como un pequeño centro muy dinámico de gran atractivo turístico, necesita estos valores añadidos de la Historia y de la cultura. 
Pastor con el Belén al fondo.
Está bien que los visitantes beban los caldos exquisitos que se ofrecen en las bodegas del lugar, pero no sólo de vino viven los turistas. Junto al gran atractivo arcaico y pagano que es el vino (nuevas divinidades asociadas a los antiguos ritos dionisíacos no tardarán en surgir sin duda alguna), deben existir otros motivos y otros focos de atracción que den cuerpo y justificación a las ansias bebedoras de los vascos, catalanes, españoles y europeos que acuden en tropel.  
Los dos carneros dándose en el Belén de Laguardia.
La gastronomía es un gran qué, por supuesto, pero los elementos culturales que se asocian a la Iglesia, a los edificios singulares, a la Historia tanto reciente como medieval y hasta prehistórica, son indispensables para lograr un mapa de seducción variado y potente. Y es gracias a la suma de todos estos valores que lugares como Laguardia pueden de pronto convertirse en potentísimos centros capaces de dinamizar toda la región, sin por ello traicionarse ni estropearse, a sí misma ni al entorno. 
Exterior de la Iglesia de Santa María de los Reyes de Laguardia.
Y creo que eso es lo que ya sucede, en cierto modo, en Laguardia, por la afluencia de público que vi recorrer las calles y llenar los restaurantes, con algunos hoteles de afortunado diseño y grupos de familias españolas de clase media que se mostraban muy admiradas de todo lo que veían. Algunas de ellas acudieron luego a la Iglesia de Santa María de los Reyes y se deleitaron con el Belén y su arcaísmo perenne, mientras unos pocos titiriteros, fascinados y sorprendidos a la vez, mirábamos la función y al público con ojos que no sabían si estaban mirando el pasado o el futuro...

Paseo por Zaragoza

Como dije antes, Laguardia fue una buena excusa para visitar también Zaragoza, de la cual partimos en coche el sábado por la mañana para regresar por la noche. El domingo nos sorprendió con un cielo espléndido, sol y unas ganas de recorrer la antigua capital de la Corona de Aragón, a la que pertenecía Cataluña en sus épocas gloriosas. Siempre me ha fascinado esa curiosa unión catalana-aragonesa, que la historia parece haber dejado en el baúl de los recuerdos, pues hoy nadie parece interesado en hablar de ella. Los catalanes, porque no quieren reconocer que en sus tiempos álgidos vivían en un reino que se llamaba Corona de Aragón, y los aragoneses porque desconfían con complejo provinciano de sus vecinos que les abren puertas al mar -y, por lo tanto, a lo desconocido.  

Bandera de la Corona de Aragón. Palacio de la
Aljafería.
Yo, en cambio, me siento muy en casa cuando llego a Zaragoza y me enorgullezco de un pasado compartido que hoy sólo es reivindicado por la Iglesia y, muy en concreto, por las redes monacales y los monasterios. En efecto, recuerdo que en el monasterio de Poblet, en una de mis estancias a este maravilloso lugar, se utilizan todavía las demarcaciones propias de los viejos tiempos de la Corona de Aragón. Se entiende que sea así, si tenemos en cuenta que en Poblet están enterrados algunos de los principales monarcas de esta Casa Real. Y cuando llega el día de San Jordi, celebrado en ambas comunidades, en Poblet se vive un día especial y surrealista, con misas y celebraciones en las que participa la llamada Nobleza Catalana, que no es otra que los restos de la antigua aristocracia catalana-aragonesa, hoy bien sujeta por los matrimonios de conveniencia y por la obediencia jerárquica al Rey, que manda sobre todos ellos...

Volvamos a Zaragoza para indicar como fuimos, en compañía de Adolfo Ayuso, anfitrión de la jornada, y de Yanisbel V.Martínez, Enrique Lanz y sus dos hijos Ana y Leo, de paseo por la ciudad, dando una vuelta por el centro mientras nos dirigíamos muy lentamente hacia el Palacio de la Alfajería, destino último de nuestra excursión. 
Estatua de Agustina de Aragón, en la Plaza del Portillo.
Salimos del Portillo, allí donde se alza la estatua dedicada a Agustina de Aragón, llamada en realidad Agustina Raimunda Maria Saragossa i Domènech, catalana de origen como su nombre indica (nació en Barcelona en 1786, concretamente en el barrio de La Ribera, en la calle de Sombrerers, para ser bautizada en la Iglesia de Santa María del Mar, que tenía al lado, y murió en Ceuta en 1857), heroína durante los Sitios de Zaragoza en la Guerra de Independencia contra los franceses. Por cierto, que antes de Zaragoza, con su marido que era militar, estuvo en la famosa batalla del Bruch, quizás en compañía del no menos famoso Timbaler...
 
Adolfo Ayuso y la Plaza de Toros de Zaragoza.
Junto a la plaza, llamada del Portillo porque allí estaba la puerta defendida por Agustina y que era una de las viejas entradas de la ciudad, está la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo (donde reposan desde 1908 los restos de nuestra heroína, tras haber sido trasladados de Ceuta en 1870 y tras haber reposado unos años en el Pilar), está la plaza de toros, llamada también "La Misericordia". Me sorprendió su belleza. Según contó Ayuso, se trata de una de los cosos más antiguos de España, inaugurada en 1764, obra de Ramón Pignatelli y de estilo neomudéjar, aunque más tarde, en 1917, se le hizo una profunda reforma que la embelleció considerablemente. 
 
"La Misericordia" de día.
En el mismo año en que triunfaba en Rusia la Revolución Bolchevique y que Europa se desangraba en la Gran Guerra, en España se vivía por lo visto una época gloriosa del toreo, lo que explicaría esta remodelación con ligeros aires modernistas. Los colores ocres y amarillos de la plaza, que recuerdan los arcos y las tonalidades de la Mezquita de Córdoba, son un bello contrapunto a la plaza del Portillo y dan una alegre bienvenida a los que entran a la ciudad por este lado, muy cerca del Palacio de la Alfajería, hacia donde debíamos culminar nuestro paseo. 
 
Los dos gigantes del Palacio de los Condes de Morata.
Pero la idea era pasear y en vez de ir directos al viejo palacio real, dirigimos nuestros pasos hacia el centro, en dirección al Pilar. Pasamos por delante del Palacio de los Condes de Morata, antiquísimo  edificio de 1551, con sus dos gigantes que guardan la puerta de lo que hoy es la sede del Tribunal Superior de Justicia de Aragón: Hércules y Teseo. Dos gigantes que forman parte del imaginario colectivo de la ciudad, como me comentaba Adolfo Ayuso, que de pequeño los veía no sin pasmo y aprensión. De noche, tal como los vi dos días antes al llegar a Zaragoza, todavía impresionan más. 

Por cierto, que muy cerca están las Escuelas Pías, las mismas donde estudió Goya y tantos otros zaragozanos a lo largo de los siglos. Siguen en su puesto, un noble edificio de amplios patios interiores. 
 
El Pilar y su gran plaza.
No tardamos en llegar al Pilar y me sorprendió la plaza que se abre ante su fachada principal, de moderno diseño urbanístico, un gran espacio peatonal con muchos museos y otros edificios nobles y oficiales, todos ellos en perfecto estado de conservación. 

Francamente, la Zaragoza que estaba viendo en nada me recordaba a la que conocí hará cosa de treinta años, cuando solíamos actuar en el viejo Teatro Principal antes de su restauración. Entonces su aspecto era entre pueblerino y desaliñado, con muchas fachadas oscurecidas o en mal estado, aunque con lugares emblemáticos como el Café La Plata y el Oasis aún vivos. Hoy sobrevive el Plata, renacido parece ser de sus cenizas, con la misma gracia de siempre según me han contado, aunque no tuve ocasión de asistir a ninguna de sus funciones. 
 
Interior de la Lonja.
El centro monumental impresiona realmente al visitante. Se notan los años de bonanza, la gran Fiesta del Agua, las subvenciones europeas y las ganas que tenían los zaragozanos de tener una capital como Dios manda. No entramos en el Pilar, pues nuestra peregrinación iba por otros derroteros -aunque no por ello dejamos de saludarla, por supuesto-, pero sí lo hicimos en la lonja, un precioso edificio de estilo renacentista de principios del siglo XVI, dedicado como su nombre indica a las transacciones comerciales. 

Hoy, pulcro y restaurado, es sala de exposiciones del Ayuntamiento, donde pudimos ver unas fotografías impactantes que abrían nuevas dimensiones a las ya de por sí bastante alucinantes del lugar. 
 
Fachada de la Lonja con sus caras titiritescas.
Dos cosas destacaría de este singular espacio de la historia mercantil aragonesa: la bóveda de crucería estrellada de su interior, de una extrema elegancia, y, en su fachada exterior, la profusión de rostros que surgen de la pared de ladrillos como si fueran cabezas de títeres o de pupi sicilianos. Aquí, los titiriteros que íbamos de excursión abrimos nuestros ojos como platos, pues no es frecuente encontrarse con fachadas tan titiriteras como la de la Lonja. ¿Qué representaban aquellas caras? ¿Prohombres de la ciudad? ¿Mercaderes ricos que habían pagado la construcción? ¿Capricho icónico-titiritero del arquitecto (Juan de Sariñena)?... 
 
Figura goyesca con la Lonja al fondo.
Sacamos fotos, metidos entre las esculturas goyescas que se levantan frente a la Lonja, sobre una altura que da a una fuente. Un remanso de paz florentino junto a la impactante mole barroca del Pilar.
 
Parada de objetos en la calle.
Dejamos la Lonja a nuestra izquierda y caímos de sopetón sobre un mercadillo de antigüedades y "cosas viejas". ¡Fue pasar de la tradición icónica europea de corte italianizante al más rabioso y contemporáneo teatro de objetos! 
 
Detalle.
Un rastro improvisado sobre las aceras de la calle nos remitía de pronto a los paisajes simbólicos de Orhan Pamuk y su Museo del Tiempo (también llamado de La Inocencia), o a los cementerios de objetos de Shaday Larios, pasando por las composiciones estético-escénicas de un Xavier Bovés. Vi algo curioso en este teatro estático de mercadillo: los objetos mudos, que generalmente nos hablan de tiempos pasados, aquí aparecían desmemoriados, como si hubieran perdido por completo la memoria. 
 
Objetos desmemoriados.
Quizás fuera la luz del día, esplendorosa, o la frescura de la calle, o la exquisita puesta en escena de los vendedores ofreciendo su mercancía, la cuestión es que aquellos objetos no me hablaban del pasado sino del futuro: su pérdida de memoria me abría a otros escenarios desconocidos, que había que inventar. Al salir de sus utilidades caseras y rutinarias, a las que se habían acostumbrado durante años, se encontraban de pronto descolocados, sin saber qué eran exactamente. Y ese vacío de significación me pareció algo súbitamente liberador y excitante. 
 

Saqué fotos con mi pequeña cámara como si quisiera arrancar los secretos del futuro del cual me hablaban, un futuro real y sincero, muy lejos de los falsos futuros del consumo con sus artefactos nuevos de alta tecnología muy bien publicitados. Estos carecían de publicidad alguna y, aunque no se movían´-salvo los de cuerda, que las manos del vendedor ponían en marcha-, uno los veía como si se pasearan inquietos en busca de un ser nuevo y distinto. ¿Qué querían ser de mayores?..., quizás se preguntaban, sin darse cuenta de los años que cargaban encima. Viejos infantes acabados de nacer mirando al futuro. O directamente encaramados a este futuro del que no sabemos nada. 
 


Pensé que los objetos que encontramos en los rastros y en los encantes de nuestras ciudades han perdido todos la memoria, y que cuando nos hablan desde los puestos de los vendedores, balbucean lenguajes desconocidos. Darles forma, gramática y contenido sería nuestra función de titiriteros al vuelo, sin ofenderlos con sus viejas utilidades sino mediante planteamientos abiertos a lo nuevo. ¡Caramba!, me dije, he aquí un nuevo quehacer al que tendremos que acostumbrarnos, si no queremos caer en lo de siempre, una y otra vez. ¡Inventarnos el futuro para al menos así entender el presente! 
 

Aquel descubrimiento dio alas a mi imaginación, y la pequeña Lumix que llevaba entre manos se abría y cerraba compulsivamente, como si fuera el ojo exterior de mi cerebro. Clic, clic... El marco de la cámara establecía los parámetros escénicos de aquel teatro improvisado que recitaba sin palabras, mientras la retina digital cazaba las imágenes con indescriptible deleite. 

Imposible citar a los objetos. Mejor verlos en las fotografías que adjunto. Quizás despierten impresiones parecidas a las que sentí entonces. O quizás, fijados en el papel o la pantalla, enmudezcan y se conviertan en jeroglíficos de los que no dicen nada. Aunque mi optimismo congénito me dice que sus no-significados se mantienen tiesos y campantes sobre la imagen.  

Este vacío es en realidad un "regalo de futuro": al callarse y vaciarse, nos obligan a proyectar en ellos los sujetos ocultos que llevamos dentro y tienen prohibido hablar porque manda en ellos el "objeto" en el que nos hemos convertido todos. Nuestro Yo Objeto no puede impedir que se le escapen, por los descosidos de nuestra personalidad, los "sujetos" que bullen en nuestro interior y que buscan desesperados donde encaramarse. Y la gracia de esos objetos desmemoriados que sobreviven en los rastros de la ciudad es que, al recibir la carga de nuestros sujetos fugados, ¡se ponen a hablar con libertad súbita e inesperada, muy soberana!
 

El recorrido por el mercadillo de las callecitas adyacentes a la Lonja y a la gran plaza de la Seo fue un verdadero gozo artístico y liberador. Sin darnos cuenta, horas y años se posaron en el breve tiempo de nuestro paseo, que se cargó de una densidad poética raras veces sentida. Enrique Lanz y su hija Ana, fotógrafa como él, disfrutaron también de lo lindo, y Adolfo Ayuso y Yanisbel Martínez, maravillados como yo por el espectáculo, asistieron a las sutiles representaciones con los ojos muy abiertos.
 

Dejamos el rastro improvisado, y cogimos por calles que nos llevarían de nuevo al centro para ir tirando ya para la Alfajería. Pero a partir de entonces, en cada esquina, portal, balcón o fachada por la que pasábamos, veíamos signos e imágenes que nos detenían y nos llamaban poderosamente la atención. 
 

Ante la avalancha de imágenes y sensaciones, creo procedente detener este relato aquí, y dejar la visita a la Alfajería para la próxima entrada de este blog.


Balcón en la Calle de la Manifestación.

Anuncio Semana Santa.
Casa donde vivió José Martí.