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jueves, 7 de agosto de 2014

La Feria de Ladra, el Museo Militar, los tranvías y una noche de fados en Lisboa

Títeres y ciudades son el objeto declarado de estas Rutas. Unas veces, se imponen los títeres, y en otras, las ciudades. Habiendo sido Lisboa escenario de mis andanzas titiriteras durante todo el mes de julio, es lógico que exija una atención, que gustoso le otorgo. No es la primera vez que ello ocurre y tampoco será la última.


Nos detendremos en este artículo en algunos detalles. Objetos, imágenes y momentos, que distribuimos en unos cuantos escenarios. Cualquier ciudad los tiene a montones. Pero si importa detenernos en ellos, es para interrogarlos.  En ocasiones la ciudad habla claro. En este sentido, Lisboa es una ciudad parlanchina que habla a través de sus poros y de sus muchas superposiciones, lógicas al existir tantos desniveles.

Feria de Ladra.

Su significado tiene gancho: la Feria de la Ladrona. Nos lanza a bocajarro el lado oscuro que cualquier mercado de viejo esconde en sus entrañas. Antiguamente era así: un lugar donde ventilar lo que se adquiría de modo turbio. Pero la actualidad es fiel a sus raíces: ¿acaso lo que se compra y se vende tras desahucios, ruinas o defunciones, no transcurre en los márgenes sociales de lo legal y lo cotidiano? En una época económicamente dura como la de hoy en el sur de Europa, la Feria de Ladra muestra, con descarnada objetividad, las entrañas abiertas en canal de la sociedad lisboeta. 


Los objetos aquí nos hablan de historias íntimas, sentimentales unas veces, dramáticas otras. Carencias, ruinas, mensajes crípticos, secretos fosilizados, embrujos, viejos esplendores, amores, grandes lecciones de Historia y Geografía, y perfiles humanos apenas esbozados. La canción por excelencia de la ciudad casa perfectamente con la música de estos objetos: el fado. 

A veces las composiciones, a modo de collages realizados con los objetos, constituyen verdaderas obras de arte de autoría anónima, que el observador debe encuadrar con la mirada –o con la cámara fotográfica– para poder apreciar su belleza. Son relatos fragmentados de narraciones de tiempos largos –los tiempos distintos que cada objeto encarna– que exigen asimismo observaciones sin prisa, para dejar que se desgajen sus múltuiples significados.

Pero los tapices que los vendedores despliegan y llenan de todo tipo de objetos, enseres y cachivaches, son también verdaderas radiografías del país y de sus sociedades. Como en toda la Europa del Sur, también aquí las clases medias, cada día más desclasadas, se desprenden con melancolía de propiedades y pertenencias. 

Quería mencionar en este punto la fiesta alegre y melancólica de cierre de la casa de los abuelos de mi amiga Ana Lisboa, en la Avenida da Libertade, junto a los Restauradores, que me pareció un homenaje y una despedida a una época que se acaba. Un magnífico piso ya vacío en un edificio cerrado y a punto de ser demolido, para construir en su lugar algún hotel o algún complejo de marcas multinacionales. Las habitaciones, todas vacías, contuvieron en su día muebles valiosos y vidas intensas de las de antes: sus abuelos fueron músicos, y sus padres cantantes de ópera. Hoy, ya sólo queda el viejo piano de cola, a modo de testimonio de otras épocas. ¿A dónde fueron los objetos que llenaban la casa? Quizás algunos de ellos se exhiben mezclados entre los enseres que llenan los tapices en el suelo de la Feria de Ladra…


Imágenes de la casa de los abuelos de Ana Lisboa.
Pero en el ecosistema planetario, todo se retroalimenta. Lo que pierden las familias en una ciudad, se recicla y se exhibe en hogares de otras clases medias, locales o foráneas, las pudientes o en estado de emergencia del planeta. Como ocurre con la energía, lo que muere y se destruye sobrevive bajo otras formas y significados en el equilibrio mercantil del mundo. Y así, lo que para unos es viejo recuerdo de los abuelos, entrañable posesión de un relato familiar, para otros es excentricidad singular de bajo coste pescada al vuelo. Los caídos residuos se convierten entonces en nuevos tesoros, expuestos con orgullo en casas y vitrinas por quienes los han encontrado y comprado. 



Los tiempos así se suceden y se superponen, lo nuevo substituye a lo viejo, y en lo esencial pocas cosas cambian. Interesante que los relatos de las jóvenes generaciones se escriban con elementos reciclados de las viejas. O quizás lo nuevo no sea más que un poco de lo viejo algo más gastado, condenados todos a esa espiral de banalización a la que la época actual nos tiene condenados…


El Museo Militar.

No es poca broma. Se trata del museo más antiguo de Lisboa, iniciado en 1842 en el Arsenal Real del Ejército, con el objetivo de guardar los “modelos de máquinas, aparejos y objetos raros y curiosos”.  Se llamó al principio Museo de Artillería, hasta que en 1926 cambió por su actual nombre. 

 
Pequeño cañón "obús" con adorno chino del s.XVIII. Museo Militar de Lisboa.
Vale la pena visitarlo. ¿Cómo entender, sino, a este país pequeño y longevo que supo construir un imperio cuyos territorios más se asemejaban a una estiradísima tela de araña que a cualquier otra cosa?

Bombarda grossa "Peça de Malaca", India, s.XVI. Museo Militar.
Centenares de puertos de amarre a lo largo de miles de kilómetros de costa a través de todos los mares: el Atlántico, el Índico, el Pacífico… ¿Adónde no llegaron los navegantes portugueses? Descubridores de rutas y tierras, suyas son las épicas de la primera globalización del planeta. Camoens, a través del poema épico Os Lusíades, cantó estas epopeyas con elevada inspiración. 

Cañón fundido en Goa, s.XVI. Museo Militar.
Por eso la visita al museo Militar debe ir acompañado de la del Museo de la Marina, situado al otro lado de la ciudad, también mirando al Tejo, que ocupa una de las alas –la occidental– del Monasterio de los Jerónimos. Y, si me apuran, con la del Museo de Oriente, ya comentado en este blog. Los dos primeros tienen una enorme ventaja frente a los demás museos de la ciudad: están prácticamente vacíos. Parece que a los turistas no les importan demasiado estos aspectos de la cultura portuguesa relacionados con los dioses Marte y Mercurio. ¿Y qué mayor lujo y placer podemos esperar de una ciudad que visitar sus museos sin que nadie nos importune, con todo el espacio –que es tiempo– por delante?

Caballero con lanza. Museo Militar.
Nos asombramos así al descubrir una presencia de la figuración humana mucho mayor de la esperada, como esos cañones hechos en la India con caras incrustadas, o esas estatuas que parecen salir de los libros de caballería o de alguna Máquina Real del siglo XVII y XVIII.

Patio del Museo Militar de Lisboa.
El mundo de las miniaturas también está representado en estos museos, a través de sus múltiples maquetas, verdaderas maravillas que representan los medios de transporte utilizados, carabelas, galeones, fragatas, o las sofisticadas armas de épocas anteriores. 

Nave 'tafoeira', utilizada para el transporte de caballos y también como navío de guerra. Siglos XV y XVI. Museu da Marinha de Lisboa.

Una larga historia de viajes que duraban años o incluso vidas enteras. En escenarios impensables y a distancias mayúsculas. El espíritu navegante y descubridor del portugués denota altas dosis de curiosidad además de los afanes clásicos de conquista y enriquecimiento. Pero mantener esta red de enclaves, puertos y ciudades requería una eficaz presencia militar capaz de actuar con suficiente celeridad. De ahí el interés en conocer algunos de los pormenores de estas necesidades perentorias. 

Esas viejas cafeteras.

Así los definió un amigo mío, impresionado por la mole metálica de estos ancianos del transporte moderno sobre vías. Me refiero a los tranvías. Todavía aguantan, sin que el paso de los años les prive de movimiento. Muy al contrario, se mueven como diablos juveniles por las calles de la ciudad. Uno de los iconos más logrados y redondos de Lisboa. 


Cuando se paran, son pesos muertos relajados en absoluto silencio. Luego, arrancan con un despliegue de sonoridad alegre y tronante, de hierros que chirrían y timbres que anuncian el paso de su imponente tonelaje. Su música me traslada a la Barcelona de mi infancia, cuando bajo el balcón de casa pasaban los tranvías a todas horas. 

Su exotismo se vende muy bien en el mercado turístico y, para martirio de los lugareños, son tomados al asalto por los turistas que los ocupan sin pudor alguno. Para ellos, son un precioso anacronismo, una diversión. Me cuentan que en algunas ocasiones, para satisfacer la demanda de los imponentes cruceros que atracan en los muelles del Tajo, prácticamente todas las unidades existentes son alquiladas para pasear a sus clientes. 


Viejas cafeteras, artefactos pasados de moda e inviables, para unos. No para mí. Pero además, emblema y negocio redondo, de los que cunden como lluvia fina para la ciudad.
Su rodar por las vías de las calles empinadas de Lisboa escribe un tiempo “al ralentí”, ese que todos buscamos, pero que las ciudades modernas se empeñan en negar. Que hayan pervivido aquí denota no pocas dosis de inteligencia estratégica –aunque hayan sido más la suerte y la desidia las verdaderas causas de este logro, supongo.

Sería bueno ampliar las rutas, aprovechando que todavía quedan muchas vías hoy en desuso, e importar los viejos cacharros que las avanzadas ciudades europeas se han desprendido mandándolos al cubo de basura de la historia. Un parque móvil dominado por los viejos tranvías aliviaría el tráfico y aumentaría aún más el interés de la ciudad. 

Objetos de un teatro locomotor, los tranvías son pequeños escenarios rodantes de algo que se escapa del tiempo. No es tiempo pasado, pero tampoco es el que huye sin dejarse aprehender. Tiempo de carromato mecánico, de caballos de potencia eléctrica que se dejan cabalgar por la ciudadanía. Son también uno de los actores de mayor éxito en esta ciudad teatro en la que Lisboa busca convertirse. 


Una maldición, dirán unos. El signo de los tiempos, dirán otros. Hoy, las ciudades del mundo compiten ferozmente para ofrecerse en el pujante negocio turístico. El verdadero éxito sería hacer compatible el teatro con una vida digna en la ciudad. Pues, ¿a quién puede interesar una ciudad que sólo sirve a los turistas? Las modas cambian, y la calidad de vida es lo que acaba por imponerse. No me cabe la menor duda de que conseguirlo será, en el futuro, el mayor y verdadero logro de las ciudades que quieran seguir importando en el mundo. 

El Clube do Fado.

Pasé mi última noche en Lisboa en una casa de fados. La razón es que me gustan, seguramente porque pertenezco a una generación sentimental y démodée en los gustos. Algunos ignoran cuando no detestan este género de la canción portuguesa que cualifican de rancia, impostada y “típico”. A mí me gusta exactamente por las mismas razones, interesado como estoy en descubrir diferencias y singularidades entre las distintas culturas y ciudades de la Península.

El Clube do Fado se distingue de los demás locales de Lisboa por la variedad de los cantantes –cuatro por regla general cada noche– que van cambiando semana tras semana. Y también por la calidad asegurada de los mismos. Hay matices, como es lógico y bueno, pero me sorprendió el nivel de las voces y de los instrumentistas, de un gran virtuosismo. Otra característica del Clube es que incorporan un contrabajo, cuando lo habitual es que sólo haya viola y guitarra portuguesa. Acentuar los bajos da mayor gravedad a las letras: ayuda a puntuar los dramas y lo jocoso.


Es fácil teorizar sobre el Fado y el recurso a la Saudade, un tema muy manido cuando se habla de lo portugués. Pero como ocurre con las artes vivas de la música y de la voz humana, lo viejo y lo tópico vibran con vida nueva, a modo de regreso a los orígenes, en la verdad catártica del presente de su ejecución.

Pocas veces he visto los conceptos sentimentales de la Saudade tan bien encarnados como los vi y sentí en la voz de la cantante Cristiana Águas o, en lo que fue una agradable sorpresa de la noche, al menos para mí, en la voz de Henrique Leitão, el músico encargado de tocar la guitarra portuguesa aquella noche en el Clube do Fado. Su dominio del instrumento y de la voz, acompañándose él mismo en comunión con Pedro Punhal en la viola y Paulo Paz en el contrabajo, fue deslumbrante.


Quizás lo que tanto me atrae del fado sea esta mezcla de voz popular e incluso a veces barriobajera de la gente humilde de los barrios de Lisboa, que sin embargo se viste de impostación elegante y de distancia. El resultado es un registro que no duda en dejarse llevar por los arrebatos de la sentimentalidad más exacerbada para, acto seguido, pasar a la ironía de quien sabe que está jugando a la impostación y al desclase de las formas y los contenidos. Música, pues, para la catarsis sentimental, la distancia elegante y la ironía inteligente.

viernes, 14 de febrero de 2014

Visita titiritera a la Aljafería de Zaragoza

Retomo al relato del viaje realizado a Zaragoza en ocasión de asistir a una de las representaciones del Belén de Laguardia, y que culminó con un interesante paseo por la capital aragonesa. Interesante porque además de todo lo que vimos y fabulamos en nuestro recorrido por la zona del Pilar (vean el artículo aquí; sobre la visita al Belén de Laguardia, vean aquí el artículo enTiteresante), al final lo coronamos con la visita al Palacio de La Aljafería.

El hecho de que fuéramos, Adolfo y yo, en compañía de Enrique Lanz y Yanisbel V.Martínez, de la compañía Etcétera que estos años últimos han puesto en escena una de las mejores versiones jamás vista de la ópera de Falla "El Retablo de Maese Pedro", daba a la visita un interés añadido, pues ellos todavía no habían visto la torre del Castillo de la Aljafería, escenario principal de esta sin par historia.

La Torre de la Aljafería
El lugar es, en efecto, relevante desde el punto de vista de la historia y de la mitología de los títeres, al ser aquí donde Cervantes situó parte del episodio del Retablo de Maese Pedro. Es en esta torre donde la princesa Melisendra, esposa de Don Gaiferos, se halla cautiva en el castillo del rey Moro Marsilio, que no es otra que la mismísima torre del Palacio de la Aljafería, hoy bellamente restaurada. Dice Cervantes en el Capítulo XXVI de la Segunda Parte del Quijote, en boca del Trujamán:

"—Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las crónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza..."

La Aljafería con la Torre a la derecha.
La torre adquiere una gran presencia poco después, cuando se dice:

"... Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama que en aquel balcón parece vestida a lo moro es la sin par Melisendra, que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No ven aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir y a limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. ..."

Melisendra en la torre, en la versión del Retablo de Etcétera. Foto de Enrique Lanz..

Don Gaiferos llega a Zaragoza y consigue salvar a la Princesa, no sin ciertos percances harto inconvenientes. Demos la palabra al genial novelista de Alcalá de Henares:

"...Basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y más ahora que vemos se descuelga del balcón para ponerse en las ancas del caballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos y, sin mirar si se rasgará o no el rico faldellín, ase della y mal su grado la hace bajar al suelo y luego de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, ..."

Ilustración de Gustavo Doré del episodio del Retablo.
El final de la historia es harto conocido, pero ya que estamos puestos a citar, bien vale la pena releer el momento en que Don Quijote interviene y participa activamente en la persecución y batalla:

"Y el muchacho dijo:
—Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espetáculo.

Melisendra huye con Don Gaiferos, en la versión del Retablo de Etcétera. Foto de Enrique Lanz.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:
—No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

Ilustración de Gustavo Doré del episodio del Retablo.
—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda." ...
Emocionante fragmento tantas veces citado y que ha dado pie a tantas versiones sobre el episodio, como lo ha sido la famosa ópera de Falla.
Era importante, pues, peregrinar al escenario de los hechos y ver en qué se había convertido el Castillo de la Aljafería citado por Cervantes.

El Salón del Trono y belleza del complejo.


De entrada, decir que el impresionante conjunto monumental contiene muchas más maravillas de las que uno puede imaginar. Una parte del mismo acoge hoy a Las Cortes de Aragón, como si los políticos actuales quisieran estar muy cerca del antiguo Palacio de los Reyes de la Corona de Aragón, centro de su antiguo poder. Deben pensar los gobernantes aragoneses: "en el supuesto imposible y no deseado de que Aragón recupere algún día sus libertades, mejor estar en el lugar correcto". Pues si se dice que el hábito hace al monje, bien puede decirse que el trono y toda su palacería hacen al rey.

Vista general de la Aljafería.

Tienen así los gobernantes a su disposición lugares como el Salón del Trono para ceremonias protocolarias de altos vuelos. Un lugar realmente impactante por su belleza y que además guarda en su memoria histórica uno de los más insólitos episodios titiriteros, tan cercano por otra parte al mundo de la Caballería Andante del Manchego Don Quijote. Según me contó con lujo de detalles Adolfo Ayuso (principal impulsor de la operación, por lo visto,a través de la asociación Expedición Teatral), tuvo lugar aquí el 23 de enero del año 2003 una actuación de ese otro hidalgo manchego, marino y titiritero de vocación y de oficio, llamado Pepe Otal, quién presentó en el fastuoso salón una versión musical y con títeres de guante de su Rigoletto, con acompañamiento musical de piano y voces líricas (barítono, tenor y soprano) cantando algunas de las principales arias.
La Sala del Trono donde tuvo lugar la representación de Pepe Otal.

Un evento al que acudieron las más altas autoridades de la región, militares incluidas,  y que fue acto de verdadera justicia histórica, al homenajear a través del también manchego y caballero andante Otal al otro manchego hidalgo e ilustre que dio fama inmortal a la torre de Melisendra, hoy lugar de peregrinación tanto cervantina como titiritera.

Adolfo Ayuso presenta el espectáculo de Pepe Otal en la Aljafería.
Un momento de la función de Otal, con Rigoletto en el escenario.
Pero lo que más me sorprendió del actual Palacio de la Aljafería es el refinamiento de su estructura árabe, ricamente restaurada en los últimos años y abierta al público, que otorga al conjunto unas dimensiones de exquisitez arquitectónica de altísima categoría. Un sincero reconocimiento al pasado moro de Zaragoza y de su reino, cuya importancia ha sido curiosamente desdeñada por la historia, que sólo se fija en Córdoba, olvidándose de cuán poderoso y grande fue entre los siglos IX y XI, especialmente durante la época de los Taifas. Leemos en  Wikipedia lo siguiente sobre estos períodos tan poco conocidos de la Historia de Aragón: 

Entrada de la Aljafería.
"La Aljafería es un palacio fortificado construido en Zaragoza en la segunda mitad del siglo XI por iniciativa de Al-Muqtadir como residencia de los reyes hudíes de Saraqusta. Este palacio de recreo (llamado entonces «Qasr al-Surur» o Palacio de la Alegría) refleja el esplendor alcanzado por el reino taifa en el periodo de su máximo apogeo político y cultural.

Algunas imágenes del interior de la Aljafería.
Su importancia radica en que es el único testimonio conservado de un gran edificio de la arquitectura islámica-hispana de la época de las Taifas. De modo que, si se conserva un magnífico ejemplo del Califato de Córdoba, su Mezquita (siglo X), y otro del canto de cisne de la cultura islámica en Al-Ándalus, del siglo XIV, La Alhambra de Granada, se debe incluir en la tríada de la arquitectura hispano-musulmana La Aljafería de Zaragoza (siglo XI) como muestra de las realizaciones del arte taifa, época intermedia de reinos independientes anterior a la llegada de los almorávides

La Península Ibérica en 1037, durante los Reinos de Taifas.

Los restos mudéjares del palacio de la Aljafería fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 como parte del conjunto «Arquitectura mudéjar de Aragón» ".
¡Impactante!

Subida a la Torre. Entre Melisendra e Il Trovatore .
Proseguimos la visita. Los itinerarios obligatorios del palacio taifal acababan confluyendo en la torre del castillo, la parte más antigua del conjunto monumental, hoy magníficamente restaurada. Vimos emocionados un pozo, antiquísimo, en el que sin duda saciaría su sed la prisionera Melisendra así como los moros que la custodiaban y el no menos importante rey Marsilio que se la guardaba para sí, hasta que vino Don Gaiferos y se la arrebató en heroica hazaña. El pozo, de curiosa estructura, parecía encerrar un sinfín de  secretos de la historia: sus susurros nos llegaban nítidos mientras escrutábamos el fondo, carente de agua y acristalado. 

El pozo.
 Banderas y escudos de la Corona de Aragón jaleaban la subida a la torre, hoy ya sin temor ni pudor alguno, aunque sus poderes reales fueran hartamente menguados por los borbones. Por fin alcanzamos el último piso. Tuvimos que esperar y casi hacer cola, tal era el número de visitantes que entraban y salían por la estrecha puerta. Yo estaba sorprendido de que hubiera tal devoción cervantina, cuando de pronto vimos a uno de los guías accionar un pequeño aparato sonoro, del que salió un chorro de música de Verdi: ¡"Il Trovatore"!

Entrada al interior de la Torre.
Con tanto fervor titiritero, nos habíamos olvidado del verdadero nombre popular de la torre y por la que es conocida no sólo en Zaragoza sino en el mundo entero: ¡la Torre del Trovatore! En efecto, es en la Aljafería donde Antonio García Gutiérrez, el autor romántico de una de las obras más famosas del teatro español de la época, "El Trovador" (de 1836), sitúa la acción de su drama, y es en la torre donde el vil Antonio de Artal encierra a su hermano Manrique. Drama que Verdi convirtió en una de las óperas más famosas del repertorio, Il Trovatore (estrenada en 1853). La peregrinación del público que acudía con los guías y las súbitas arias era pues operística.
Aquella doble mitología daba todavía más empaque a la torre, llena en aquel momento de público. Dejamos pasar al grupo y finalmente entramos con unos pocos parroquianos más. La música de Verdi seguía resonando en nuestros oídos, pero poco a poco se impusieron las viejas trompetas y dulzainas, más los atabales y atambores que resuenan entre las páginas del Quijote. Comprendí que a mis colegas Enrique y Yanisbel, empapados como están de la música del Retablo de Falla, les sonarían más las notas del compositor gaditano que las dulzainas y trompetas.  Entonces descubrimos la ventana. Sin duda era aquí donde Melisendra se sentaba para mirar los caminos que en su imaginación llevaban a París, y desde aquí vería seguramente arribar a Don Gaiferos disfrazado de moro. Aunque es dudoso que se descolgara de semejante altura, a no ser que dispusiera de una cuerda muy larga...

La ventana de Melisendra.
Atrapados por la locura titiritera, nos entretuvimos en el antro mágico donde el arte y la imaginación de los pueblos habían puesto primero palabras y luego música. Sacamos algunas fotos y finalmente dejamos la Torre, convencidos de que habíamos vivido una experiencia importante. 

Enrique Lanz y Yanisbel V.Martínez frente a la ventana de Melisendra
La bajada nos llevó por la estancias palaciegas que los Reyes de Aragón utilizaron, al convertir el lugar en una de sus residencias principales. Fue utilizado por Pedro IV el Ceremonioso. Más tarde, los Reyes Católicos lo magnificaron con sus nobles salones que todavía hoy maravillan al visitante.

Detalles del techo de la Sala de los Reyes Católicos. con la inscripción del "Tanto monta".
Más tarde, en 1593 sufrió una reforma que lo convirtió en fortaleza militar, función que se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX. Su restauración y el hecho de acoger las actuales Cortes de Aragón lo han cambiado por completo. Hoy es uno de los reclamos turísticos más visitados de Zaragoza. 

Tras cruzar los magníficos pórticos de entrada del Salón Dorado y el llamado Patio de Santa Isabel, salimos de la fortaleza con ganas ya de comer y descansar. Habíamos recorrido durante horas la ciudad de  Zaragoza para rematar la mañana con la visita a la Aljafería, un programa tan completo como exhausto. Necesitábamos pues con urgencia un lugar cercano y adecuado. Adolfo Ayuso lo tenía todo previsto. Junto con su compañera Pilar, que se había sumado a la visita del castillo, simplemente nos hicieron cruzar una calle, la que bordea una de las alas del palacio. 


Nos esperaba la última sorpresa del día: el restaurante Casa Emilio. Un clásico de la gastronomía zaragozana, situado a las puertas de la ciudad vieja, popular y acogedor, a dos pasos de la Plaza de Toros y de la Aljafería. Allí nos dejamos caer, agradecidos y saciados. Lo que sucedió a partir de aquel momento, con el aliento y los susurros titiriteros todavía resonando en nuestros oídos, pertenece ya al mundo de lo privado. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Los Cristobitas de Libélula en Barcelona



Gracias a la programación "Titelles i Ciutats" que se desarrolla en el Born Centre Cultural de Barcelona, los que gustamos de las tradiciones titiriteras estamos gozando, desde el mes de octubre que empezó la programación, de espectáculos que no es fácil ver juntos y menos en Barcelona. Personajes como Pulcinella, Karagöz, Kasperl, Punch, Cristobita, Jan Klaassen, Guignol, Polichinelle o Arlechino son los que, mes tras mes, vas desfilando por el escenario de la Sala Moragas del Born. Y la verdad es que hasta el presente, la afluencia de público ha sido notable.
Julio Michel montando el retablo de los Cristobitas
Tocó en esta ocasión (concretamente el domingo 2 de febrero, a las 12:30 y a las 17h) ver al Cristobita español, este personaje perdido en la memoria de nuestra agitada historia, que el grupo Libélula, de Segovia, recuperó en su día. Se inspiró para ello en las tradiciones portuguesas del Dom Roberto y en lo que uno podía imaginarse que fueron en su tiempo las andanzas de esta versión popular y alegre del Don Cristóbal Polichinela. 
Cuco Pérez ensaya con el acordeón.
Y es que, tal como indico en mi libro de Rutas de Polichinela (vean aquí), creo que podemos hablar de dos Don Cristóbales: el fiero y oscuro Don Cristóbal Polichinela, viejo indiano rico y cascarrabias que compra a una esposa jovencita para acabar matando a mujer, hijos y suegra en un arrebate de celos, y el alegre Cristobita que se inspira más en los "purichinelas" italianos que solían recorrer la península, para actuar en plazas, ferias y fiestas privadas. El uno corresponde a la España Negra bien conocida por todos (especialmente por Goya, Valle-Inclán y tantos otros que la han tratado y sufrido) y el otro a la España jocosa y relajada que gusta de la variedad y de la vida alegre. 
Todo a punto para la función.
Julio Michel y Juan Antonio Sanz, los dos artífices de Libélula que arrancaron con el personaje, se sintieron atrapados por este segundo personaje, el Cristobita, también conocido como el Rey de la Cachiporra, cuya alma vieron aparecer en los espectáculos de Robertos o de los Pulcinellas italianos que pasaban por el Titirimundi de Segovia. Fascinados por estas formas populares tan arcaicas como vivas e hilarantes, se lanzaron a crear sus propios cristobitas. Y para ello, bebieron de la tradición ibérica por excelencia: la Corrida de Toros, la historia del Barbero, y el juego de la princesa encerrada en un castillo, lleno de fantasmas, cocodrilos y demonios. 
El Castillo Encantado, el Cocodrilo y Cristobita.
Debo decir que con ellos he recorrido varias ciudades de Rusia, y que los he visto actuar en muchos lugares del mundo, siempre acompañándose de uno o dos músicos y siempre con un enorme éxito. 
Julio Michel explica lo que son los títeres.
Con los años, la compañía ha evolucionado y hoy cuenta con un cuerpo de dos duchos manipuladores, Juan Antonio Sanz i David Farac, un músico excepcional con el acordeón, Cuco Pérez, y un presentador de lujo que hace también las funciones de animador, Julio Michel. Los cuatro vinieron a Barcelona y nos ofrecieron unas funciones memorables que sorprendieron al público por la sencillez, la simpatía y el ritmo de unos títeres que rezuman gracia y sabiduría popular. 
El corredor frente al toro.
Trajeron una novedad en su repertorio: un Sanfermines con chupinazo incluido que hizo las delicias del público y que sirvió de antesala para la siempre tan esperada Corrida. 
Cristobita en plena faena.
Al encontrarse en Cataluña, donde los Toros están prohibidos, pidieron permiso al público, alegando que los titiriteros siempre han transgredido las normas y que no dejarían de hacerlo en aquella ocasión. Los espectadores parecieron encantados de que en efecto se rompiera la normativa vigente, tan estrecha en los temas del toreo, como es bien sabido, y aunque no hubo ni orejas ni rabos, los aplausos que ofrecieron a los titiriteros como premio de la faena fueron rabiosos, sinceros y entusiastas. 
 
Los Corredores de los Sanfermines.
Al acabar la función, y como ya es habitual en estas sesiones del Born, el público pudo subir al escenario y ver por detrás y de cerca los títeres y el retablo. 
Cuco y Juan Antonio con dos Cristobitas.
Los titiriteros, siempre dispuestos a mostrar sus secretos y a encandilar a niños y a mayores, mostraron todo lo que podía ser mostrado y se dejaron retratar con Cristobita, el cocodrilo, el diablo, los toros, los cabestros y los corredores, más algunas admiradoras. 
La titiritera Sonia Sánchez, Julio Michel, Rosa Férez y David Farac.
He aquí algunas imágenes tomadas al vuelo tras la sesión de Cristobitas.
Juan Antonio Sanz y Néstor Navarro


 
Julio Michel con Cristobita. Tres instantaneas.