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miércoles, 3 de julio de 2019

'Giù la maschera’, exposición en Pordenone, Italia



Gioppino. Marioneta de Mario Perozzi, finales s.XIX, inicios s.XX.
Se pudo ver del 13 de abril hasta el 12 de mayo de 2019, en el exconvento de San Francesco de Pordenone, en la región del Friuli, Italia, la exposición ‘Giù la maschera’dedicada al rico patrimonio de los personajes o héroes populares del teatro de títeres en Italia, allí llamados ‘máscaras’ como es costumbre hacerlo con los personajes de la Comedia del Arte.


Fanacapa, de Verona, y Gioppino, de Bérgamo.

Máscaras que no son tales, pues son todos títeres o marionetas, algunas con máscaras y otras sin, pero que en este artículo llamaremos ‘máscaras’ entre comillas, para distinguirla de la palabra española que indica la doble cara que se pone en el rostro para cambiar de identidad. Aclaraciones necesarias para quienes desconozcan esta terminología teatral del país vecino.

Una exposición fundamental para entender la complejidad de las riquísimas tradiciones titiriteras en Italia, sin parangón en ninguna parte de Europa. 


Claustro del exconvento de San Francesco durante la representación de Gianluca di Mateo.
Junto a la exposición de Pordenone, tras una primera estancia en la vecina ciudad de Cordenons (donde estuvo expuesta del 26 de enero al 27 de febrero de 2019), los organizadores han ofrecido a la ciudad de Pordenone un nuevo festival, que pretende ser bianual, y que han titulado MAgicaBUra!, Festival de Teatro di Figura. Un festival que en este caso complementa e ilustra a la perfección la temática expositiva, pues todos los espectáculos han girado alrededor del mundo de las ´máscaras’. Para saber más sobre el Festival y los espectáculos programados, vean los distintos artículos aparecidos en Titeresante aquí.

Conviene indicar quienes son estos organizadores que cada año proponen una exposición diferente (hace dos años fue la exposición Rutas de Polichinela, llamada allí ‘Le Estrade di Pulcinella’, que trajo la producida por el TOPIC de Tolosa complementada por algunas ‘máscaras’ italianas, y que fue tratada largamente en Titeresante (ver aquí) y en este blog (ver aquí), organizadores que se lanzan además a la aventura de organizar un Festival. Se trata de la compañía Ortoteatro, que dirige Fabio Scaramucci, uno de los polos teatrales más activos e interesantes del noreste de Italia, y de Walter Broggini, el titiritero e ideólogo de este programa de exposiciones y eventos llamado ‘El Fantástico Mundo de los Títeres’, con cuatro iniciativas en su haber ya realizadas en los últimos años.


Walter Broggini presenta la exposición.

Lo más interesante de la presente exposición es que no se va a quedar sólo en la región italiana del Friuli, sino que también podrá verse en España, concretamente en el TOPIC de Tolosa, durante el próximo otoño e invierno, y más tarde, ya en la primavera del 2020, en el Museu da Marioneta de Lisboa. Se trasladará luego al Museo de Marionetas de Lubliana, en Eslovenia.


Idoya Otegui con Brighella, marioneta de finales del 700, inicios del 800.

Una exposición de gran importancia, pues es quizás la primera vez que se exponen las principales ‘máscaras’ con la voluntad expresa de destacar la inmensa riqueza de este patrimonio en Italia, donde prácticamente cada ciudad importante tiene a su héroe particular, un personaje que busca representar los trazos simbólicos propios de su lugar de origen, y en cuya imagen y formas de ser y de hablar, los lugareños se sienten representados y se identifican con suma facilidad. 

Algunas de estas ‘máscaras’ proceden del repertorio de personajes de la Comedia del Arte, como Pulcinella, Arlechino, Pantalone, Brighela, Il Capitano, Il Dottor Balanzone o Tartaglia, todas ellas con sus máscaras características. Pero el resto de personajes son héroes nacidos en el siglo XIX, hijos del cambio de época que representó la llegada de los nuevos ideales revolucionarios, y que la invasión napoleónica expandió. Estos nuevos personajes no llevan máscara, por una razón muy simple: era mal vista por los espíritus avanzados de la época, que la consideraban un anacronismo propio del Viejo Régimen aristocrático. Sin duda llevar máscara sería visto como un signo de encubrimiento y de doble moral, una reminiscencia decadente de oscurantismo y fasto barroco.

De hecho, Napoleón prohibió el uso de las máscaras en el teatro, lo que explica que el teatro de la Comedia del Arte con sus personajes haya sobrevivido sólo en el teatro de títeres, único lugar donde las máscaras podían actuar.

 
Brighella y Arlecchino, durante la representación de Pietro Roncelli, de Bérgamo.

Este hecho ha conferido al teatro de títeres popular de los siglos XIX y XX la enorme responsabilidad de mantener vivo un patrimonio literario, escénico e icónico de enorme importancia, que algunos titiriteros, como es el caso del gran maestro Romano Danielli de Bolonia, llaman el Teatro Clásico de los Títeres en Italia. 

La voluntad de Walter Broggini de dar énfasis a la enorme variedad patrimonial de ‘máscaras’ existentes en Italia, esta especie de ‘reserva natural de los títeres’ única en Europa, se manifiesta en los mapas que aparecen tanto en el catálogo como en la exposición. Un modo de situar a cada personaje en el tiempo de la Historia pero también en la Geografía del espacio, mostrando así una distribución territorial que tiene que ver con la cultura, la historia, la lengua, los dialectos y la realidad humana de las diferentes ciudades, reinos, repúblicas y regiones que conforman el aglomerado de lo que a finales del siglo XIX acabó siendo Italia. 


Mapa de Italia con ‘máscaras’ y localidades.

De todo ello habla esta exposición, con los rostros mudos de las ‘máscaras’ tan llenos de expresión y de su poderosa carga de energía potencial. En su quietud, hablan a través de sus miradas y de sus rasgos nobles o exagerados la mayoría de las veces, pues como es común en los títeres, viven la tensión que les pusieron sus autores, que buscaban la síntesis expresiva de la caricatura y del exceso.


Sandrone, de Modena.

De los personajes que se inclinan por lo grotesco, aparte de Pantalone o el Dottor Balanzone, siempre muy exagerados en sus rasgos, o de Brighella, considerado en muchos casos como el más bruto o villano de la pandilla, o del mismo Arlecchino, siempre excitado y lleno de profundas reminiscencias diabólicas y animalistas, yo destacaría, a la máscara de Sandrone, un personaje del que los titiriteros gustan y sacan mucho jugo, por sus rasgos patanes, toscos y rústicos, aunque sinceros. Magnífico fue el coro de Sandrones que pudimos gozar a cargo de la compañía ‘aumentada’ de Romano Danielli, un verdadero festín de voces y rostros, del que se habla en un artículo publicado en Titeresante (ver aquí).


Pantalone y Gioppino.

Claro que Gioppino no le va a la zaga. Tiene fama de aguerrido y belicoso, provisto de sus tres espectaculares bocios, pero bajo su apariencia estrafalaria, es un ser noble y bueno. Tiene la inocencia del rústico, y de hecho así lo pudimos constatar en la representación que nos ofreció el maestro Pietro Roncelli, que llegó de Bérgamo para participar en el encuentro de ‘máscaras’ (ver aquí).


Pampalughino y Tascone, de Tortona.

También Tascone, el rústico inventado por Pepino Sarina en Tortona, tiene rasgos de patán tosco, y de hecho comparte con Sandrone boca y dentadura similares.


Bargnoclo.

Bargnoclo y Flema son dos ‘máscaras’ singulares de aspecto patético y decadente, aunque siempre divertidos y paródicos, uno por su enorme verruga, fruto de la imaginación del maestro Italo Ferrari, de Parma  (1877-1961), y el otro por el grueso moco que le cuelga de la nariz, creado por Angelo Cuccoli, de Bolonia (1834-1905), a modo de pareja cómica de Fagiolino.


Flemma.

También Barudda, de Génova, creado por Luca Bixio llamado Il Cincinnina (1801-1879), tiene una personalidad fuerte e intempestiva, como muestran sus rasgos algo groseros y rústicos.


Barudda, de Génova.
Famiola.


Interesante es el personaje de Famiola, de Pavía, que ya estaba en activo en 1811, según indican documentos de la época. Será adoptado como protagonista por Gaspare Carlo Gioacchino Colla, llamado Giuseppe (1805-1861), iniciador de la saga familiar de los Colla, una de las más importantes y longevas del país. Por lo visto era un rebelde que no dudaba en sacarle la lengua a quién se lo merecía.


Fagiolino, de Romano Danielli, durante la representación en Pordenone.

Luego están los héroes divertidos y simpáticos, más listos que el hambre, aunque por lo general bastante irreflexivos: Fagiolino, de Bolonia, uno de las ‘máscaras’ más importantes, por la vida y actualidad que aún mantiene, pues son varios los maestros actuales que lo manejan y le sacan un provecho enorme. Una de sus especialidades es el buen uso de la cachiporra. Por lo visto ya existía en la época de la Comedia del Arte, aunque no lleva máscara alguna.


De izquierda a derecha, Gioppino, Fagiolino, Sganapino y Meneghino.

A su lado, aparece otro personaje espabilado, Sganapino, cuyas ocurrencias siempre hilarantes le dan un gran protagonismo, de modo que comparte con Fagiolino una buena amistad y el favor entregado del público.



Baciccia, marioneta de la familia Pallavicini, finales del 900. Génova.

Baciccia della Radiccia es la ‘máscara’ principal del teatro de títeres y de marionetas de Génova, obra de Raffaele Pallavicini (1874-1957), simpático, listo e intrépido, siempre a punto de liarse en cualquier aventura, en las que actúa con bondad y justicia.


Gianduja, de Turín.

Y no podríamos dejarnos a Gianduja, la ‘máscara’ de Torino y del Piamonte, nacido a finales del siglo XVIII y fruto de la fantasía del titiritero turinense Giovanni Battista Sales y de Gioacchino Bellone di Oja. Un personaje que tuvo mucha importancia y presencia durante todo el novecientos en las dinámicas vicisitudes históricas del territorio de Saboya, desde donde se inició la unificación de Italia. Hoy perdura aún bajo el empuje de quien fue el último gran maestro turinés, Gualberto Niemen (1905-2003). Dispone incluso de un Museo que le está dedicado, obra del recientemente fallecido  maestro Giovanni Moretti y del crítico, profesor y estudioso Alfonso Cipolla (ver aquí).


Valerio Saccà con su Meneghino.

Meneghino, personaje que aparece tanto en el teatro de actor como en el de títeres, representa al pueblo milanés ya desde los siglos XVII y XVIII. Y a pesar de que a principios del novecientos se mantiene sólo en papeles secundarios del teatro de títeres, como nos indica Walter Broggini en el catálogo, hoy vuelve a renacer de la mano de jóvenes titiriteros que han decidido rescatarlo como protagonista: Valerio Saccà y Giorgio Rizzi. De este último, pudimos ver el estreno de la obra ‘Meneghino  e il Castello di Tremarello’, de la compañía 'C'è un Asino che Vola' (ver aquí). 

No hemos hablado de los personajes más famosos y longevos, las ‘máscaras’ principales de la Comedia del Arte, Pantalone, Arlechino, Brighella, Pulcinella…, que están muy bien representados en la exposición y que aparecieron también en los espectáculos del Festival. 


Paolo Papparotto con Arlechino y Colombina.

Importante citar la obra de Paolo Papparotto, uno de los maestros más importantes del Veneto, quien presentó ‘Lezione sulla commedia dell’arte (tre farse dull’amore)’ con Arlechino de protagonista (ver aquí). Igualmente la compañía Aprisogni de Treviso con ‘Arlecchino cavadenti’ (ver aquí). Y por supuesto, la representación de la compañía ‘ampliada’ de Romano Danielle ya antes citada, el gran maestro de Bolonia (ver aquí).


Romano Danielli, en el Auditorio Concordia de Pordenone.


Gianluca Di Matteo con los Guaratelle di Pulcinella, en plena actuación.

Nos faltaría para completar este cuadro le guaratelle di Pulcinella, la máscara napolitana, tan diferente de las anteriormente citadas: mientras estas se caracterizan por ser personajes de un teatro de texto, entre la comedia, el drama y la farsa, los guaratelle de Pulcinella participan de un lenguaje radicalmente diferente: musical, entregado al dinamismo y provisto de tanto movimiento que exige un importante vistuosismo manipulador. Por otra parte, el hablar de Pulcinella se canaliza a través de la lengüeta, con lo que el texto es casi superfluo, un simple acompañamiento de la acción.


Pulcinella de Bruno Leone.

Eso no significa que no hubiera obras con Pulcinella enmarcado en estructuras de comedia y de farsa, de hecho suele estar presente en el repertorio de este ‘teatro clásico de los títeres’, según palabras de Romano Danielle. Pero su característica principal es su capacidad de movimiento y su gestualidad exagerada. En Venecia era una figura muy vista, tal como nos lo indican las pinturas y los grabados de los Tiépolo. Sería interesante saber de qué iban sus obras, aunque por la crítica que les dirige Tiépolo, seguramente serían farsas más bien chuscas y obscenas, dignas de ser reprobadas. Para los ilustrados de la época, un triste síntoma de la evidente decadencia de Venecia.


Grabado de Giandomenico Tiepolo.

En el festival MAgicaBura! Estuvo presente bajo la diestra mano de Gianluca Di Matteo, uno de los actuales virtuosos que lo están llevando por todo el mundo (ver aquí). 

Atención, todavía faltan los personajes recién nacidos, pues el ecosistema de las ‘máscaras’ italianas estaría cojo sin la aportación de savia nueva, ya sea con practicantes jóvenes de los temas y personajes tradicionales, ya sea con la invención de nuevos nombres y figuras. 


Arestes Paganos.

La exposición muestra a dos: Arestes Paganos, creado en 1992 por Donatella Pau y Tonino Murro, de Caglari, Cerdeña, un personaje que representa al habitante de la llamada Barbagie, el centro de la isla, enmarcado en la cultura de la pecora, las ovejas, cuyo pastoreo constituye la dedicación básica y tradicional de los campesinos de la zona. Por eso lleva una máscara que recuerda la de los carnavales de Cerdeña y también la cara de una oveja.


Pirù.

El otro personaje nuevo es Pirù, creación de Walter Broggini en 1987, un titiritero formado en el teatro de títeres contemporáneo y habitante de una zona en la que no existe ninguna ‘máscara’ particular que la represente. Atraído por el reto de conocer y explorar el lenguaje del ‘teatro clásico de títeres’, pero con ganas de romper moldes y hacer algo nuevo, crea a Pirù, un personaje de rostro pintado casi como un indio de las praderas americanas de Hollywood, un clown de circo, o un punky de fantasía, una máscara pintada en realidad en el rostro, que le permite ser real e imaginario a la vez, participar de la doble condición de ser mito y realidad. Tuvimos la oportunidad de ver el espectáculo ‘Pirù e la vendetta di Teodoro’, que reseñamos en un artículo de Titeresante (ver aquí).

Il Catalogo.


No hay exposición que se precie sin catálogo, sobre todo en un tema como el que nos atañe, donde es tan importante mostrar y fijar el repertorio de las ‘máscaras’, es decir, mostrarlas a modo de inventario visual de las mismas. 




Para ello ha realizado Broggini un exhaustivo trabajo de exposición y de síntesis, y a la vez de clarificación en la procedencia de cada uno de los personajes, con mapas que nos indican claramente los orígenes, y con imágenes de impacto que nos muestran a cada uno de ellos según versiones de diferentes titiriteros. Por otras parte, cada una de las ‘máscaras‘ tiene un nutrido y documentado texto explicativo, donde se indican los autores, sus fechas de nacimiento y los pormenores básicos de su vida en el tiempo y en el espacio. Al final, un índice de nombres nos reseña la procedencia de cada una de las piezas expuestas.


Walter Broggini y Roberta, directora de producción de Ortoteatro.

Il Catalogo contiene en el inicio varios textos, todos ellos de gran importancia. El primero a cargo del comisario de la exposición, Walter Broggini, quien nos presenta las intenciones y el contexto en el que nos vamos a mover (vean aquí). Le sigue un texto de un enorme valor, al tratarse del testimonio de uno de los grandes maestros aún en activo, Romano Danielle, de Bolonia, repleto de valiosas indicaciones y con opiniones personales impagables. Quien suscribe estas líneas fue invitado a escribir una visión externa de este tremendo patrimonio tan poco conocido en Europa y resto del mundo. Y por fin, Alfonso Cipolla, director del Museo de Gianduja y del ‘Istituto per i beni Marionnettistici e il Teatro Popolare, nos explica lo que es este instituto y nos sitúa en el contexto del Museo di Gianduja de Turín.

sábado, 26 de mayo de 2018

Peppino Sarina: obra y títeres

 (Hermano de Brighella, títere de Peppino Sarina)

Tras la presentación del Estudio Sarina en Tortona, de cuya inauguración dimos noticia en un anterior artículo (ver aquí), y dada la importancia del legado que se conserva de este importante titiritero, vamos a extendernos en la obra y en sus títeres afín de darlo a conocer a público de habla española.

Riqueza del patrimonio titiritero en Italia

Antes de entrar en el mundo Sarina propiamente dicho, vale la pena considerar el entorno y descubrir la inmensidad del patrimonio titiritero italiano, de una tal magnitud que bien podríamos considerar a este país como una especie de ‘Reserva Natural de los Títeres’, sin parangón alguno con otros países europeos. Hablamos de Patrimonio, es decir, del legado dejado por un sinfín de maestros titiriteros, algunos aún en activo, aunque la mayoría fallecidos o ya sin actividad. Nos referimos a la gran oleada de creatividad titiritera que se vivió en Europa y muy especialmente en Italia durante el siglo XIX hasta la mitad del XX, una realidad que tiene sus raíces en la potente actividad teatral de la Comedia del Arte surgida en el siglo XVI.


Balanzone, de Peppino Sarina.

En efecto, a las máscaras clásicas de la Comedia, se le añadieron en el siglo XIX una multitud de nuevos personajes (que los italianos siguen llamando ‘máscaras’, aunque la mayoría ya no se cubrían el rostro con ninguna máscara), al mismo tiempo que en toda Europa nacía una segunda generación de ‘Polichinelas’ (entendidos en su acepción amplia de títeres populares) con nuevos nombres, rostros y características, en sintonía con el surgimiento de las naciones de la época, de modo que hubo una identificación de estos personajes con su correspondiente realidad nacional: Punch and Judy en Inglaterra, Guignol en Francia, Kasperl en Alemania y Austria, Jan Klaassen en Holanda, Mester Jakel en Dinamarca, Kasparec en Checoslovaquia, Petrushka en Rusia, Vasilache en Rumanía, Vitez Lazlo en Hungría, Dom Roberto en Portugal, Perico en Cataluña, Don Cristóbal Polichinela en España, Pierke, Tchantches y Nanesse en Bélgica, por citar a los más conocidos.

 
Arlechino, de Peppino Sarina.

Las principales nuevas máscaras nacidas especialmente en el norte de Italia son Facanapa en Verona, Tartaglia en Verona y también en Nápoles, Gioppino en Bérgamo, Paci Paciana en Bérgamo, Meneghino en Milán, Pampalughino y Tascone en Lodi-Tortona, Doctor Balanzone, Gagiolino y Sganapino en Bolonia, Sandrone en Modena, Bargnocia en Parma, Gianduja y Testafina en Torino, Baciccia en Génova, Stenterello en Firenze y Peppe Nappa en Catania. Más tarde habría que añadir al más contemporáneo Pirù, de Walter Broggini, de Varese, o a Areste Paganos, de la compañía Is Mascareddas, de Caglari. Estos personajes se juntaron a las máscaras clásicas como Pulcinella, Arlechino, Brighella, Pantalone, Colombina o Il Capitano. Y mientras las viejas llevan siempre sus rostros cubiertos con sus máscaras particulares, en las nuevas se impone la cara al descubierto, una modalidad asociada a las nuevas ideas revolucionarias de Francia que ven un atraso y algo propio del Antiguo Régimen el hecho de taparse con máscaras.

 
Gioppino padre, de Peppino Sarina.

Al ser Italia un país muy fragmentado, que no se unificó en lo que sería una nación moderna hasta 1861, se entiende que cada localidad, por pequeña que fuera, buscara un rostro y una personalidad que la definiera como personaje emblemático hablando cada uno en el dialecto local que le corresponde. De ahí la extraordinaria riqueza de rostros, nombres, matices y particularidades de los títeres italianos a mediados y finales del XIX, algo único en Europa.

El caso de Peppino Sarina

Es en este contexto de efervescencia teatral y titiritera de las sociedades y distintas culturas italianas, donde emerge la figura de Peppino Sarina (1884-1978), hijo y nieto de titiriteros (el abuelo Andrea y el padre Antonio) crecido en un ambiente de creatividad artística, pues toda la familia vivía inmersa en el mundo de los títeres, de la música, de la pintura y del teatro.

 
Rinaldo, de Peppino Sarina.

El caso extraordinario de Giuseppe, más conocido como Peppino, es el de un autodidacta capaz de dominar varios instrumentos, de escribir música (compuso varias óperas, libretos y música incluida), una gran cantidad de obras compuestas de muchos episodios, y provisto de una vitalidad y un conocimiento del oficio que lo hizo famoso en las regiones del Piamonte y de la Lombardía donde solía actuar. Quizás su título más importante sea el del Ciclo Carolingio de los Paladini e Reale di Francia, con 120 episodios que podían ocupar una temporada teatral entera en un mismo lugar. Es el único titiritero del norte italiano que incorporó el repertorio propio de la Opera dei Pupi del sur napolitano y siciliano tras adaptarlo a la modalidad técnica del títere de guante, y con una fidelidad estricta a las versiones clásicas de la historia.

 
Ruggero, de Peppino Sarina.

Su máscara o personaje principal fue Pampalughino, alegre e irresistiblemente cómico, masticador empedernido de tabaco, lengua viva y afilada, con el color rojo como dominante, tanto en el vestido como en el gorro que lleva una orla que hace girar locamente en los momentos álgidos de la función.

 
Pampalughino, de Peppino Sarina.

Pampalughino tiene a un fiel compañero, Tascone, bebedor y fumador de pipa, una especie de alter ego suyo, al igual que Gnafron lo es en relación a Guignol o Sganapino con Fagiolino en Bolonia. Paralelo en cierto modo al Sandrone de Módena. Fuerte, honesto y bueno, se decía que su brazo era poderoso e invencible (con un doble sentido sexual para los adultos). Rústico y algo simplón, era por ello mismo muy querido por el público, de tal modo que Sarina lo introdujo también en la serie del Ciclo Carolingio, en la que hacía de escudero del paladino Astofo. En este contexto, aparece casado con Gigia y tiene un hijo llamado Bùrtul. Aparece con un oso al que hace bailar con su pandereta. Lleva un traje marrón y un gorro de tipo militar.

 
Tascone, de Peppino Sarina.

Peppino Sarina escribió, además de las obras caballerescas, un sinfín de dramas históricos y costumbristas, comedias y farsas. Todo este material se ha conservado gracias al mismo maestro que al dejar de actuar en el año 1958, dedicó el resto de su vida a ordenar su obra con la intención de donarla a la ciudad de Tortona, consciente de lo ingente de su trabajo y de que era uno de los últimos en ejercer la profesión titiritera a la vieja usanza. De ahí que sus más de 600 títeres, con todos los instrumentos y utensilios complementarios y de atrezzo, los 'copiones' (las obras escritas de sus espectáculos), los decorados y los carteles, constituyan una colección única en su género, un legado exhaustivo de tres generaciones de titiriteros que nos hablan de la historia teatral y cotidiana de más de un siglo de actividad, y del oficio de los títeres tal como se practicaba entonces.

 
Decorado de Peppino Sarina.

La exposición permanente del Estudio Sarina en el Pallazzio Guidobono es la punta del gigantesco iceberg que la Asociación Sarina nos deja entrever. Se encuentra en una sala con dos grupos de personajes expuestos: algunas de las máscaras utilizadas por el maestro en un lado, y algunos de los personaje caballerescos del Ciclo Carolingio en el otro lado. Todo ello envuelto de preciosos decorados pintados por Sarina más algunas fotografías de la familia acompañadas de textos donde se los inserta en la historia. La sala contigua, correspondiente a la exposición temporal, está dedicada a los 'Espíritus Infernales', es decir, los diablos, serpientes, dragones, y personajes fantásticos, malditos o embrujados que Sarina gustaba introducir en sus obras, parte fundamental de las historia y con éxito asegurado en el público.

 
Espítitu Infernal, de Peppino Sarina.

Y hay que decir que realmente impacta y sorprende tal profusión de seres de espanto, una mezcla maravillosa de ingenuidad y de truculencia, de imaginación popular de raíces católicas y paganas, vigentes en los escenarios europeos hasta que el cine y la televisión impusieron el realismo de las imágenes de dos dimensiones frente a las tres de los títeres capaces de despertar de inmediato el teatro imaginario de los espectadores.

 
Espíritu Infernal, de Peppini Sarina.

Espacios como el Estudio Sarina de Tortona nos dan perspectivas nuevas de lo que fue y de lo que se sigue haciendo en los escenarios titiriteros del mundo, aunque hoy se haya abandonado el retablo y las figuras aparezcan como a cada titiritero le da la real gana. Que así sea y por muchos años.

 
Diablo, de Peppino Sarina.