jueves, 7 de agosto de 2014

La Feria de Ladra, el Museo Militar, los tranvías y una noche de fados en Lisboa

Títeres y ciudades son el objeto declarado de estas Rutas. Unas veces, se imponen los títeres, y en otras, las ciudades. Habiendo sido Lisboa escenario de mis andanzas titiriteras durante todo el mes de julio, es lógico que exija una atención, que gustoso le otorgo. No es la primera vez que ello ocurre y tampoco será la última.


Nos detendremos en este artículo en algunos detalles. Objetos, imágenes y momentos, que distribuimos en unos cuantos escenarios. Cualquier ciudad los tiene a montones. Pero si importa detenernos en ellos, es para interrogarlos.  En ocasiones la ciudad habla claro. En este sentido, Lisboa es una ciudad parlanchina que habla a través de sus poros y de sus muchas superposiciones, lógicas al existir tantos desniveles.

Feria de Ladra.

Su significado tiene gancho: la Feria de la Ladrona. Nos lanza a bocajarro el lado oscuro que cualquier mercado de viejo esconde en sus entrañas. Antiguamente era así: un lugar donde ventilar lo que se adquiría de modo turbio. Pero la actualidad es fiel a sus raíces: ¿acaso lo que se compra y se vende tras desahucios, ruinas o defunciones, no transcurre en los márgenes sociales de lo legal y lo cotidiano? En una época económicamente dura como la de hoy en el sur de Europa, la Feria de Ladra muestra, con descarnada objetividad, las entrañas abiertas en canal de la sociedad lisboeta. 


Los objetos aquí nos hablan de historias íntimas, sentimentales unas veces, dramáticas otras. Carencias, ruinas, mensajes crípticos, secretos fosilizados, embrujos, viejos esplendores, amores, grandes lecciones de Historia y Geografía, y perfiles humanos apenas esbozados. La canción por excelencia de la ciudad casa perfectamente con la música de estos objetos: el fado. 

A veces las composiciones, a modo de collages realizados con los objetos, constituyen verdaderas obras de arte de autoría anónima, que el observador debe encuadrar con la mirada –o con la cámara fotográfica– para poder apreciar su belleza. Son relatos fragmentados de narraciones de tiempos largos –los tiempos distintos que cada objeto encarna– que exigen asimismo observaciones sin prisa, para dejar que se desgajen sus múltuiples significados.

Pero los tapices que los vendedores despliegan y llenan de todo tipo de objetos, enseres y cachivaches, son también verdaderas radiografías del país y de sus sociedades. Como en toda la Europa del Sur, también aquí las clases medias, cada día más desclasadas, se desprenden con melancolía de propiedades y pertenencias. 

Quería mencionar en este punto la fiesta alegre y melancólica de cierre de la casa de los abuelos de mi amiga Ana Lisboa, en la Avenida da Libertade, junto a los Restauradores, que me pareció un homenaje y una despedida a una época que se acaba. Un magnífico piso ya vacío en un edificio cerrado y a punto de ser demolido, para construir en su lugar algún hotel o algún complejo de marcas multinacionales. Las habitaciones, todas vacías, contuvieron en su día muebles valiosos y vidas intensas de las de antes: sus abuelos fueron músicos, y sus padres cantantes de ópera. Hoy, ya sólo queda el viejo piano de cola, a modo de testimonio de otras épocas. ¿A dónde fueron los objetos que llenaban la casa? Quizás algunos de ellos se exhiben mezclados entre los enseres que llenan los tapices en el suelo de la Feria de Ladra…


Imágenes de la casa de los abuelos de Ana Lisboa.
Pero en el ecosistema planetario, todo se retroalimenta. Lo que pierden las familias en una ciudad, se recicla y se exhibe en hogares de otras clases medias, locales o foráneas, las pudientes o en estado de emergencia del planeta. Como ocurre con la energía, lo que muere y se destruye sobrevive bajo otras formas y significados en el equilibrio mercantil del mundo. Y así, lo que para unos es viejo recuerdo de los abuelos, entrañable posesión de un relato familiar, para otros es excentricidad singular de bajo coste pescada al vuelo. Los caídos residuos se convierten entonces en nuevos tesoros, expuestos con orgullo en casas y vitrinas por quienes los han encontrado y comprado. 



Los tiempos así se suceden y se superponen, lo nuevo substituye a lo viejo, y en lo esencial pocas cosas cambian. Interesante que los relatos de las jóvenes generaciones se escriban con elementos reciclados de las viejas. O quizás lo nuevo no sea más que un poco de lo viejo algo más gastado, condenados todos a esa espiral de banalización a la que la época actual nos tiene condenados…


El Museo Militar.

No es poca broma. Se trata del museo más antiguo de Lisboa, iniciado en 1842 en el Arsenal Real del Ejército, con el objetivo de guardar los “modelos de máquinas, aparejos y objetos raros y curiosos”.  Se llamó al principio Museo de Artillería, hasta que en 1926 cambió por su actual nombre. 

 
Pequeño cañón "obús" con adorno chino del s.XVIII. Museo Militar de Lisboa.
Vale la pena visitarlo. ¿Cómo entender, sino, a este país pequeño y longevo que supo construir un imperio cuyos territorios más se asemejaban a una estiradísima tela de araña que a cualquier otra cosa?

Bombarda grossa "Peça de Malaca", India, s.XVI. Museo Militar.
Centenares de puertos de amarre a lo largo de miles de kilómetros de costa a través de todos los mares: el Atlántico, el Índico, el Pacífico… ¿Adónde no llegaron los navegantes portugueses? Descubridores de rutas y tierras, suyas son las épicas de la primera globalización del planeta. Camoens, a través del poema épico Os Lusíades, cantó estas epopeyas con elevada inspiración. 

Cañón fundido en Goa, s.XVI. Museo Militar.
Por eso la visita al museo Militar debe ir acompañado de la del Museo de la Marina, situado al otro lado de la ciudad, también mirando al Tejo, que ocupa una de las alas –la occidental– del Monasterio de los Jerónimos. Y, si me apuran, con la del Museo de Oriente, ya comentado en este blog. Los dos primeros tienen una enorme ventaja frente a los demás museos de la ciudad: están prácticamente vacíos. Parece que a los turistas no les importan demasiado estos aspectos de la cultura portuguesa relacionados con los dioses Marte y Mercurio. ¿Y qué mayor lujo y placer podemos esperar de una ciudad que visitar sus museos sin que nadie nos importune, con todo el espacio –que es tiempo– por delante?

Caballero con lanza. Museo Militar.
Nos asombramos así al descubrir una presencia de la figuración humana mucho mayor de la esperada, como esos cañones hechos en la India con caras incrustadas, o esas estatuas que parecen salir de los libros de caballería o de alguna Máquina Real del siglo XVII y XVIII.

Patio del Museo Militar de Lisboa.
El mundo de las miniaturas también está representado en estos museos, a través de sus múltiples maquetas, verdaderas maravillas que representan los medios de transporte utilizados, carabelas, galeones, fragatas, o las sofisticadas armas de épocas anteriores. 

Nave 'tafoeira', utilizada para el transporte de caballos y también como navío de guerra. Siglos XV y XVI. Museu da Marinha de Lisboa.

Una larga historia de viajes que duraban años o incluso vidas enteras. En escenarios impensables y a distancias mayúsculas. El espíritu navegante y descubridor del portugués denota altas dosis de curiosidad además de los afanes clásicos de conquista y enriquecimiento. Pero mantener esta red de enclaves, puertos y ciudades requería una eficaz presencia militar capaz de actuar con suficiente celeridad. De ahí el interés en conocer algunos de los pormenores de estas necesidades perentorias. 

Esas viejas cafeteras.

Así los definió un amigo mío, impresionado por la mole metálica de estos ancianos del transporte moderno sobre vías. Me refiero a los tranvías. Todavía aguantan, sin que el paso de los años les prive de movimiento. Muy al contrario, se mueven como diablos juveniles por las calles de la ciudad. Uno de los iconos más logrados y redondos de Lisboa. 


Cuando se paran, son pesos muertos relajados en absoluto silencio. Luego, arrancan con un despliegue de sonoridad alegre y tronante, de hierros que chirrían y timbres que anuncian el paso de su imponente tonelaje. Su música me traslada a la Barcelona de mi infancia, cuando bajo el balcón de casa pasaban los tranvías a todas horas. 

Su exotismo se vende muy bien en el mercado turístico y, para martirio de los lugareños, son tomados al asalto por los turistas que los ocupan sin pudor alguno. Para ellos, son un precioso anacronismo, una diversión. Me cuentan que en algunas ocasiones, para satisfacer la demanda de los imponentes cruceros que atracan en los muelles del Tajo, prácticamente todas las unidades existentes son alquiladas para pasear a sus clientes. 


Viejas cafeteras, artefactos pasados de moda e inviables, para unos. No para mí. Pero además, emblema y negocio redondo, de los que cunden como lluvia fina para la ciudad.
Su rodar por las vías de las calles empinadas de Lisboa escribe un tiempo “al ralentí”, ese que todos buscamos, pero que las ciudades modernas se empeñan en negar. Que hayan pervivido aquí denota no pocas dosis de inteligencia estratégica –aunque hayan sido más la suerte y la desidia las verdaderas causas de este logro, supongo.

Sería bueno ampliar las rutas, aprovechando que todavía quedan muchas vías hoy en desuso, e importar los viejos cacharros que las avanzadas ciudades europeas se han desprendido mandándolos al cubo de basura de la historia. Un parque móvil dominado por los viejos tranvías aliviaría el tráfico y aumentaría aún más el interés de la ciudad. 

Objetos de un teatro locomotor, los tranvías son pequeños escenarios rodantes de algo que se escapa del tiempo. No es tiempo pasado, pero tampoco es el que huye sin dejarse aprehender. Tiempo de carromato mecánico, de caballos de potencia eléctrica que se dejan cabalgar por la ciudadanía. Son también uno de los actores de mayor éxito en esta ciudad teatro en la que Lisboa busca convertirse. 


Una maldición, dirán unos. El signo de los tiempos, dirán otros. Hoy, las ciudades del mundo compiten ferozmente para ofrecerse en el pujante negocio turístico. El verdadero éxito sería hacer compatible el teatro con una vida digna en la ciudad. Pues, ¿a quién puede interesar una ciudad que sólo sirve a los turistas? Las modas cambian, y la calidad de vida es lo que acaba por imponerse. No me cabe la menor duda de que conseguirlo será, en el futuro, el mayor y verdadero logro de las ciudades que quieran seguir importando en el mundo. 

El Clube do Fado.

Pasé mi última noche en Lisboa en una casa de fados. La razón es que me gustan, seguramente porque pertenezco a una generación sentimental y démodée en los gustos. Algunos ignoran cuando no detestan este género de la canción portuguesa que cualifican de rancia, impostada y “típico”. A mí me gusta exactamente por las mismas razones, interesado como estoy en descubrir diferencias y singularidades entre las distintas culturas y ciudades de la Península.

El Clube do Fado se distingue de los demás locales de Lisboa por la variedad de los cantantes –cuatro por regla general cada noche– que van cambiando semana tras semana. Y también por la calidad asegurada de los mismos. Hay matices, como es lógico y bueno, pero me sorprendió el nivel de las voces y de los instrumentistas, de un gran virtuosismo. Otra característica del Clube es que incorporan un contrabajo, cuando lo habitual es que sólo haya viola y guitarra portuguesa. Acentuar los bajos da mayor gravedad a las letras: ayuda a puntuar los dramas y lo jocoso.


Es fácil teorizar sobre el Fado y el recurso a la Saudade, un tema muy manido cuando se habla de lo portugués. Pero como ocurre con las artes vivas de la música y de la voz humana, lo viejo y lo tópico vibran con vida nueva, a modo de regreso a los orígenes, en la verdad catártica del presente de su ejecución.

Pocas veces he visto los conceptos sentimentales de la Saudade tan bien encarnados como los vi y sentí en la voz de la cantante Cristiana Águas o, en lo que fue una agradable sorpresa de la noche, al menos para mí, en la voz de Henrique Leitão, el músico encargado de tocar la guitarra portuguesa aquella noche en el Clube do Fado. Su dominio del instrumento y de la voz, acompañándose él mismo en comunión con Pedro Punhal en la viola y Paulo Paz en el contrabajo, fue deslumbrante.


Quizás lo que tanto me atrae del fado sea esta mezcla de voz popular e incluso a veces barriobajera de la gente humilde de los barrios de Lisboa, que sin embargo se viste de impostación elegante y de distancia. El resultado es un registro que no duda en dejarse llevar por los arrebatos de la sentimentalidad más exacerbada para, acto seguido, pasar a la ironía de quien sabe que está jugando a la impostación y al desclase de las formas y los contenidos. Música, pues, para la catarsis sentimental, la distancia elegante y la ironía inteligente.

domingo, 27 de julio de 2014

Presentada la versión portuguesa del libro: ‘Rotas de Polichinelo. Marionetas e Cidades da Europa’

Los plazos se van cumpliendo y este blog se complace en informar sobre la presentación que tuvo lugar el viernes 25 de julio de 2014 a las 22:30h, en el claustro del Convento das Bernardas, en Lisboa, de la versión portuguesa del libro “Rutas de Polichinela. Títeres y Ciudades de Europa”, editado por el Museu da Marioneta de la citada ciudad. Con magnífica traducción de Carmo Calheiros, el libro acompaña la exposición “Rotas de Polichinelo” que se realiza hasta septiembre de 2014 en el Museu, fruto de una colaboración con el TOPIC de Tolosa. Como ya se ha indicado con anterioridad, un imponente mapa de Europa preside el despliegue de las distintas familias titiriteras de lo que es la gran Europa de Polichinela (ver artículo en Titeresante aquí. En este blog, aquí).

Claustro del Convento das Bernardas. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel.
Como se indica en el libro, se trata de una Europa ampliada y rica en historia y complicidades culturales, en la que caben países como Turquía, Líbano, Siria o Egipto, zonas que aparecen en el libro, con sus personajes Karagöz o Aragosi.


La presentación en Lisboa tuvo lugar después del espectáculo “Locuras de Putxinel·li”, en el que Toni Rumbau mostró algunas de sus rutinas polichinescas, que ya aparecieron en el espectáculo “A Manos llenas”, pero con un nuevo Polichinela esculpido por Marga Carbonell. Hay que decir que la obra conectó de inmediato con el público, que aplaudió el trabajo del titiritero, que puso voz y música portuguesa a los títeres, llenos de una extraordinaria energía.

En plena actuación.
Explicó Rumbau, al acabar el espectáculo, y tras las palabras introductorias de Maria José Machado Santos, directora del Museu da Marioneta, la génesis del libro que presentaba, sus tres años de redacción y viajes, así como algunos de los rasgos característicos de los principales personajes y ciudades tratados. Unas vicisitudes y unos itinerarios que este blog ilustra a la perfección.

Maria José Machado Santos, directora del Museu da Marioneta, presenta a Toni Rumbau.
Firmando un libro a Ana Lisboa.
Detrás del retablo.
Tras la presentación, hubo copa y picoteo, lo que permitió el agradecido solaz de los asistentes, agasajados con unos vinos de Portugal y unos deliciosos canapés que el Museu puso a su disposición. 

Juego de sombras durante la actuación. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel.
El escenario del claustro del Convento das Bernardas fue de nuevo el marco inigualable de un nuevo acto titiritero dentro del marco del proyecto Rotas de Polichinelo, llevado a cabo por el Museu da Marioneta. 

Satisfacción de los títeres, mientras los humanos charlan en el claustro. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel..

lunes, 21 de julio de 2014

Objetos, Museos y Casas-Museo en Lisboa y Coimbra.



Para los titiriteros amantes del mundo de los objetos considerados como receptivos de vivencias que nos hablan de otros tiempos y de otros espacios, una de las mejores maneras de conocer una ciudad es precisamente a través de sus objetos. Objetos especiales, claro está, que debemos buscar allá donde se ocultan: en determinados museos, en tiendas curiosas o especiales, en los mercadillos de viejo, en las casas-museo que la mayoría de las ciudades tienen abiertas al público, o en las mismísimas calles.

Farmacia china. Museo da Farmacia de Lisboa.
Lisboa es especialmente rica en cuanto a la variedad y a la calidad de los objetos capaces de definir determinados aspectos de su cultura y de sus intimidades psíquicas. Varias son las razones que lo explican. De entrada, la historia: Portugal fue el primer país europeo en crear un imperio comercial en países como la India, Indonesia y China. Claro que la Ruta de la Seda existía desde hacía mucho y las ciudades italianas fueron pioneras en adquirir las riquezas que venían de Oriente.

Cristo de marfil. Ceilán, s.XVI. Museo de San Roque, lisboa.
Pero el primer intento de instalarse en el Pacífico, con una confusa amalgama de intenciones que aunaba comercio con ocupación y evangelización, fue el de Portugal. Intentos de instalarse en unas regiones de poderosas culturas organizadas con experiencia en el comercio, un contexto muy diferente al que encontraron los españoles en América en esta primera etapa. Las consecuencias fueron una contaminación cultural difusa pero potente, y la llegada de múltiples objetos exóticos, muchas veces producidos por artesanos de los lugares donde se comerciaba, realizados  para el gusto y el consumo de Occidente. De ahí que el afán coleccionista venga ya de muy lejos, y que las colecciones que hay diseminadas por museos y casas privadas sean importantes y estén llenas de interés. 

Jarrón de porcelana china en la Casa-Museo del Dr. Anastácio Gonçalves.
Por otra parte, este lado intimista y nostálgico de la psicología lisboeta, que el tópico define como Saudade y que encuentra su expresión en el Fado y en tantas otras manifestaciones populares –característica en la que tanto ha influido la lejanía de los territorios descubiertos y la duración de los viajes– , influye sin duda en el surgimiento de tendencias en el diseño y en los estilos decorativos que tienen que ver con la recuperación de lo antiguo entrañable, que situado y visto desde nuevos contextos de actualidad, se convierte en exquisita relectura de lo propio. Tal sería el caso del éxito de las tiendas que llevan el nombre A Vida Portuguesa, especializadas en objetos de todo tipo rescatados del olvido. Una moda retro de exquisito gusto que se ha convertido en un negocio de éxito.

"A Vida Portuguesa" de Intendente.
Reproduzco el primer párrafo del “Manifiesto” publicitado por A Vida Portuguesa, que parece extraído de un manual sobre Teatro de Objetos: “Acreditamos que os objectos são capazes de contar extraordinárias e reveladoras histórias. Sobre um povo e os seus gostos peculiares, sobre uma sociedade e o seu contexto, sobre uma história que é afinal uma identidade comum. E, porque conhecemos – como não? – o infinito poder da saudade, outorgamos também aos objectos esse condão mágico de, como uma certa madalena, acordar sensações e lembranças em cada um de nós. Revelar-nos portanto.”

Algunos museos.

Son muchos los museos de Lisboa que pueden llegar a interesarnos desde el punto de vista de los objetos y de las marionetas. Ya he hablado anteriormente con prolijidad del Museu da Marioneta, situado en el Convento das Bernardas, dotado de una hermosa capilla donde se hacen actuaciones y exposiciones temporales –como la que se realiza actualmente de Rotas de Polichinelo– y del maravilloso claustro que se convierte en escenario de muchos espectáculos, y muy en concreto del ciclo polichinesco que acompaña la exposición. 

El Claustro del Convento das Bernardas, con los Robertos durante la inauguación  de Rotas de Polichinelo.
Vamos a detenernos ahora en el Museo de Oriente. Y es que vale la pena visitarlo para comprender la importancia que Oriente ha tenido en la cultura portuguesa. Prácticamente todo él está dedicado a resaltar esta influencia y a explicar las complejas relaciones que hubo entre culturas tan diferentes. Y aunque aquel gran primer momento de la expansión lusitana por el Pacífico duró poco, quedaron Goa, Timor y Macao como enclaves permanentes que posibilitaron la fluidez de los intercambios y de las influencias.

Biombo chino de tema portugués. Museu do Oriente.
Curioso que desde su abertura, el Museo de Oriente haya mostrado siempre un gran interés por las marionetas y el teatro de sombras. Así se ha podido comprobar en sus distintas colaboraciones con el festival FIMFA, y en las exposiciones realizadas hasta ahora. Una sensibilidad tan receptiva a estos géneros teatrales sólo se explica por este conocimiento profundo de las culturas orientales, que sin duda constituye uno de los matices más preciosos de la singularidad lusitana y lisboeta en particular. 

Abanico chino para consumo portuguiés. Museu do Orriente.
En estos momentos, además, tiene lugar una exposición sobre Teatro de Sombras, con piezas todas ellas propiedad del coleccionista Jacques Pimpaneau, capaz de ocupar todo el segundo piso del Museo. 

Condenados en el infierno. Teatro de Sombras Chinas. Museu do Oriente.
Exposición exhaustiva y de un gran interés –por cierto, que la misma o parte de ella estuvo expuesta en el Caixaforum de Barcelona y de Madrid, según me consta–, cuenta con piezas  realmente valiosas, como son las siluetas chinas pertenecientes a la obra “Mulian desciende a los infiernos para salvar a su madre”, de la provincia de Shaanxi. 

Diablo.Teatro de Sombras de China. Museu do Oriente.
Se trata de un conjunto de figuras que reproducen escenas del infierno, con multitud de diablos y de torturas, que no se alejan demasiado de las bien conocidas descripciones infernales de la Iglesia o del mismo Dante. Por lo visto, y tal como nos indican las explicaciones del museo, se trata de una obra “representada en los funerales para evocar el origen del ritual ejecutado para salvar a las almas de los infiernos”.

Infierno. Teatro de Sombras de China. Museu do Oriente.
Otro capítulo a destacar sería el del Museo Etnológico, situado por encima del monasterio de Os Jerónimos, en Belém. También aquí hay una buena colección de marionetas, africanas y de la India,  muy dignamente presentadas, como pude comprobar en una visita reciente. Adjunto algunas imágenes de las mismas.


Marionetas de Mali. Museo Etnológico de Lisboa.
La Casa-Museo del Dr. Anastácio Gonçalves.

Como antes insinuamos, las casas-museo son lugares secretos donde suelen esconderse riquezas insólitas y desconcertantes. Las hay famosas, como la de John Soanes en Londres, casi un arquetipo de casa-museo, sobre todo por la exigencia de su dueño en las condiciones de entrega a la ciudad: no tocar nada y respetar el orden y el emplazamiento de todo lo que contienen sus dependencias. Quizás adivinaba Soanes y se protegía así de las futuras modas museísticas que abominan de la aglomeración de los objetos, a diferencia del gusto de los antiguos, para quiénes la superposición, al fomentar las intersecciones de cuadros, muebles, objetos y otras singularidades, propiciaba el conocimiento y la creatividad.

Casa Malhoa, donde se encuentra la Casa-Museo del Dr. Anastácio Gonçalves.
Hoy es casi imposible encontrar casas-museo donde se aplique este criterio de respeto absoluto a los antiguos dueños. Los imperativos de la corrección pedagógica y las normativas de buenos usos sociales del patrimonio lo impiden.

Retrato del Dr. Anastácio Gonçalves. Obra de José Malhoa.
Pero aún así, siempre es posible encontrar casos interesantes que a pesar de las inevitables intervenciones, permiten apreciar lo que sus dueños con tanto ahínco, amor y visión de futuro, habían acumulado a modo de testimonio objetivo de su época.

Escritorio chino. Casa-Museo Dr.Anastácio Gonçalves.
La Casa-Museo Dr. Anastácio Gonçalves (1888-1965) es uno de estos casos. Tuve la suerte de visitar esta preciosa casa, construida en el año 1904 por el arquitecto Norte Júnior y dotada del Premio Valmor en 1905, acompañado de su responsable, Ana Anjos Mântua, y de la eco-bióloga, sinóloga y gran aficionada a los títeres Sasha Lima, Presidenta de los Amigos de la Casa-Museo.

Porcelanas chinas. Casa-Museo del Dr. Anastácio Gonçalves.
El edificio fue concebido como estudio del pintor José Malhoa (1855-1933), algo que condicionó su estructura que gira alrededor de la gran sala del segundo piso provista de un enorme ventanal, pensada para que entrara la luz y cupieran las grandes telas que entonces se usaban.

Salón de las Pinturas. Casa-Museo Dr. Anastácio Gonçalves.
Fue en 1932 cuando el oftalmólogo Anastácio Gonçalves la compró no sólo para vivir sino para acoger su vasta colección de pintura y de porcelanas chinas, amén de multitud de muebles, tapices, azulejos y otros objetos preciosos. Para tener espacio suficiente, hizo algunas transformaciones como trasladar la cocina al sótano. Soltero de por vida, vivió para sus pacientes y tuvo un único amor: el de las Bellas Artes, especialmente la pintura naturalista de su época y la porcelana china.

Salón de las Pinturas. Casa-Museo Dr. Anastácio Gonçalves.
Sus colecciones en ambos temas son conocidas y apreciadas en los ambientes especializados del mundo entero. Seguramente lo más llamativo, aparte de la misma casa y de cómo están las cosas instaladas, son estas porcelanas de Oriente realizadas allí para satisfacer el gusto europeo. Unas piezas de un gran valor artístico e histórico que nos iluminan sobre la influencia y la presencia constante del arte oriental, antes reseñada.

Casa-museo del Dr. Anastácio Gonçalves.
Lo bonito de esta Casa-Museo es que toda ella transpira el buen gusto y la bondad natural de su dueño, el Dr. Anastácio Gonzalves, un oftalmólogo de mentalidad conservadora pero ilustrado, librepensador y muy sensible a los problemas de las personas necesitadas. Como muchos coleccionistas de arte, vivió sin contraer matrimonio toda su vida, consagrado a su profesión y a sus colecciones artísticas, pero supo compaginar los rigores célibes del esteta con la bondad hacia sus pacientes y muy en concreto hacia los invidentes, para los que financió varios centros de asistencia.

Reloj de pared. Casa-Museo Anastácio Gonçalves.
Por cierto, que la Casa-Museo del Dr. Anastácio Gonzalves se convierte de vez en cuando en teatro y auditorio, cuando se organizan en su sala noble del segundo piso actuaciones o conciertos. No pude asistir a ninguno, pero puedo imaginarme el gozo que debe ser asistir a uno de ellos. Algo que espero poder hacer en los días que me quedan en Lisboa. 

La Casa-Museo Medeiros e Almeida, de Lisboa.

El señor António de Medeiros e Almeida (1895-1986) se inició en el mundo universitario como estudiante de medicina, pero pronto venció en él su amor por los automóviles y por el negocio. Es a principios de los años veinte que se convierte en el vendedor y representante de la casa Morris, tras entrar en contacto con el mismísimo Sir William Morris, propietario de la famosa marca de coches inglesa, a quién, preguntado sobre los avales y las garantías que disponía, Medeiros y Almeda contestó: “La garantía soy yo”.

Edificio de la Fundación Medeiros e Almeida.
Desde entonces, empujado por semejante arrojo y clarividencia, su carrera de hombre de negocios no hizo más que crecer, hasta convertirse en uno de los más importantes de Portugal. No sólo fue pionero en la incipiente industria del automóvil en el país –exigió medidas de refuerzo a los coches importados de la casa Morris, para adaptarse a las condiciones de las carreteras portuguesas, lo que consolidó enormemente las marcas de exportación de esta casa– sino que participó también en el nacimiento de las primeras compañías de aviación, con la creación de la SATA en 1947. También controló las líneas de navegación de las Azores así como la industria del alcohol de estas islas, propiedad de su padre, que él puso al día.

Púlpito indio-portugués realizado por artesanos de Goa. Diosas de la India sostienen el púlpito. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
En realidad, participó como empresario y financiero en multitud de empresas del país, siendo además responsable durante unos años de la Fundación Salazar. Curiosamente, sufrió en una ocasión el atropello de la PIDE (la temida policía secreta del régimen salazarista) y pasó una noche en sus calabozos, sospechoso de llevar en uno de sus barcos una carta comprometedora.

Sala noble de la Casa-Museo Medeiros e Almeida.
A destacar como ya desde un principio, empezó a crear su colección de arte. Fue en 1947 cuando compró la casa que hace esquina entre Rua Rosa Araújo y Rua Mouzinho da Silbeira, cerca de la Plaza del Marqués Pombal. No sólo para vivir, sino para convertirla paulatinamente en su propio museo. Por ello, extendió el edificio comiéndose parte del patio y él mismo acabó trasladándose con su familia a una vivienda contigua para dejar espacio a su colección.

Azulejos. Alegoría de la Primavera. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
Una colección realmente deslumbrante, que parece querer mostrarnos el “éxito de una vida” (así se llama el libro que se vende en el Museo sobre su trayectoria). Una casa-museo que no huye de la ostentación –su sala central, imponente, dispone de dos asientos que parecen dos tronos–, sino todo lo contrario, parece querer maravillarnos sin recato alguno. Y la verdad es que lo consigue de un modo tan abrumador que acaba haciéndose simpático y hasta entrañable. Es como si el triunfador pusiera todas las cartas sobre la mesa para decirnos: “eso es lo que he conseguido en mi vida. Mira i disfrútalo tú también”. Lo que siempre es de agradecer.

Sala noble con los dos tronos. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
Los salones nobles del primer piso son una auténtica maravilla, por sus muebles y por el acopio de piezas todas ellas de alto valor, desde pinturas, porcelanas chinas, tapices, relojes, estatuas y muchos metros cuadrados de preciosos azulejos que muestran el deseo de Medeiros e Almeida de no perder nunca el contacto con sus raíces portuguesas.

Reloj de bolsillo. s.XIX. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
Me interesó mucho la colección de relojes, por lo visto realizada ya en sus últimos años de vida, tras confesar la fascinación que sentía por el tiempo y su medición, al comprender que por mucho dinero que pudiera disponer, nunca podría comprar lo que se escapa en el día a día de la vida, eso que los relojes tocan pero no atrapan, el Tiempo. O quizás sí que lo atrapan, cuando se quedan sin cuerda, como también nos ocurre a los humanos, cuando expiramos y nos quedamos con el cuerpo quieto y sin vida. El tiempo se detiene entonces en nosotros como en los relojes, aunque, y a diferencia de éstos, seamos literalmente comidos por él.

Reloj de mesa."Minero". Viena, s.XIX. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
Sin duda la preocupación por el tiempo, que surge en las edades avanzadas de la existencia, acaparó la atención de Medeiros e Almeida, motivando su compulsión compradora de relojes, para ver si hurgando en sus interiores descubría algún día el secreto de lo que su cuerpo también medía con el tic-tac del deterioro físico. El resultado es un acopio impresionante de relojes de todo tipo que el visitante puede ver en una de las últimas salas de la Casa-Museo. Un lugar que incita a profundas meditaciones.

Reloj despertador que dispara un tiro de pólvora y enciende una vela. Casa-Museo Medeiros e Almeida.


Relojes. Casa-Museo Medeiros e Almeida.
La Casa-Museo del Dr. Bissaya Barreto, en Coimbra.

En Coimbra, tuve la ocasión de visitar la Casa-Museo del también médico el Doctor Bissaya Barreto (1886-1974), un cirujano famoso y rico, creador de una fundación que lleva su nombre y que por lo visto dispone de muchos servicios de asistencia para las personas necesitadas. Situada junto al viejo acueducto romano de la ciudad –constituye una de las paredes del jardín de la casa–, se halla ubicada en un hermoso palacete construido con exquisito gusto.

Casa-Museo del Dr. Bissaya Barreto.
Dispone de colecciones interesantes que incluyen pintura, porcelana china, estatuaria, tapicería y muebles de época. Sólo se puede visitar la planta baja y no dejan hacer fotografías en su interior, por lo que me limito a mostrar algunas imágenes del jardín.

Jardín de la Casa-Museo del Dr. Bissaya Barreto con el acueducto romano al fondo.
Quizás sea el jardín, pequeño pero muy cuidado, lo más atractivo de esta Casa-Museo, jalonado de bonitas estatuas, azulejos al estilo portugués, fuentes y bancos donde reposar. Algo que aproveché para disfrutar de la paz que rezumaba, mientras el cuerpo descansaba y los sentidos encontraban el merecido solaz en todo lo que me rodeaba.

Jardín de la Casa-Museo del Dr. Bissaya Barreto.
El Museo de San Roque, de Lisboa.

He aquí un museo que adoro, especialmente por las preciosas imágenes de vírgenes y santos sin vestir (seis en total) que contiene y que siempre han llamado mi atención. En realidad, el museo es complementario a la visita de la iglesia de San Roque, la que fue principal sede de los Jesuitas en Lisboa, una maravilla de edificio renacentista pero con una decoración en las capillas de un barroco tardío espectacular.

Una de las capilla de la Iglesia de San Roque, de Lisboa.
Son impresionantes las dos vitrinas de relicarios que hay una a cada lado del altar mayor: una dedicada a figuras masculinas y otra a femeninas. Al no ser un entendido en arte religioso, me limito a mostrar algunas imágenes de las mismas.

Relicarios en la Iglesia de San Roque de Lisboa.
Respecto a las figuras de santos sin vestir antes mencionadas, creo que despertarán el interés de cualquier marionetista que las descubra, pues en realidad son puras marionetas prestas para salir a actuar, aunque su destino final sea el de permanecer en los retablos estáticos de alguna capilla de una iglesia que las compre, o en el mismo museo donde hoy habitan.




Figuras por vestir. Museo de San Roque de Lisboa.
Según me contó la persona responsable de una magnífica casa de antigüedades de la calle Augusto Rosa, estas faldas de sostén que muestran estas figuras son un invento portugués del barroco, para aligerar el peso de las imágenes, me imagino que pensando en los viajes de ultramar, pues no serían pocas las exportaciones que se harían de las mismas con destino a Brasil o a las colonias de África y Asia.

Figura por vestir, anticuario de la calle Augusto Rosa, Lisboa.
Reproduzco unas imágenes sacadas en la citada Casa de Antigüedades, de enorme interés y muy sugerentes.




Figuras por vestir. Anticuario de la calle Augusto Rosa, Lisboa.