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sábado, 22 de febrero de 2014

El Museo de la Farmacia de Lisboa: historia y poética de objetos caducos

Este artículo está destinado a los que sienten debilidad e interés por el mundo de los objetos, y gustan escuchar sus relatos secretos, muchas veces crípticos. Y es que viajando por Europa, no son pocos los lugares donde es posible satisfacer estas apetencias particulares –que tanta relación tiene con el mundo de los títeres–, aunque por lo general son lugares que suelen pasar desapercibidos, ocultos a la mirada de los visitantes.

Museo Cerralbo de Madrid
Es lo que pasa con el Museo Marés de Barcelona, uno de los más interesantes de la ciudad y que inexplicablemente, es de los menos visitados, o con el maravilloso Museo Cerralbo de Madrid, por no hablar de la meca de este tipo de lugares, el Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk en Estambul, en el que el interés y la atención hacia los objetos se hace consciente y explícito, al ser el fin último del edificio que ocupa. Nos fijaremos hoy en el Museo de la Farmacia de Lisboa, que he tenido la oportunidad de ver estos días de estancia en la ciudad, con todo el espacio museístico prácticamente para mí solo durante la hora y pico que me entretuve en él.

Museo de la Farmacia de Lisboa
Debo decir antes que nada que nos encontramos ante un museo muy especial: no sólo porque ha recibido cantidad de premios (el Premio al Mejor Museo Portugués en 1997, Nominado para el Mejor Museo Europeo en 2004, y otros) sino porque constituye un ejemplo ideal para entender  y apreciar esta sensibilidad tan peculiar que impera hoy en muchos lugares de Lisboa, que se aplica tanto en proyectos de nuevos tiendas o negocios, como en la restauración de viejos espacios degradados, abandonados u obsoletos. Una sensibilidad que busca respetar el espíritu de cada lugar, con una delicadeza y un gusto que sólo se me ocurre explicar por una inteligente visión estratégica de futuro de gran clarividencia. Algo que no veo en otros lugares de la Península –en Barcelona se restaura con gusto, eso es cierto, y con visión estratégica de futuro, pero más a la “brocha gorda”, pues los capitales allí tienen prisa y van al grano, al estar la ciudad tan metida en el candelero del negocio turístico. En Lisboa ocurre un poco lo mismo pero con un tiempo retardado, más lento, el propio de una ciudad que se sabe situada en el “finisterre” urbano de Europa. Es como si la mirada que los lugareños tienen hacia sus espacios más emblemáticos fuera más atenta por disponer de más tiempo para verlo y recrearlo en su imaginación.

Hospital de Bonecas de Lisboa
Hay que dar ejemplos para entender lo que digo. Para empezar, el Hospital de Bonecas que se encuentra en la Plaza Figueira sigue siendo un lugar único que mantiene una vitalidad  envidiable y al que se puede acudir para cualquier emergencia de muñecos con necesidad de ayuda, amputación o reparación. Aquí no ha sido necesaria renovación alguna: la inteligencia estratégica de la familia que lo lleva es absolutamente admirable (vean artículo sobre el Hospital de Bonecas en Titeresante aquí).  


Imágenes del Hospital de Bonecas de Lisboa
Pero volviendo al tema de las novedades, uno de los más claros ejemplos es la transformación que ha tenido lugar en algunos de los antros del Cais de Sodré, una zona bastante degradada dedicada antiguamente al negocio del amor patibulario y a la prostitución más descarnada, y que hoy se está transformando en uno de los más "chics" e interesantes rincones urbanos de Lisboa.

Escaleras de entrada a la Pensao Amor, en Cais de Sodré
La Pensión Amor ocupa un antiguo burdel, convertido hoy en un elegante salón-bar que ha respetado mucho de los que había antiguamente, como los colores de las paredes o los tonos tórridos y canallas de la escalera, y sobre todo, la temática del “amor” y del “erotismo”, que se mantiene como letmotiv del negocio –con una pequeña librería dedicada al tema–, pero tratado desde el buen gusto y un refinado diseño. En este sentido, la combinación entre lo arrabalesco que se respira aún en las gastadas paredes y la nueva sensibilidad de exquisito diseño, es de un enorme atractivo, y la prueba es el éxito que tiene el lugar, con llenos absolutos los fines de semana de gente de todas las edades y condiciones, sin que falten los de alto poder adquisitivo.

Otro tanto ocurre con una tienda de Ultramarinos del mismo Cais de Sodré, dedicada al comercio de latas de conserva, convertida hoy en un bar en el que se sirven tapas con los ingredientes de lo que antes de vendía allí, y que ha mantenido la misma decoración característica de estos lugares, con sus estanterías repletas de latas que resultan tan familiares a los ojos antiguos como fascinantes a los jóvenes.  

"A Vida Portuguesa" junto a la Fábrica de Cerámica Viúva Lamego, en Largo Intendente.
Podríamos multiplicar los ejemplos, visitando por ejemplo el nuevo espacio abierto en el Largo de Intendente, junto a la Fábrica de Cerámica Viúva Lamego (maravilloso edificio hoy en restauración), por este negocio de tanto éxito llamado “A Vida Portuguesa”, que ha adquirido tanta buena fama por sus sofisticados productos de la primera mitad del siglo XX, pero puestos al día respetando los viejos sabores, colores y diseños.  O la antigua panadería situada en un edificio del siglo XVII o XVIII, en pleno Bairro Alto, hoy convertida en un bar de copas con unos magníficos sofás situados justo enfrente de la boca del horno.

Lugar donde se encontraba el antiguo Café Palladium.
Es cierto que la mayoría de los cafés más emblemáticos y hermosos de la Lisboa “antigua y señorial” ya no existen (como los añorados Café de Lisboa o el magnífico Palladium, pequeño templo Art Deco, y tantos otros) y que los pocos que restan son pasto de la hambruna turística, como el Brasileira al que es casi imposible sentarse para tomar tranquilamente un café, pero es como si los lisboetas, entrados ya en el siglo XXI, y tras comprender muy bien lo que han perdido, hubieran decidido recuperar el pasado con intervenciones nuevas y de sofisticado diseño, revalorizando  productos, estilos y realidades consideradas obsoletas por la generación anterior.

Interior de una farmacia de época.
El Museo de la Farmacia es fruto de este tipo de sensibilidad nueva. Podrían haber recopilado los mismos objetos, utensilios, muebles, jarras y carteles, y haberlo puesto todo en un orden más o menos aceptable y visible, sin que nadie les hubiera reprochado nada. Sin embargo, se optó por la solución más difícil y creativa: componer con lo obtenido y conservado verdaderas farmacias de época, de impactante belleza. Cada espacio tiene una preciosa unidad en sí y todos ellos constituyen verdaderas composiciones de arte expositivo de los objetos puestos en escena.


Leyendo el programa, vemos que en realidad se han reproducido algunas antiguas farmacias con estricta fidelidad al original. Incluso se muestra una vieja farmacia china de Macao, un alarde precioso de reconstrucción que retrata con gran verdad y acierto el ambiente de lo que deberían ser estas boticas en la antigua colonia portuguesa.


Adjuntamos algunas imágenes sacadas durante la visita, que ilustran lo que queremos indicar. Vean sobre todo la buena composición de los objetos, capaces de recrear los mundos que se pretenden explicar y reproducir.

Pero el Museo no se queda sólo con sus salas dedicadas a la historia de la Farmacia. Ubicado en un hermoso palacete frente al Mirador de Santa Catarina, dispone en su parte más noble con vistas al Tajo, de un restaurante en cuya decoración se ha seguido con una gracia extraordinaria el hilo temático del lugar: todo envuelto con objetos, estanterías, mesas, recipientes y otros utensilios propios del mundo de la farmacia y de la atención clínica de otras épocas, de modo que una vez visitado el Museo, puedes seguir gozando de lo visto comiendo en una sala donde todo lo que te rodea hace referencia al mundo farmacéutico.

Imágenes del Restaurante del Museo de la Farmacia.
Quizás una pesadilla para algunos, pero en todo caso una muestra de originalidad y de diseño exquisito y francamente atractivo.

Como decía al principio, un alarde de sensibilidad refinada con el que la Lisboa de hoy en día se distingue en el concierto de las ciudades europeas de interés estético, objetual y polichinesco.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El Belén Barroco de Laguardia, visita a Zaragoza y el teatro de los objetos desmemoriados



Tuve la magnífica oportunidad de visitar el Belén Barroco de Laguardia, en la provincia de Álava, gracias a la invitación recibida por Adolfo Ayuso, buen conocedor del tema –él fue quien acompañó a Maryse Badiou y a Jesús Atienza en 2010 para que conocieran esta reliquia que nos ha llegado en muy buen estado de funcionamiento, y de cuyo viaje salieron un par de magníficos artículos de Maryse Badiou publicados en Fantoche y en Serra d’Or (vean el artículo en Fantoche aquí, en pág.26).
Ayuntamiento de Laguardia.
He descrito ya este viaje y la visita que hicimos en compañía de Arantxa Azagra, Paco Paricio, Yanisbel V.Martínez, Henrique Lanz, sus dos hijos Ana y Leo, Felipie Garduño y Nati Cuevas, además de Adolfo Ayuso. Lo pueden leer en Titeresante clicando aquí. ¿Qué más puedo decir sobre el Belén? 
Pórtico gótico de Santa María de los Reyes.
Visto desde un punto de vista titiritero y teatral, sin duda la representación del Belén podría tener aún más fuerza y ritmo, si junto a la voz narradora que sitúa y contextualiza la acción, algunos de los diálogos fueran dichos por los mismos manipuladores o por segundas y terceras voces que dieran más dinamismo y verosimilitud teatral. Claro que ello requeriría una cierta dirección dramatúrgica y una implicación aún mayor del equipo que se ocupa del Belén. Valdría la pena el esfuerzo si a cambio hubiera más funciones y un reclamo turístico que justificara este aumento de las funciones. Pero entonces quizás perdería parte de su naturalidad, insertado como está en el ambiente que le corresponde: la iglesia y el contexto navideño que justifica la temática. De modo que lo mejor es dejar las cosas como están, y reconocer el enorme mérito que realiza el equipo dirigido con tanto esfuerzo por Faustino y Maite Ayala, junto a Mikel Serrano y todo el elenco técnico y manipulador. 
El Belén de Laguardia.
La inmensa gracia del Belén es que la “función de títeres” (me permito estos términos como licencia retórica para resaltar la singularidad del caso) no tiene mucho que ver ni con el mundo del teatro ni con el de los títeres –a pesar de sus evidentes cercanías formales–, sino que proviene de la más pura tradición popular de los pesebres animados que en este lugar excepcional pervive con magnífica soltura y singular energía. 
Manipulando sobre los tablones.
Y ahí está el mérito y la gracia de la Asociación que se encarga de animar el Belén: pervivir sin preguntarse los cómos ni los porqués, sino simplemente por el deseo de mantener vivos unos vínculos culturales que se estiran en el tiempo y que cohesionan la comunidad, en una época en la que lo social se rompe y se cae por todas partes, y los jóvenes deben dedicarse a la arqueología para saber lo que hacían sus padres o sus abuelos. 
Pastores bailando sobre la rueda.
¿Cómo se explica semejante pervivencia? Yo creo que interviene aquí el factor futuro. Más que pensar en el pasado, los miembros de la Asociación piensan en el futuro en un sentido cultural pero también práctico e incluso económico: el desarrollo de las singularidades locales son, hoy en día, una garantía de solvencia para el futuro. Dejar morir las tradiciones locales es un mal negocio. Laguardia, que es capital de la Rioja Alavesa, y que por ello mismo se está postulando como un pequeño centro muy dinámico de gran atractivo turístico, necesita estos valores añadidos de la Historia y de la cultura. 
Pastor con el Belén al fondo.
Está bien que los visitantes beban los caldos exquisitos que se ofrecen en las bodegas del lugar, pero no sólo de vino viven los turistas. Junto al gran atractivo arcaico y pagano que es el vino (nuevas divinidades asociadas a los antiguos ritos dionisíacos no tardarán en surgir sin duda alguna), deben existir otros motivos y otros focos de atracción que den cuerpo y justificación a las ansias bebedoras de los vascos, catalanes, españoles y europeos que acuden en tropel.  
Los dos carneros dándose en el Belén de Laguardia.
La gastronomía es un gran qué, por supuesto, pero los elementos culturales que se asocian a la Iglesia, a los edificios singulares, a la Historia tanto reciente como medieval y hasta prehistórica, son indispensables para lograr un mapa de seducción variado y potente. Y es gracias a la suma de todos estos valores que lugares como Laguardia pueden de pronto convertirse en potentísimos centros capaces de dinamizar toda la región, sin por ello traicionarse ni estropearse, a sí misma ni al entorno. 
Exterior de la Iglesia de Santa María de los Reyes de Laguardia.
Y creo que eso es lo que ya sucede, en cierto modo, en Laguardia, por la afluencia de público que vi recorrer las calles y llenar los restaurantes, con algunos hoteles de afortunado diseño y grupos de familias españolas de clase media que se mostraban muy admiradas de todo lo que veían. Algunas de ellas acudieron luego a la Iglesia de Santa María de los Reyes y se deleitaron con el Belén y su arcaísmo perenne, mientras unos pocos titiriteros, fascinados y sorprendidos a la vez, mirábamos la función y al público con ojos que no sabían si estaban mirando el pasado o el futuro...

Paseo por Zaragoza

Como dije antes, Laguardia fue una buena excusa para visitar también Zaragoza, de la cual partimos en coche el sábado por la mañana para regresar por la noche. El domingo nos sorprendió con un cielo espléndido, sol y unas ganas de recorrer la antigua capital de la Corona de Aragón, a la que pertenecía Cataluña en sus épocas gloriosas. Siempre me ha fascinado esa curiosa unión catalana-aragonesa, que la historia parece haber dejado en el baúl de los recuerdos, pues hoy nadie parece interesado en hablar de ella. Los catalanes, porque no quieren reconocer que en sus tiempos álgidos vivían en un reino que se llamaba Corona de Aragón, y los aragoneses porque desconfían con complejo provinciano de sus vecinos que les abren puertas al mar -y, por lo tanto, a lo desconocido.  

Bandera de la Corona de Aragón. Palacio de la
Aljafería.
Yo, en cambio, me siento muy en casa cuando llego a Zaragoza y me enorgullezco de un pasado compartido que hoy sólo es reivindicado por la Iglesia y, muy en concreto, por las redes monacales y los monasterios. En efecto, recuerdo que en el monasterio de Poblet, en una de mis estancias a este maravilloso lugar, se utilizan todavía las demarcaciones propias de los viejos tiempos de la Corona de Aragón. Se entiende que sea así, si tenemos en cuenta que en Poblet están enterrados algunos de los principales monarcas de esta Casa Real. Y cuando llega el día de San Jordi, celebrado en ambas comunidades, en Poblet se vive un día especial y surrealista, con misas y celebraciones en las que participa la llamada Nobleza Catalana, que no es otra que los restos de la antigua aristocracia catalana-aragonesa, hoy bien sujeta por los matrimonios de conveniencia y por la obediencia jerárquica al Rey, que manda sobre todos ellos...

Volvamos a Zaragoza para indicar como fuimos, en compañía de Adolfo Ayuso, anfitrión de la jornada, y de Yanisbel V.Martínez, Enrique Lanz y sus dos hijos Ana y Leo, de paseo por la ciudad, dando una vuelta por el centro mientras nos dirigíamos muy lentamente hacia el Palacio de la Alfajería, destino último de nuestra excursión. 
Estatua de Agustina de Aragón, en la Plaza del Portillo.
Salimos del Portillo, allí donde se alza la estatua dedicada a Agustina de Aragón, llamada en realidad Agustina Raimunda Maria Saragossa i Domènech, catalana de origen como su nombre indica (nació en Barcelona en 1786, concretamente en el barrio de La Ribera, en la calle de Sombrerers, para ser bautizada en la Iglesia de Santa María del Mar, que tenía al lado, y murió en Ceuta en 1857), heroína durante los Sitios de Zaragoza en la Guerra de Independencia contra los franceses. Por cierto, que antes de Zaragoza, con su marido que era militar, estuvo en la famosa batalla del Bruch, quizás en compañía del no menos famoso Timbaler...
 
Adolfo Ayuso y la Plaza de Toros de Zaragoza.
Junto a la plaza, llamada del Portillo porque allí estaba la puerta defendida por Agustina y que era una de las viejas entradas de la ciudad, está la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo (donde reposan desde 1908 los restos de nuestra heroína, tras haber sido trasladados de Ceuta en 1870 y tras haber reposado unos años en el Pilar), está la plaza de toros, llamada también "La Misericordia". Me sorprendió su belleza. Según contó Ayuso, se trata de una de los cosos más antiguos de España, inaugurada en 1764, obra de Ramón Pignatelli y de estilo neomudéjar, aunque más tarde, en 1917, se le hizo una profunda reforma que la embelleció considerablemente. 
 
"La Misericordia" de día.
En el mismo año en que triunfaba en Rusia la Revolución Bolchevique y que Europa se desangraba en la Gran Guerra, en España se vivía por lo visto una época gloriosa del toreo, lo que explicaría esta remodelación con ligeros aires modernistas. Los colores ocres y amarillos de la plaza, que recuerdan los arcos y las tonalidades de la Mezquita de Córdoba, son un bello contrapunto a la plaza del Portillo y dan una alegre bienvenida a los que entran a la ciudad por este lado, muy cerca del Palacio de la Alfajería, hacia donde debíamos culminar nuestro paseo. 
 
Los dos gigantes del Palacio de los Condes de Morata.
Pero la idea era pasear y en vez de ir directos al viejo palacio real, dirigimos nuestros pasos hacia el centro, en dirección al Pilar. Pasamos por delante del Palacio de los Condes de Morata, antiquísimo  edificio de 1551, con sus dos gigantes que guardan la puerta de lo que hoy es la sede del Tribunal Superior de Justicia de Aragón: Hércules y Teseo. Dos gigantes que forman parte del imaginario colectivo de la ciudad, como me comentaba Adolfo Ayuso, que de pequeño los veía no sin pasmo y aprensión. De noche, tal como los vi dos días antes al llegar a Zaragoza, todavía impresionan más. 

Por cierto, que muy cerca están las Escuelas Pías, las mismas donde estudió Goya y tantos otros zaragozanos a lo largo de los siglos. Siguen en su puesto, un noble edificio de amplios patios interiores. 
 
El Pilar y su gran plaza.
No tardamos en llegar al Pilar y me sorprendió la plaza que se abre ante su fachada principal, de moderno diseño urbanístico, un gran espacio peatonal con muchos museos y otros edificios nobles y oficiales, todos ellos en perfecto estado de conservación. 

Francamente, la Zaragoza que estaba viendo en nada me recordaba a la que conocí hará cosa de treinta años, cuando solíamos actuar en el viejo Teatro Principal antes de su restauración. Entonces su aspecto era entre pueblerino y desaliñado, con muchas fachadas oscurecidas o en mal estado, aunque con lugares emblemáticos como el Café La Plata y el Oasis aún vivos. Hoy sobrevive el Plata, renacido parece ser de sus cenizas, con la misma gracia de siempre según me han contado, aunque no tuve ocasión de asistir a ninguna de sus funciones. 
 
Interior de la Lonja.
El centro monumental impresiona realmente al visitante. Se notan los años de bonanza, la gran Fiesta del Agua, las subvenciones europeas y las ganas que tenían los zaragozanos de tener una capital como Dios manda. No entramos en el Pilar, pues nuestra peregrinación iba por otros derroteros -aunque no por ello dejamos de saludarla, por supuesto-, pero sí lo hicimos en la lonja, un precioso edificio de estilo renacentista de principios del siglo XVI, dedicado como su nombre indica a las transacciones comerciales. 

Hoy, pulcro y restaurado, es sala de exposiciones del Ayuntamiento, donde pudimos ver unas fotografías impactantes que abrían nuevas dimensiones a las ya de por sí bastante alucinantes del lugar. 
 
Fachada de la Lonja con sus caras titiritescas.
Dos cosas destacaría de este singular espacio de la historia mercantil aragonesa: la bóveda de crucería estrellada de su interior, de una extrema elegancia, y, en su fachada exterior, la profusión de rostros que surgen de la pared de ladrillos como si fueran cabezas de títeres o de pupi sicilianos. Aquí, los titiriteros que íbamos de excursión abrimos nuestros ojos como platos, pues no es frecuente encontrarse con fachadas tan titiriteras como la de la Lonja. ¿Qué representaban aquellas caras? ¿Prohombres de la ciudad? ¿Mercaderes ricos que habían pagado la construcción? ¿Capricho icónico-titiritero del arquitecto (Juan de Sariñena)?... 
 
Figura goyesca con la Lonja al fondo.
Sacamos fotos, metidos entre las esculturas goyescas que se levantan frente a la Lonja, sobre una altura que da a una fuente. Un remanso de paz florentino junto a la impactante mole barroca del Pilar.
 
Parada de objetos en la calle.
Dejamos la Lonja a nuestra izquierda y caímos de sopetón sobre un mercadillo de antigüedades y "cosas viejas". ¡Fue pasar de la tradición icónica europea de corte italianizante al más rabioso y contemporáneo teatro de objetos! 
 
Detalle.
Un rastro improvisado sobre las aceras de la calle nos remitía de pronto a los paisajes simbólicos de Orhan Pamuk y su Museo del Tiempo (también llamado de La Inocencia), o a los cementerios de objetos de Shaday Larios, pasando por las composiciones estético-escénicas de un Xavier Bovés. Vi algo curioso en este teatro estático de mercadillo: los objetos mudos, que generalmente nos hablan de tiempos pasados, aquí aparecían desmemoriados, como si hubieran perdido por completo la memoria. 
 
Objetos desmemoriados.
Quizás fuera la luz del día, esplendorosa, o la frescura de la calle, o la exquisita puesta en escena de los vendedores ofreciendo su mercancía, la cuestión es que aquellos objetos no me hablaban del pasado sino del futuro: su pérdida de memoria me abría a otros escenarios desconocidos, que había que inventar. Al salir de sus utilidades caseras y rutinarias, a las que se habían acostumbrado durante años, se encontraban de pronto descolocados, sin saber qué eran exactamente. Y ese vacío de significación me pareció algo súbitamente liberador y excitante. 
 

Saqué fotos con mi pequeña cámara como si quisiera arrancar los secretos del futuro del cual me hablaban, un futuro real y sincero, muy lejos de los falsos futuros del consumo con sus artefactos nuevos de alta tecnología muy bien publicitados. Estos carecían de publicidad alguna y, aunque no se movían´-salvo los de cuerda, que las manos del vendedor ponían en marcha-, uno los veía como si se pasearan inquietos en busca de un ser nuevo y distinto. ¿Qué querían ser de mayores?..., quizás se preguntaban, sin darse cuenta de los años que cargaban encima. Viejos infantes acabados de nacer mirando al futuro. O directamente encaramados a este futuro del que no sabemos nada. 
 


Pensé que los objetos que encontramos en los rastros y en los encantes de nuestras ciudades han perdido todos la memoria, y que cuando nos hablan desde los puestos de los vendedores, balbucean lenguajes desconocidos. Darles forma, gramática y contenido sería nuestra función de titiriteros al vuelo, sin ofenderlos con sus viejas utilidades sino mediante planteamientos abiertos a lo nuevo. ¡Caramba!, me dije, he aquí un nuevo quehacer al que tendremos que acostumbrarnos, si no queremos caer en lo de siempre, una y otra vez. ¡Inventarnos el futuro para al menos así entender el presente! 
 

Aquel descubrimiento dio alas a mi imaginación, y la pequeña Lumix que llevaba entre manos se abría y cerraba compulsivamente, como si fuera el ojo exterior de mi cerebro. Clic, clic... El marco de la cámara establecía los parámetros escénicos de aquel teatro improvisado que recitaba sin palabras, mientras la retina digital cazaba las imágenes con indescriptible deleite. 

Imposible citar a los objetos. Mejor verlos en las fotografías que adjunto. Quizás despierten impresiones parecidas a las que sentí entonces. O quizás, fijados en el papel o la pantalla, enmudezcan y se conviertan en jeroglíficos de los que no dicen nada. Aunque mi optimismo congénito me dice que sus no-significados se mantienen tiesos y campantes sobre la imagen.  

Este vacío es en realidad un "regalo de futuro": al callarse y vaciarse, nos obligan a proyectar en ellos los sujetos ocultos que llevamos dentro y tienen prohibido hablar porque manda en ellos el "objeto" en el que nos hemos convertido todos. Nuestro Yo Objeto no puede impedir que se le escapen, por los descosidos de nuestra personalidad, los "sujetos" que bullen en nuestro interior y que buscan desesperados donde encaramarse. Y la gracia de esos objetos desmemoriados que sobreviven en los rastros de la ciudad es que, al recibir la carga de nuestros sujetos fugados, ¡se ponen a hablar con libertad súbita e inesperada, muy soberana!
 

El recorrido por el mercadillo de las callecitas adyacentes a la Lonja y a la gran plaza de la Seo fue un verdadero gozo artístico y liberador. Sin darnos cuenta, horas y años se posaron en el breve tiempo de nuestro paseo, que se cargó de una densidad poética raras veces sentida. Enrique Lanz y su hija Ana, fotógrafa como él, disfrutaron también de lo lindo, y Adolfo Ayuso y Yanisbel Martínez, maravillados como yo por el espectáculo, asistieron a las sutiles representaciones con los ojos muy abiertos.
 

Dejamos el rastro improvisado, y cogimos por calles que nos llevarían de nuevo al centro para ir tirando ya para la Alfajería. Pero a partir de entonces, en cada esquina, portal, balcón o fachada por la que pasábamos, veíamos signos e imágenes que nos detenían y nos llamaban poderosamente la atención. 
 

Ante la avalancha de imágenes y sensaciones, creo procedente detener este relato aquí, y dejar la visita a la Alfajería para la próxima entrada de este blog.


Balcón en la Calle de la Manifestación.

Anuncio Semana Santa.
Casa donde vivió José Martí.