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jueves, 7 de agosto de 2014

La Feria de Ladra, el Museo Militar, los tranvías y una noche de fados en Lisboa

Títeres y ciudades son el objeto declarado de estas Rutas. Unas veces, se imponen los títeres, y en otras, las ciudades. Habiendo sido Lisboa escenario de mis andanzas titiriteras durante todo el mes de julio, es lógico que exija una atención, que gustoso le otorgo. No es la primera vez que ello ocurre y tampoco será la última.


Nos detendremos en este artículo en algunos detalles. Objetos, imágenes y momentos, que distribuimos en unos cuantos escenarios. Cualquier ciudad los tiene a montones. Pero si importa detenernos en ellos, es para interrogarlos.  En ocasiones la ciudad habla claro. En este sentido, Lisboa es una ciudad parlanchina que habla a través de sus poros y de sus muchas superposiciones, lógicas al existir tantos desniveles.

Feria de Ladra.

Su significado tiene gancho: la Feria de la Ladrona. Nos lanza a bocajarro el lado oscuro que cualquier mercado de viejo esconde en sus entrañas. Antiguamente era así: un lugar donde ventilar lo que se adquiría de modo turbio. Pero la actualidad es fiel a sus raíces: ¿acaso lo que se compra y se vende tras desahucios, ruinas o defunciones, no transcurre en los márgenes sociales de lo legal y lo cotidiano? En una época económicamente dura como la de hoy en el sur de Europa, la Feria de Ladra muestra, con descarnada objetividad, las entrañas abiertas en canal de la sociedad lisboeta. 


Los objetos aquí nos hablan de historias íntimas, sentimentales unas veces, dramáticas otras. Carencias, ruinas, mensajes crípticos, secretos fosilizados, embrujos, viejos esplendores, amores, grandes lecciones de Historia y Geografía, y perfiles humanos apenas esbozados. La canción por excelencia de la ciudad casa perfectamente con la música de estos objetos: el fado. 

A veces las composiciones, a modo de collages realizados con los objetos, constituyen verdaderas obras de arte de autoría anónima, que el observador debe encuadrar con la mirada –o con la cámara fotográfica– para poder apreciar su belleza. Son relatos fragmentados de narraciones de tiempos largos –los tiempos distintos que cada objeto encarna– que exigen asimismo observaciones sin prisa, para dejar que se desgajen sus múltuiples significados.

Pero los tapices que los vendedores despliegan y llenan de todo tipo de objetos, enseres y cachivaches, son también verdaderas radiografías del país y de sus sociedades. Como en toda la Europa del Sur, también aquí las clases medias, cada día más desclasadas, se desprenden con melancolía de propiedades y pertenencias. 

Quería mencionar en este punto la fiesta alegre y melancólica de cierre de la casa de los abuelos de mi amiga Ana Lisboa, en la Avenida da Libertade, junto a los Restauradores, que me pareció un homenaje y una despedida a una época que se acaba. Un magnífico piso ya vacío en un edificio cerrado y a punto de ser demolido, para construir en su lugar algún hotel o algún complejo de marcas multinacionales. Las habitaciones, todas vacías, contuvieron en su día muebles valiosos y vidas intensas de las de antes: sus abuelos fueron músicos, y sus padres cantantes de ópera. Hoy, ya sólo queda el viejo piano de cola, a modo de testimonio de otras épocas. ¿A dónde fueron los objetos que llenaban la casa? Quizás algunos de ellos se exhiben mezclados entre los enseres que llenan los tapices en el suelo de la Feria de Ladra…


Imágenes de la casa de los abuelos de Ana Lisboa.
Pero en el ecosistema planetario, todo se retroalimenta. Lo que pierden las familias en una ciudad, se recicla y se exhibe en hogares de otras clases medias, locales o foráneas, las pudientes o en estado de emergencia del planeta. Como ocurre con la energía, lo que muere y se destruye sobrevive bajo otras formas y significados en el equilibrio mercantil del mundo. Y así, lo que para unos es viejo recuerdo de los abuelos, entrañable posesión de un relato familiar, para otros es excentricidad singular de bajo coste pescada al vuelo. Los caídos residuos se convierten entonces en nuevos tesoros, expuestos con orgullo en casas y vitrinas por quienes los han encontrado y comprado. 



Los tiempos así se suceden y se superponen, lo nuevo substituye a lo viejo, y en lo esencial pocas cosas cambian. Interesante que los relatos de las jóvenes generaciones se escriban con elementos reciclados de las viejas. O quizás lo nuevo no sea más que un poco de lo viejo algo más gastado, condenados todos a esa espiral de banalización a la que la época actual nos tiene condenados…


El Museo Militar.

No es poca broma. Se trata del museo más antiguo de Lisboa, iniciado en 1842 en el Arsenal Real del Ejército, con el objetivo de guardar los “modelos de máquinas, aparejos y objetos raros y curiosos”.  Se llamó al principio Museo de Artillería, hasta que en 1926 cambió por su actual nombre. 

 
Pequeño cañón "obús" con adorno chino del s.XVIII. Museo Militar de Lisboa.
Vale la pena visitarlo. ¿Cómo entender, sino, a este país pequeño y longevo que supo construir un imperio cuyos territorios más se asemejaban a una estiradísima tela de araña que a cualquier otra cosa?

Bombarda grossa "Peça de Malaca", India, s.XVI. Museo Militar.
Centenares de puertos de amarre a lo largo de miles de kilómetros de costa a través de todos los mares: el Atlántico, el Índico, el Pacífico… ¿Adónde no llegaron los navegantes portugueses? Descubridores de rutas y tierras, suyas son las épicas de la primera globalización del planeta. Camoens, a través del poema épico Os Lusíades, cantó estas epopeyas con elevada inspiración. 

Cañón fundido en Goa, s.XVI. Museo Militar.
Por eso la visita al museo Militar debe ir acompañado de la del Museo de la Marina, situado al otro lado de la ciudad, también mirando al Tejo, que ocupa una de las alas –la occidental– del Monasterio de los Jerónimos. Y, si me apuran, con la del Museo de Oriente, ya comentado en este blog. Los dos primeros tienen una enorme ventaja frente a los demás museos de la ciudad: están prácticamente vacíos. Parece que a los turistas no les importan demasiado estos aspectos de la cultura portuguesa relacionados con los dioses Marte y Mercurio. ¿Y qué mayor lujo y placer podemos esperar de una ciudad que visitar sus museos sin que nadie nos importune, con todo el espacio –que es tiempo– por delante?

Caballero con lanza. Museo Militar.
Nos asombramos así al descubrir una presencia de la figuración humana mucho mayor de la esperada, como esos cañones hechos en la India con caras incrustadas, o esas estatuas que parecen salir de los libros de caballería o de alguna Máquina Real del siglo XVII y XVIII.

Patio del Museo Militar de Lisboa.
El mundo de las miniaturas también está representado en estos museos, a través de sus múltiples maquetas, verdaderas maravillas que representan los medios de transporte utilizados, carabelas, galeones, fragatas, o las sofisticadas armas de épocas anteriores. 

Nave 'tafoeira', utilizada para el transporte de caballos y también como navío de guerra. Siglos XV y XVI. Museu da Marinha de Lisboa.

Una larga historia de viajes que duraban años o incluso vidas enteras. En escenarios impensables y a distancias mayúsculas. El espíritu navegante y descubridor del portugués denota altas dosis de curiosidad además de los afanes clásicos de conquista y enriquecimiento. Pero mantener esta red de enclaves, puertos y ciudades requería una eficaz presencia militar capaz de actuar con suficiente celeridad. De ahí el interés en conocer algunos de los pormenores de estas necesidades perentorias. 

Esas viejas cafeteras.

Así los definió un amigo mío, impresionado por la mole metálica de estos ancianos del transporte moderno sobre vías. Me refiero a los tranvías. Todavía aguantan, sin que el paso de los años les prive de movimiento. Muy al contrario, se mueven como diablos juveniles por las calles de la ciudad. Uno de los iconos más logrados y redondos de Lisboa. 


Cuando se paran, son pesos muertos relajados en absoluto silencio. Luego, arrancan con un despliegue de sonoridad alegre y tronante, de hierros que chirrían y timbres que anuncian el paso de su imponente tonelaje. Su música me traslada a la Barcelona de mi infancia, cuando bajo el balcón de casa pasaban los tranvías a todas horas. 

Su exotismo se vende muy bien en el mercado turístico y, para martirio de los lugareños, son tomados al asalto por los turistas que los ocupan sin pudor alguno. Para ellos, son un precioso anacronismo, una diversión. Me cuentan que en algunas ocasiones, para satisfacer la demanda de los imponentes cruceros que atracan en los muelles del Tajo, prácticamente todas las unidades existentes son alquiladas para pasear a sus clientes. 


Viejas cafeteras, artefactos pasados de moda e inviables, para unos. No para mí. Pero además, emblema y negocio redondo, de los que cunden como lluvia fina para la ciudad.
Su rodar por las vías de las calles empinadas de Lisboa escribe un tiempo “al ralentí”, ese que todos buscamos, pero que las ciudades modernas se empeñan en negar. Que hayan pervivido aquí denota no pocas dosis de inteligencia estratégica –aunque hayan sido más la suerte y la desidia las verdaderas causas de este logro, supongo.

Sería bueno ampliar las rutas, aprovechando que todavía quedan muchas vías hoy en desuso, e importar los viejos cacharros que las avanzadas ciudades europeas se han desprendido mandándolos al cubo de basura de la historia. Un parque móvil dominado por los viejos tranvías aliviaría el tráfico y aumentaría aún más el interés de la ciudad. 

Objetos de un teatro locomotor, los tranvías son pequeños escenarios rodantes de algo que se escapa del tiempo. No es tiempo pasado, pero tampoco es el que huye sin dejarse aprehender. Tiempo de carromato mecánico, de caballos de potencia eléctrica que se dejan cabalgar por la ciudadanía. Son también uno de los actores de mayor éxito en esta ciudad teatro en la que Lisboa busca convertirse. 


Una maldición, dirán unos. El signo de los tiempos, dirán otros. Hoy, las ciudades del mundo compiten ferozmente para ofrecerse en el pujante negocio turístico. El verdadero éxito sería hacer compatible el teatro con una vida digna en la ciudad. Pues, ¿a quién puede interesar una ciudad que sólo sirve a los turistas? Las modas cambian, y la calidad de vida es lo que acaba por imponerse. No me cabe la menor duda de que conseguirlo será, en el futuro, el mayor y verdadero logro de las ciudades que quieran seguir importando en el mundo. 

El Clube do Fado.

Pasé mi última noche en Lisboa en una casa de fados. La razón es que me gustan, seguramente porque pertenezco a una generación sentimental y démodée en los gustos. Algunos ignoran cuando no detestan este género de la canción portuguesa que cualifican de rancia, impostada y “típico”. A mí me gusta exactamente por las mismas razones, interesado como estoy en descubrir diferencias y singularidades entre las distintas culturas y ciudades de la Península.

El Clube do Fado se distingue de los demás locales de Lisboa por la variedad de los cantantes –cuatro por regla general cada noche– que van cambiando semana tras semana. Y también por la calidad asegurada de los mismos. Hay matices, como es lógico y bueno, pero me sorprendió el nivel de las voces y de los instrumentistas, de un gran virtuosismo. Otra característica del Clube es que incorporan un contrabajo, cuando lo habitual es que sólo haya viola y guitarra portuguesa. Acentuar los bajos da mayor gravedad a las letras: ayuda a puntuar los dramas y lo jocoso.


Es fácil teorizar sobre el Fado y el recurso a la Saudade, un tema muy manido cuando se habla de lo portugués. Pero como ocurre con las artes vivas de la música y de la voz humana, lo viejo y lo tópico vibran con vida nueva, a modo de regreso a los orígenes, en la verdad catártica del presente de su ejecución.

Pocas veces he visto los conceptos sentimentales de la Saudade tan bien encarnados como los vi y sentí en la voz de la cantante Cristiana Águas o, en lo que fue una agradable sorpresa de la noche, al menos para mí, en la voz de Henrique Leitão, el músico encargado de tocar la guitarra portuguesa aquella noche en el Clube do Fado. Su dominio del instrumento y de la voz, acompañándose él mismo en comunión con Pedro Punhal en la viola y Paulo Paz en el contrabajo, fue deslumbrante.


Quizás lo que tanto me atrae del fado sea esta mezcla de voz popular e incluso a veces barriobajera de la gente humilde de los barrios de Lisboa, que sin embargo se viste de impostación elegante y de distancia. El resultado es un registro que no duda en dejarse llevar por los arrebatos de la sentimentalidad más exacerbada para, acto seguido, pasar a la ironía de quien sabe que está jugando a la impostación y al desclase de las formas y los contenidos. Música, pues, para la catarsis sentimental, la distancia elegante y la ironía inteligente.

domingo, 27 de julio de 2014

Presentada la versión portuguesa del libro: ‘Rotas de Polichinelo. Marionetas e Cidades da Europa’

Los plazos se van cumpliendo y este blog se complace en informar sobre la presentación que tuvo lugar el viernes 25 de julio de 2014 a las 22:30h, en el claustro del Convento das Bernardas, en Lisboa, de la versión portuguesa del libro “Rutas de Polichinela. Títeres y Ciudades de Europa”, editado por el Museu da Marioneta de la citada ciudad. Con magnífica traducción de Carmo Calheiros, el libro acompaña la exposición “Rotas de Polichinelo” que se realiza hasta septiembre de 2014 en el Museu, fruto de una colaboración con el TOPIC de Tolosa. Como ya se ha indicado con anterioridad, un imponente mapa de Europa preside el despliegue de las distintas familias titiriteras de lo que es la gran Europa de Polichinela (ver artículo en Titeresante aquí. En este blog, aquí).

Claustro del Convento das Bernardas. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel.
Como se indica en el libro, se trata de una Europa ampliada y rica en historia y complicidades culturales, en la que caben países como Turquía, Líbano, Siria o Egipto, zonas que aparecen en el libro, con sus personajes Karagöz o Aragosi.


La presentación en Lisboa tuvo lugar después del espectáculo “Locuras de Putxinel·li”, en el que Toni Rumbau mostró algunas de sus rutinas polichinescas, que ya aparecieron en el espectáculo “A Manos llenas”, pero con un nuevo Polichinela esculpido por Marga Carbonell. Hay que decir que la obra conectó de inmediato con el público, que aplaudió el trabajo del titiritero, que puso voz y música portuguesa a los títeres, llenos de una extraordinaria energía.

En plena actuación.
Explicó Rumbau, al acabar el espectáculo, y tras las palabras introductorias de Maria José Machado Santos, directora del Museu da Marioneta, la génesis del libro que presentaba, sus tres años de redacción y viajes, así como algunos de los rasgos característicos de los principales personajes y ciudades tratados. Unas vicisitudes y unos itinerarios que este blog ilustra a la perfección.

Maria José Machado Santos, directora del Museu da Marioneta, presenta a Toni Rumbau.
Firmando un libro a Ana Lisboa.
Detrás del retablo.
Tras la presentación, hubo copa y picoteo, lo que permitió el agradecido solaz de los asistentes, agasajados con unos vinos de Portugal y unos deliciosos canapés que el Museu puso a su disposición. 

Juego de sombras durante la actuación. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel.
El escenario del claustro del Convento das Bernardas fue de nuevo el marco inigualable de un nuevo acto titiritero dentro del marco del proyecto Rotas de Polichinelo, llevado a cabo por el Museu da Marioneta. 

Satisfacción de los títeres, mientras los humanos charlan en el claustro. Foto de Alfonso De Lucas Buñuel..

sábado, 5 de julio de 2014

Inaugurada en el Museu da Marioneta de Lisboa la exposición “Rotas de Polichinela”


Las Rutas de Polichinela que se iniciaron en 2010 bajo el testimonio directo de este blog, se van desplegando en el tiempo con más alegrías de las que sospechábamos en sus comienzos. Tras la publicación del libro y la exposición realizada por el TOPIC de Tolosa, toca ahora el turno al Museu da Marioneta de Lisboa, quién desde el primer momento mostró su apoyo e interés por el proyecto.

Giopino y su mujer, de Bérgamo.
Bajo la inteligente dirección de María José Machado Santos, el Museu ha presentado una bellísima exposición, con piezas que ya estaban en la de Tolosa, pero con algunos cambios significativos, como los nuevos títeres traídos por Bruno Ghislandi procedentes de varias familias de titiriteros italianos y, sobre todo, con una espléndida presencia de Robertos, todos ellos de Manuel Rosado, uno de los bonecreiros más interesantes que tuvo Portugal a mediados del siglo XX.

Momentos de la inauguración.
Impresiona ver el despliegue de la familia europea de Polichinela, todos los títeres dispuestos en tres líneas ante el mapa de Europa, en el que aparecen indicados los distintos personajes, mostrando así su ubicación geográfica. Creo que la presencia del mapa, que también estaba en Tolosa, es fundamental para indicar esta idea de que “la diferencia une”, que bien podría ser el lema de una Europa Unida de las Diferencias, sin duda la mejor aportación que nuestro continente podría dar al mundo contemporáneo.
Una Europa estirada en el tiempo y en la geografía, pues en ella no sólo están los más directamente emparentados con  el Pulcinella napolitano, sino también el Petrushka ruso, el Karagöz turco, el Mobarak iraní o el Aragosi egipcio (que finalmente no pudo estar presente en la exposición pero que sobrevive en su bullicioso país). 

Procesión de Semana Santa de Manuel Rosado.
Procesión de Semana Santa de Manuel Rosado.
Procesión de Semana Santa de Manuel Rosado.


Deslumbraron los robertos de Manuel Rosado. Ver su procesión de Semana Santa ocupando uno de los puestos neurálgicos de la exposición fue una verdadera alegría para mi, pues siempre he considerado que este conjunto de piezas es una de las principales joyas de la corona del Museu da Marioneta. 

Títere de Manuel Rosado
Para los que se interesan por estas tradiciones, es plenamente recomendable que vayan a Lisboa y se dejen caer por el Museu da Marioneta para ver la exposición y dejarse poseer por la vitalidad que rezuman los títeres expuestos. Los hallará quietos, pero con toda su energía potencial intacta, siendo ésta una de las maneras de captar la esencia de esos seres a los que las manos del titiritero convierten en sujetos parlantes. 

De izquierda a derecha, los bonecreiros de robertos Manuel Costa Dias, Sérgio Rolo, Francisco Mota, José Gil, Marcelo Lafontana, Sara Henriques, Raul Constante Pereira, Vitor Santa-Bárbara y Jorge Soares. Faltan en la foto Nuno Correia Pinto y Rui Sosa.
El mismo día de la inauguración, hubo un encuentro de bonecreiros (nombre con que se llaman los titiriteros en Portugal) de los que hacen el Dom Roberto-. En realidad eran diez roberteiros y el mamulengo de Marcelo Lafontana, brasileño instalado en Porto. Los nombres de los robertos presentes eran Raul Constante Pereira, de Porto, el veterano bonecreiro y también investigador Francisco Mota, de Porto, Jorge Soares, de Faro, José Gil, de Alcobaça, autor del libro Teatro Dom Roberto, la joven Sara Henriques, de Porto que pronto se instalará en Montemor-o-Novo, Nuno Correia Pinto, de Albarraque, hoy residente en Cacém, Rui Sosa, de Porto pero residente en Arcozelo, Manuel Costa Dias, de Porto residente en Évora, Sérgio Rolo, de Lisboa instalado hoy en Macau, China, y Vitor Santa-Bárbara, de Lisboa residente en Foros de Amora. Faltaba Joao Costa, que no pudo asistir este día pero sí los hará en los maratones de Robertos de los próximos días. 

Sara Hrnández, Nuno Correia Pinto y Raul Constante Pereira
Como ya dije en el artículo publicado en Titeresante (ver aquí), “Una extraordinaria vitalidad inundó el Claustro del Convento das Bernardas, energía sonora, gestual y visual, que ponían voz y alma a los títeres quietos de la exposición, como si los bonecreiros portugueses del Dom Roberto hubieran querido unirse en un acto de hermoso hermanamiento con sus parientes de Europa, desde el próximo Don Cristóbal Polichinela hasta los lejanos Petrushka, Mobarak o Karagöz. El Museu se convirtió así en una curiosa caja de resonancia donde las singularidades más preciosas de los pueblos de Europa, que estas tradiciones titiriteras sin duda representan, se juntaran para clamar sus diferencias y por ello mismo sus deseos de convivir y de reconocerse mutuamente.”

Títeres y retablo de Rui Sosa.
Adjunto algunas de las imágenes tomadas durante la inauguración en el Museu da Marioneta de Lisboa. 

Roberto que representa a Chiranga, el único torero negro que existió en Portugal. Títere de Rui Sosa.



lunes, 21 de abril de 2014

Los rumbos de Rumbau, por Víctor Molina



Reproducimos aquí el texto que Víctor Molina leyó en la presentación del libro de Rutas de Polichinela en el Obrador del Poble Nou de la Sala Beckett. Lo reproducimos no sólo porque varios de los asistentes lo han solicitado, dado el interés que despertó, sino también porque ofrece una visión particular, nueva y, para el autor de este blog, sumamente interesante del libro, dando pistas para varias posibles distintas lecturas del mismo. Una sustanciosa aportación a este blog que complementa, desde otra perspectiva, el trabajo realizado durante estos años.

Víctor Molina durante la presentación del libro
Antes que otra cosa me gustaría agradecer a Toni que se animara a escribir este libro, uno de los más espléndidos regalos que nos ha ofrecido en los últimos años. Y quisiera agradecer también –por supuesto- el ser convidado a decir dos o tres cosas básicas (quizás elípticas o generales) sobre sus Rutas de Polichinela, o sobre alguno de los muchos aspectos que contiene ese libro, del que me declaro un incondicional.

Lo primero que quisiera resaltar de este texto es el universo doble al que alude su título: el de Polichinela por un lado, y el de Europa (o algunas ciudades de Europa) por el otro. Son dos nociones unidas aquí en el horizonte que evoca el término « Rutas ». En este libro, el personaje central se identifica en y con el ejercicio de las rutas. Es un personaje inquieto y esencialmente errante. Pero lo mismo pasa con Europa, que se nos presenta en este libro no sólo como el espacio de los caminos de Polichinela, sino que ella misma (Europa) aparece en medio de un viaje, y siendo a la vez el resultado de diferentes rutas ya realizadas.

Ruta es un término que etimológicamente es idéntico a robo. Ambos son participios del verbo rapere, que significa «llevar». La ruta y el robo son cosas unidas no sólo en las fábulas de aventuras, sino también en la mitología griega, pues Hermes, el dios de las rutas, el dios transitivo por excelencia, el dios que inspira a todo tipo de hermeneutas, siempre misterioso, y siempre en estrecha relación con Dionisos, es al mismo tiempo el dios ladrón, el dios del robo. Por eso no debe sorprendernos que, tras la lectura de este libro, sólo podamos percibir a Polichinela como un personaje que vaga y que roba; con una personalidad vagabunda y siempre hurtándose la propia identidad y partes de la identidad de otros.

Gustavo Hernández, Toni Rumbau y Víctor Molina,
en la presentación del libro..
 Todos sabemos que sigue existiendo un gran número de personas para quienes Polichinela no es sino un tipo de pelele infantil, algo simpáticamente insumiso y desobediente, pero esencialmente inocuo. Y sabemos igualmente que, con toda probabilidad se trata, en estos casos, de gente que de Polichinela sólo conoce el nombre y algunas de sus vaporosas sombras académicas o sociales. En cambio, considerado como mito, y como un ser polimórfico, Polichinela no sólo se nos va de las manos, como el agua o la arena, sino que de pronto, nos percatamos que es él quien, de alguna manera, tiene en sus manos parte de la identidad que creemos nuestra, parte de nuestra identidad personal o de la identidad colectiva que creemos propia. Después de muchos encuentros, algunos de los cuales se nos relatan en estas páginas,

Toni llegó a considerar un día que como Polichinela era un personaje ontológicamente promiscuo y múltiple, le tocaba a él ir a recorrer el mundo a fin de ubicar sus trazos y confrontar su polimorfismo. Y el resultado es este libro (que adivinamos el inicio de una aventura por continuar).

Rutas de Polichinela no sólo trata de las rutas físicas de su personaje, sino también de sus rutas temporales. Es un libro de metamorfosis. Da cuenta de las rutas formales que Polichinela lleva a cabo en Múnich o en Lübeck, en Lisboa o Copenhague, en Londres o en París, en Praga o en Madrid..., etcétera, pero también da cuenta de resonancias esenciales en sus diversos caminos. Las rutas de las que aquí se nos habla son parciales y particulares, pero también arquetípicas y de matriz. Y eso es así porque Rumbau no deja de estimar que Polichinela es un mito. Y -como tal- un personaje real y también simbólico.

Por otro lado, la relación existente entre cada una de las ciudades que Toni visita y las características que en ellas adquiere Polichinela, está lejos de la lógica romántica que creyó percibir una caractereología particular e intransferible para cada país y para cada clima. En todo caso, su ejercicio perceptivo resulta más próximo al de Slavoj Zizek cuando éste observa la correspondencia de un mismo espíritu -en forma pragmática en los británicos, en forma analítica en los alemanes, y de manera política en los franceses- con la morfología y la practicidad de las respectivas tasas de waters que cada uno de esos países tiene. Así sucede con la relación de las ciudades europeas con sus respectivos Polichinelas. Para Rumbau esas relaciones permiten alcanzar tonos distintos (a veces de irracionalidad analítica, a veces de confrontación política, a veces con un humor barroco, o incluso huraño) del mismo espíritu irredento de Polichinela. Porque –como todo mito- el de Polichinela deja ver también en sus particularidades los trazos invariantes y anacrónicos que lo alimentan, trazos que parecen provenir de su propia arcaicidad. No sé si Toni conoce un estudio de Ernest Jones sobre la naturaleza moderna del símbolo. No hemos hablado sobre ello, y es un texto que él no refiere en su libro. Pero al releer su libro para esta ocasión, recordé aquel estudio de Jones, un discípulo y propagador británico de las doctrinas de Freud; un erudito que reflexionó sobre los aspectos simbólicos de los mitos modernos. En su estudio, Jones considera que el símbolo principal en la era moderna es precisamente el que encarna Polichinela. Casi de la misma manera en que lo hace Toni, Jones identifica igualmente a este personaje como un proteico estilete de la existencia. Ernest Jones recuerda que Polichinela parece haber hecho su aparición en Inglaterra con la Restauración, pero reconoce que su historia y las diversas figuras en las que se ha ido encarnado a lo ancho del mundo han tenido historias previas y paralelas. Y observa que en Inglaterra Polichinela robó y asimiló algunas de las características del clown Inglés y de Jack Pudding (un personaje equivalente al francés Jean Pottage), del mismo modo que en Alemania se alimentó de Hanswurst y se encarnó en Karspern, y que en los países del Este adquirió los rasgos de Karagheus. Y siguiendo a los estudiosos, Jones entiende también que aunque el prototipo de todos los polichinelli modernos es el pulecenella napolitano con orígenes renacentistas, puede sin embargo considerarse entre sus ancestros a Maccus, el criado cerril de esas sátiras romanas llamadas Atelanas. Ciertamente la iconografía del Maccus satírico de aquella época revela un notorio parecido a la figura moderna de Polichinela.

Kasperl. Stadtmuseum de Munich.
Pero como Jones es un diligente psicoanalista freudiano, lo que le parece de un interés más singular de ese símbolo es que, a pesar de reconocer que el atributo de comicidad de Polichinela va siempre en más de una dirección, la idea de que Polichinela es también la antropomorfización del órgano masculino en carácter grotesco y cómico le resulta evidente. Sus características físicas le parecen concordar con esa interpretación: la nariz marcadamente aguileña, la prominente barbilla en forma de luna egipcia o turca, la proyección de una aguda joroba en la espalda, el estómago prominente y su un gorro libertario, un gorro frigio y puntiagudo.

Lo mismo piensa otro psicoanalista célebre, Jacques Lacan. Para Lacan, Polichinela es una encarnación simbólica del Sátiro, del Demonio y hasta del mismísimo Dionisos. Y para Lacan nada en Polichinela resulta inocente. Mucho menos los juegos verbales que cree reconocer en el núcleo del nombre Polichinela, que considera una red semántica extendida como una trampa, con el objeto de poder hacer caer en ella todo tipo de lapsos fálico-satíricos. Por eso a Lacan le resulta natural que en Inglaterra Polichinela se hubiera “apropiado” del término Punch, que significa punzón, una herramienta destinada principalmente a troquelar y a perforar; un término también unido a la experiencia de las palizas, que son esenciales para este personaje. Y en su interés por confirmar esa red semántica de lapsus posibles, Lacan elabora todo un repertorio de homofonías que orientan su conjetura en ese sentido: Polecenella, que en napolitano significa pavo pequeño, y que ocasionalmente se emplea para hablar sobre el pene, lo mismo que pulls, que significa pollito, o que punchinelo, que es daga, forman parte de esa extensa lista.

Polichinelle. Finales del s.XVIII.
Desde luego no es ese el sentido que le confiere Rumbau a Polichinela. Pero tampoco sitúa el carácter esencial de Polichinela lejos del mundo satírico.

Este libro trata también de Europa. Pero la Europa de las que nos habla Rumbau no es menos plural que el personaje. No sólo porque ella va cambiando a lo largo de su devenir histórico. Sino porque identitariamente aparece aquí en una encrucijada ontológica. Por un lado muestra ser el producto secular, la capital espiritual y cultural que viene de lejos y que ha pasado por historias cuyas huellas aún son perceptibles (aquí encontramos efectivamente referencias a parte de ese inagotable legado, se nos habla del barroco, de las guerras mundiales que han nacido en este continente, del comunismo y de sus secuelas, de la antigua presencia del mundo judío y del mundo griego, de lo más contemporáneo y de lo más antiguo de Europa) pero al mismo tiempo, Europa también aparece aún como un ente indefinido.

Como si todo lo que tuviera que ver con la identidad de Europa, tuviera que ver también con su alteridad. Por eso no nos resulta extraño que Rumbau incluya como parte de Europa a Turquía, y que considere también parte de Europa a Egipto. Y adivinamos que habrá de incluir igualmente a Rusia en las rutas de Polichinela que aún nos debe. Europa, para Rumbau, está por tanto anclado en el Oriente. Aunque eso no es una mera ocurrencia sin fundamento. Todos sabemos que Europa fue constituida en sus orígenes -míticos e históricos- como un extremo de Asia. De hecho, tanto la historia europea como su propia figura geográfica parecen impulsarla hacia afuera de Asia, pero aún anclada en ella. Por ese motivo Paul Valéry definió a Europa como un cabo occidental de Asia. Aunque cabo para Valéry tiene el sentido de forma geográfica, y el de la partícula verbal que indica una direccionalidad (Valéry piensa en francés donde cap, igual que en catalán, señala la forma saliente de un cuerpo, como en geografía, y muestra también un impulso direccional). Y por ese mismo motivo Jacques Derrida titularía más tarde su reflexión sobre Europa El otro cabo, diseccionando en su libro el sentido múltiple del término “cap”, en el que incluye también su sentido marítimo, se precisión geográfica, su sentido de autoridad, y sus sentidos de rumbo y de destino.

Pulcinella, de Bruno Leone. Museo del TOPIC de Tolosa
Eso mismo hace Toni Rumbau sin recurrir al término cap. En él, Europa es también una serie de rutas. Un proceso de circunvalación exógena, una vía rizomática de desvíos varios. Toni Rumbau es titiritero. Y por ese motivo, aunque también por un peculiar ADN de su sensibilidad cultural, ha mantenido una estrecha relación con los viajes. Que la vida es un viaje es ya un lugar común. Y que la vida de todos podría estar identificada con la metáfora de ese viaje, también lo es. Pero en algunas personas, y Toni entre ellas, esa metáfora es activamente encarnada. Aunque, de hecho, más que viajero, yo diría que Rumbau es nómada. Nos hace creer que reside en Barcelona. Y sabemos que -en ese afán suyo- aparece ante nuestros ojos incluso como un ciudadano muy comprometido. Pero no debemos caer en ese engaño. Todo el que está -o ha estado- cerca suyo sabe que aunque se encuentre aquí, hay algo de él que siempre está por otras partes. Es un nómada irredento. Es más, haría la precisión de que más que ser nómada deberíamos decir en su caso que está en nomadismo. Igual que Polichinela. Entiendo que esa fórmula sea un poco chocante, principalmente por tautológica y hasta incorrecta, pero me parece más ajustada a él y pone de manifiesto una de sus características que encontramos también central en su libro, una característica que tiene que ver con la diferencia entre el verbo ser y el verbo estar. Los filólogos han subrayado que el verbo ser viene de sedere, es decir, de sentarse o asentarse, mientras que el verbo estar viene de stare, es decir, de sentirse o asentirse (por tanto, de experimentarse y de confirmarse). Y Rumbau se ha sentido nómada con los títeres y se ha confirmado nómada en sus viajes.

Y en este libro ha reunido las dos pasiones. Y lo hace de manera decidida. Con el mismo carácter que etimológicamente anida en su apellido. Un apellido de origen germánico (originalmente Raginbald), compuesto de ragin « opinión », y bald « atrevido ». Es sin duda un libro vigoroso, lleno de entusiasmo, generosidad y saber. Uno de los mejores regalos que nos ha dado.

Víctor Molina

Barcelona,14 de abril del 2014